La Habana Vieja detrás de la postal

La Habana Vieja detrás de la postal

Detrás los estereotipos para visitantes foráneos, subyace una ciudad sucia e indolente

Un hombre escarba en un vertedero de la esquina de O'Reilly y Aguacate (foto de Ana León)
Un hombre escarba en un vertedero de la esquina de O’Reilly y Aguacate (foto de Ana León)

LA HABANA, Cuba.- El Centro Histórico de La Habana se ha convertido en un escenario de catástrofe donde escombros, zanjas y vertederos de deshechos conviven con los habitantes durante los 365 días del año. Los esfuerzos realizados por la Oficina del Historiador, apoyada por organizaciones internacionales orientadas a la restauración y conservación del patrimonio arquitectónico, no han sido correspondidos con una correcta gestión estatal a la hora de ejecutar proyectos de renovación de estructuras imprescindibles para la vida urbana.

Durante todo el año 2015, el gobierno cubano destinó millones de pesos para la sustitución de las líneas hidráulicas, eléctricas y de telecomunicaciones en la capital, priorizando el Centro Histórico debido a su importancia como objetivo turístico de elevado impacto en la recaudación de divisas. Sin embargo, la Empresa Eléctrica de Cuba, Aguas de La Habana, ETECSA y Servicios Comunales, lejos de coordinar una intervención conjunta, han desarrollado un trabajo pésimo, sustentado -como es habitual- en la mala organización y la falta de comunicación entre sus respectivas plantillas. Ambos factores, sumados a la prisa, la dejadez, el desvío de recursos y la proverbial holgazanería de los trabajadores implicados, han convertido la ciudad antigua en un laberinto de calles que permanecen abiertas en canal durante meses, acogiendo las eventuales lluvias, los residuos de las obras de albañilería y las bolsas de basura que los vecinos depositan o lanzan desde los balcones.

La falta de coordinación entre las instituciones responsables ha traído como consecuencia que una misma calle deba romperse varias veces, para permitir el trabajo de los diversos técnicos. El impacto de semejante desorden en la vida social y el saldo estético para la configuración urbana, han sido lamentables. En todas partes la circulación es obstaculizada por baches antológicos o trozos de asfalto levantado. Ni siquiera interesa maquillar las arterias más transitadas por los turistas, pues la presencia de las aguas negras y el cúmulo de escombros salteados de desperdicios han llegado, incluso, a la populosa calle Obispo.

El panorama empeora a medida que desaparecen los visos coloniales y emerge la otra Habana, marginal, prácticamente intocada -no intacta- desde los albores del siglo XX. A solo un par de cuadras del boulevard más frecuentado de la capital, se revelan el abandono y la insalubridad en su expresión más cruda. A pesar de las alertas epidemiológicas por brotes de dengue o cólera, la basura desborda los depósitos durante 15 días o más sin que acuda el carro de los Servicios Comunales. Las aguas pútridas se empozan en la puerta misma de viviendas habitadas, próximas a espacios de recreo donde confluyen niños y adolescentes.

En esta Habana postergada, el precario sistema de alcantarillado es obstruido por los residuos sólidos tras la mala ejecución de las obras públicas, y las zanjas son selladas con pilas de despojos dentro y salideros que aumentan el riesgo de contaminación del agua potable. En la superficie queda una horrenda cicatriz de cemento que lastima la vista y el ánimo de los pocos cubanos que aún conciben la higiene y la belleza como valores que deben extenderse al espacio circundante. Para la mayoría de los vecinos, sin embargo, no importa existir en medio de una descomposición material que acarrea, inevitablemente, la podredumbre espiritual. Siendo la arquitectura y el urbanismo disciplinas pensadas para humanizar el espacio físico en que se vive, no es de extrañar que los habitantes del contexto que se observa en estas imágenes, tiendan a comportarse públicamente de manera prosaica y hostil.

Un significativo agravante de tal escenario es la no aplicación de un sistema de multas que obligue a los residentes a respetar el espacio público. La turbulenta situación social y económica que atraviesan los cubanos, unida a la peligrosa convicción de que nadie tiene nada que perder, ha elevado al paroxismo la indisciplina ciudadana, provocando que los mal pagados inspectores -espoleados por la necesidad o la cobardía- elijan el camino de la permisibilidad y la corrupción.

Teniendo en cuenta que la realidad apreciada en las fotos pertenece a un área citadina que debería ser paradigma de pulcritud, belleza y urbanidad, no es difícil imaginar en qué condiciones se hallan barrios y municipios periféricos, alejados del interés turístico. Detrás de la postal idílica que refrenda los estereotipos de cubanía tan seductores para los visitantes foráneos, subyace La Habana sucia e indolente que constituye uno más de los (des)propósitos de la revolución cubana: un hirviente caos donde coexisten individuos sumidos en la ignorancia más lacerante, de los cuales no puede esperarse –asumiendo que el hombre piensa como vive– otra retribución que no sea la autodestrucción ética y moral, y la ruina de cuanto los rodea.

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