LA HABANA, Cuba.- En el sombrío discurso pronunciado en la Asamblea Nacional en diciembre, Raúl Castro, luego de “disipar” el miedo al capitalismo, achacó fundamentalmente al poco arribo de nuevas inversiones la causa principal por el pobre desempeño de la economía cubana en el año 2016.
La culpa no es de sus ministros y funcionarios, que han hecho y hacen lo indecible para atraer inversionistas foráneos. La actual y tres veces modificada Ley de la Inversión Extrajera hace hoy de Cuba un lugar muy adecuado para invertir. Entonces, ¿por qué no hay más inversiones?
Las pocas logradas son pequeñas: el capital aportado es ínfimo tanto en cantidad como en calidad.
Al cierre de diciembre, según informó el Noticiero Nacional de TV, solo había 19 empresas extranjeras en la Zona de Desarrollo de Mariel
Países como Rusia y Francia invierten, pero usando una modalidad que consiste en utilizar la deuda que no se condonó en inversiones en sectores donde son necesarias. Y esto no representa dinero fresco, que es lo el que el gobierno cubano necesita imperiosamente.
A pesar de que para dar una mejor impresión el régimen cubano ratifica hasta el cansancio que la repartición de ganancias es a discreción del inversionista, hasta diciembre solo se han logrado tres cartas de intención con firmas rusas. Las otras optan por mantener un compás de espera.
Entre las 19 firmas establecidas en Mariel, hay dos que ya estaban anteriormente: la firma cigarrera brasileña Brascuba (subsidiaria de Imperial Tobacco), que construye una nueva fábrica para sustituir la vieja que tenía rentada, y la firma holandesa-británica, Unilever, que construyó una fábrica de jabones y detergentes en reemplazo de la anterior.
La principal razón por la que no hay más inversiones es porque persiste la desconfianza haciael régimen cubano, no solo por su historial de deudor moroso, sino también por su irrespeto de las leyes en lo tocante a la propiedad privada.
No hay muchos bancos en el mundo que estén prestos a garantizar esas inversiones en Cuba. Y no es solo por el embargo norteamericano.
En el año 2003, dos de los primeros inversionistas en Cuba, las petroleras canadienses Pebercam y Northwestern, fueron expulsados por reclamar sus utilidades para repatriarlas, y los bancos canadienses que respaldaron estas inversiones perdieron su dinero.
También fueron víctimas de igual proceder varias decenas de inversionistas españoles cuyos activos fueron decomisados y que estuvieron en su momento garantizados por bancos de ese país.
Hace unos años, los grupos financieros Coral y Tokmakjian no solo fueron intervenidos sino que varios de sus directivos tuvieron que cumplir condenas de prisión en Cuba acusados de corrupción y lavado de dinero.
Otro aspecto que sin duda es considerado por los inversionistas extranjeros es que no gozan del amparo de las leyes de sus respectivos países, por lo que cada cual está a riesgo en el caso de incumplimientos de litigios con el gobierno cubano.
El régimen vendió un campo de golf en Varadero, que era propiedad del Grupo Coral (con un usufructo firmado por 99 años) a una firma china, sin que el juicio contra el Grupo Coral se hubiera siquiera iniciado. Para hacer esto, el régimen arguyó que el Grupo Coral violó una cláusula del contrato que establece este proceder cuando las firmas realizan “actividades que constituyan un peligro para la soberanía nacional”.
Teniendo en cuenta todo esto, se entiende por qué tantos inversionistas consideran a Cuba un lugar muy peligroso.
El régimen castrista depende financieramente del gobierno de Venezuela desde hace cerca de 18 años. Con la caótica y frágil situación en ese país, ¿quién garantiza que el gobierno cubano, si cae el gobierno de Maduro, no vaya a declararse en moratoria de pagos e intervenir estas inversiones? Eso ya ocurrió hace 30 años, a pesar de que por entonces Cuba recibía 3 500 millones de dólares anuales de subsidio de la Unión Soviética.
Esas razones las olvidó Raúl Castro en su discurso, al referirse a la escasez de las tan necesarias inversiones extranjeras.