El ruido: ¿indisciplina social o delito?

El ruido: ¿indisciplina social o delito?

“Ellos creen que tienen derecho a poner la música a todo volumen, y al que le moleste, es un amargado”

Una habanera con su aparato para amplificar sonido en el Malecón (diariodecuba.com)

LA HABANA, Cuba.- Hace unos días se quejaba una amiga de que los nuevos vecinos de enfrente ponen la música tan alta que ella casi no puede escuchar la televisión, ni lo que le dicen por teléfono. Agrega que cada vez que hacen una fiesta, entre los ¡pum pum! y los invitados berreando las letras de las vulgares canciones, el ambiente se hace intolerable, lo que ha obligado a algunos vecinos a llamar a la Policía. Cuando eso ocurre, al irse la patrulla la situación empeora, pues arremeten contra los vecinos que ellos suponen que son quienes llaman, porque una vez les pidieron bajar el volumen.

Le aconsejo a mi amiga que vuelva a hablar con ellos; a lo mejor tiene más éxito que los anteriores. Ella repone: “Y después, ¿para dónde me mudo? Yo me pongo algodón en los oídos y cierro toda la casa, porque si así ofenden a Pucho, nada más por pensar que fue él quien les llamó a la Policía, imagínate qué no harán conmigo. Ellos creen que tienen derecho a poner la música a todo volumen, y al que le moleste, es un amargado”.

A continuación me comenta que ella participó en una reunión de los CDR donde se orientó combatir las ilegalidades y velar por la tranquilidad ciudadana. Pero hasta ahí. Cuando le pregunto sobre estas reuniones, me responde: “Eso fue cuando Raúl habló. Acuérdate que las daban hasta por la televisión. Pero después que pasó la furia, no se hizo nada más”.

Pero no es mi amiga la única que se queja de la música alta. Desde hace bastante tiempo, esta es una de las indisciplinas más generalizadas en nuestra sociedad. Se manifiesta en cualquier lugar, y ni qué decir de los fines de semana, cuando todos están en casa y más de uno compite con la capacidad de sus equipos, sus enormes bafles o bocinas, los altos decibeles, el reguetón y la música vulgar, sin ningún tipo de consideración hacia los demás vecinos, ancianos, enfermos, niños, o simplemente personas que quieren estar tranquilas, descansar, leer o ver la televisión. Hace poco se quejaba una maestra, antigua colega, de que los fines de semana le es imposible preparar clases debido a este problema.

En el transporte público también nos vemos sometidos al escándalo musical. Por lo general es reguetón, y si a ello se le añaden las largas esperas, la aglomeración de público, los empujones de otros pasajeros, y el calor, el más simple viaje se vuelve un suplicio.

Desgraciadamente, el transporte privado no está exento de este flagelo. Me encontraba ayer a las 8:30 am en la parada de San Francisco y Porvenir cuando presencié una escena alarmante. Una joven paró un taxi particular que traía una música estridente. Mientras se montaba, amablemente le pidió al chofer que si podía quitarla, pues le dolía la cabeza. Este le respondió en voz alta que la música era para “disfrutarla” todos los pasajeros. La muchacha les preguntó a estos si estaban de acuerdo en quitarla. Los dos de delante no respondieron, y el de atrás, en tono de chanza, le dijo al chofer que la bajara un poquito y “siguiera echando”. La muchacha se bajó, según afirmó, porque con ese escándalo no podía viajar, y no tenía por qué darle su dinero a un grosero desconsiderado e insensible.

Nuestros niños tampoco están a salvo, cuando en tantas fiestas infantiles los adultos los exponen a esas letras denigrantes a volúmenes nocivos e irrespetuosos. Así van creándose los futuros infractores una idea errónea de lo permitido y lo legal. Ni siquiera en las escuelas están libres de peligro. Hace poco iba caminando por San Francisco, y al acercarme a 9na. comienzo a sentir un reguetón a volúmenes insospechados, tan molesto que me propuse fijarme de dónde salía cuando llegara a la esquina. Así lo hice, pero lo que vi me resultó francamente deprimente y muy desalentador. El escándalo provenía del patio de la escuela primaria Héroes de Yaguajay, sita en Novena y Acosta, donde una veintena de niñas en uniforme se contoneaban con movimientos que, más que de escolares, parecían propios de bailarinas eróticas.

[fbcomments]