Jubilarse en Cuba, una seria desventaja

Jubilarse en Cuba, una seria desventaja

“Parece que nuestros últimos años serán bien negros”, dice el autor de este testimonio

Jubilados cubanos (Foto: Raquel Pérez)
Jubilados cubanos (Foto: Raquel Pérez)

LA HABANA, Cuba.- El pasado enero, en el número 256 de la revista eclesial Palabra Nueva, en un dossier titulado “Jubilados en Cuba” aparecieron  testimonios de algunas personas en esta condición que fueron entrevistadas por Mario Vizcaíno Serret, Jorge Fernández Era y Antonio López Sánchez.

Todos los entrevistados coincidían en que la pensión percibida no les alcanza para vivir siquiera de manera humilde. Algunos realizan negocios sin autorización o semiclandestinos para “escapar”. Otros, los menos, confiesan tener ayuda de sus hijos o recibir remesas de sus familiares en el exterior. Expresan que esperaban llegar a la vejez en mejores condiciones económicas y sin tantos sufrimientos después de haber llevado una larga vida de trabajo, pero no ha sido así.

La revista explicó que enfocó el asunto con la finalidad de que la realidad de los jubilados “no se diluya en números, en informes o en las nuevas inauguraciones, logros y éxitos de los noticiarios”.

En Cuba es creciente el número de personas que llegan a la tercera edad. En los próximos años, según datos oficiales, será casi el doble de lo que es ahora.

La cifra de personas jubiladas, según  datos emitidos por la Dirección Provincial de Asistencia y Seguridad Social en la provincia de La Habana, es de 335 178 personas, con un promedio de 272 pesos cubanos per cápita. ¿Cuántos habrá entonces a nivel nacional?

El economista Antonio Romero señala: “En las nuevas condiciones económicas de Cuba hay que mejorar el estándar de vida de los jubilados, y como centro de esta mejoría debe estar el incremento de los niveles de jubilación que reciben actualmente”. Pero advierte que esto “no puede ser ahora mismo, porque la economía tiene sus reglas y no puede distribuirse lo que no se crea”.

Me pregunto entonces, ¿cuándo será? ¿Después de muerta la persona?

Me toca muy  de cerca este tema de los ancianos “desamparados”. Tengo 68 años, me jubilé a los 60 con la antigua legislación y opté por concurrir al hogar de ancianos San Rafael, donde permanezco de lunes a viernes, de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., desde hace tres años.

Este asilo, que es particular pero apoyado por el Estado, es dirigido por los Hermanos de San Juan de Dios, una orden que pertenece a la Iglesia Católica.

Recibo en dicho asilo desayuno, dos meriendas, almuerzo, una atención médica priorizada y medicamentos gratuitos. Hay geriatras y enfermeras permanentes, además de especialistas que visitan el centro con frecuencia.

Algunas veces, no con mucha frecuencia, nos dan productos de aseo y ropa.  Una vez por mes se organizan paseos para la distracción de los ancianos, aparte de otras actividades de entretenimiento que realiza la institución.

Esta situación, comparada con la de los asilos estatales, donde la alimentación, la  limpieza y la atención dejan mucho que desear, da la impresión de ser maravillosa, pero no es tan así.

A pagar el asilo tengo que destinar 162 pesos, lo que significa el 60% de mi chequera. Como además  tengo que amortizar mensualmente al estado 59 pesos por el refrigerador chino Haier, que me forzaron a comprar hace once años, cada mes me quedo solo con 38 pesos.

El asilo está a más de cinco kilómetros de mi casa, por tanto debo levantarme a las 6:00 a.m. para llegar en hora, luego de “fajarme” con la ruta de ómnibus 43, una de las peores de la capital. En viajes, gasto en el mes un aproximado de 30 pesos. Así, me quedo solo con dos pesos.

A veces, para ahorrar o cuando no pasa la guagua, tengo que ir caminando. Aún estoy fuerte y muy lúcido, pero debido al desgaste físico propio de la edad, empieza hace mella en mi organismo la distancia diaria a recorrer. Esto hará que dentro de un tiempo no pueda asistir a este “asilo voluntario”.  ¿Cómo sobreviré entonces, si soy una persona sin familia?

Nuestra Seguridad Social no está preparada para la avalancha de “adultos mayores” y la economía nacional no resiste la carga que se le viene encima. A aquellos que trabajaron, como yo, 35 años o más, ¿qué nos pasará? Parece que nuestros últimos años serán bien negros.

jorgeluigonza72015@gmail.com

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