El interminable calvario de Lázaro Marquetti

El interminable calvario de Lázaro Marquetti

Su situación empeoró cuando comenzó denunciar los horrores de prisión

Láraro Marquetti (Cortesía)
Láraro Marquetti (Cortesía)

LA HABANA, Cuba.- Lázaro Marquetti Cao, de 42 años, lleva 26 de ellos preso sin haber matado a nadie. Hace tiempo debió haber recibido la libertad condicional y ha estado en decenas de establecimientos penitenciarios de todo el país. Las autoridades llevan años diciéndole que su caso se encuentra “en estudio”.

Su familia está segura de que hubiera salido hace tiempo de no ser por protestas y denuncias sobre las condiciones de vida de los presos que hizo ante organismos internacionales, algunas de ellas a través de Cubalex, el centro independiente de información legal, lo que ocasionó que lo trasladaran a reclusorios alejados de La Habana y endurecieran sus condiciones de internamiento.

Problemas de conducta

Marquetti nació con una lesión cerebral —a consecuencia de una enfermedad que padeció su madre durante el embarazo— y en la escuela primaria confrontó tantos problemas de disciplina que fue trasladado a escuelas cada vez más severas para niños con problemas de conducta, pero él continuaba siendo conflictivo. Lo llevaron entonces para un centro de reeducación de menores, “El Combinadito”, junto al Combinado del Este.

Desde las escuelas de conducta, ya Marquetti había conocido la violencia generalizada como método de reeducación. Cuanto más fuerte era el niño, más fuerte debía ser golpeado. Entre los militares que los cuidaban había uno muy violento llamado Ernesto Yima, del que se dice violó a un menor y luego se ahorcó, porque los casos de violación eran frecuentes.

Adolescencia difícil

Lázaro Marquetti tenía 16 años cuando, en 1990, él y otros 13 adolescentes fueron reunidos en un teatro y, en presencia de fiscales y abogados, se le informó a cada uno cuántos años de condena recibía, arbitrariamente, por el “delito de peligrosidad”. De inmediato fueron trasladados para el Combinado del Este, donde los repartieron entre presos adultos.

Sus dificultades se agravaron: sostuvo riñas con otros reos y recibió palizas de los guardias. Fue trasladado a un centro para menores en Melena del Sur, donde un jefe llamado Evangelio acostumbraba a lanzar a los presos desde un primer piso y los custodios golpeaban con varas de bambú. Allí llegó a recibir golpizas de ocho guardias al mismo tiempo, algo “normal”.

Había celdas de castigo tapiadas tan escondidas que ni los inspectores las veían. En una de ellas, aún con 16 años, pasó seis meses. Luego estuvo en un centro de alto rigor para sanciones mayores, donde por su edad no debía estar y donde fue encausado tres veces por lesiones.

Carta enviada por Marquetti a la CIDH (Foto: Ernesto Santana)
Carta enviada por Marquetti a la CIDH (Foto: Ernesto Santana)

Denunciando lo que vivido

Entre los problemas, abusos y crímenes que Lázaro Marquetti Cao ha denunciado sobre el sistema penitenciario, según ha atestiguado sus años en tantas prisiones del país, se encuentra la corrupción de los militares. Con dinero se puede entrar cualquier cosa al penal, se pueden comprar uniformes de oficiales y un reo puede hasta hacer que trasladen del centro a otro preso que lo moleste.

También ha denunciado la alta ocurrencia de suicidios, las terribles mutilaciones que realizan los reos sobre sus propios cuerpos, el uso corriente de drogas ilícitas, el hacinamiento inhumano, la pobre alimentación y el excesivo uso de la fuerza y las golpizas practicadas por los custodios.

Por ejemplo, en la provincia de Villa Clara, cuando fundaron “La Incrementada”, una de las prisiones más severas del país, sobre el año 2006, hubo unos ocho suicidios en los primeros meses. El preso no podía ni acostarse, hostigado constantemente por un guardia. Y lo mínimo que se pasaba allí eran dos años, pero podían ser cinco o seis si el reo no era desclasificado.

En una ocasión, un periodista internacional le preguntó si en la prisión había problemas. Marquetti le dijo que, si podía entrar, le preguntara directamente a los reclusos, que no dejara que le designaran un grupo ya preparado, porque las inspecciones siempre se avisan, y esos presos elegidos serían luego beneficiados. Además, los que golpean a los opositores, voluntariamente o siguiendo órdenes, son siempre recompensados.

Denunció también que en muchas ocasiones el convicto, como no tiene quién lo defienda, para protestar o hacer una reclamación, no tiene otro recurso que la huelga de hambre. El propio Marquetti ha realizado varias en sus años de reclusión. Si la situación se torna crítica, acuden los fiscales, pero hacen un trabajo siempre superficial.

En Camagüey llegó a conocer al teniente coronel Filiberto, jefe de Kilo 7, quien ordenó privar de agua a Orlando Zapata Tamayo durante más de 15 días, principal causa de su muerte. Ese es uno de los procedimientos que se usa para que el preso desista. Algunos se rinden pronto, pero otros no y quedan muy enfermos. Incluso algunos pierden la visión.

Marquetti también denunció la falta de calidad de la atención médica y la pobre ética de la mayor parte de los trabajadores de la salud en el sistema penitenciario, donde, además, los médicos no tienen autoridad siquiera para hacer cumplir una dieta alimentaria a un recluso. Peor aún, también se prestan a abusos y procedimientos ilegales contra el reo para complacer a los militares.

Las consecuencias

Una vez, Marquetti Cao fue internado en la sala de psiquiatría del Combinado del Este después de haber intentado denunciar ante los peritos un hecho del que fue testigo. Un “loquito” que mortificaba mucho a los guardias fue amarrado “para que no se ahorcara”, y sin embargo amaneció ahorcado. Cuando Marquetti intentó declarar, le inyectaron algo que le hizo perder el conocimiento y lo ingresaron durante cinco meses.

Si algún reo se comunica telefónicamente con Cubalex, por ejemplo, para hacer alguna denuncia, siempre es reprimido. Por lo menos lo ofenden y lo amenazan, aparte de impedirle continuar la conversación.

Luego de las denuncias de Marquetti Cao ante la Christine Chanet, de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y ante Santiago Cantón, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, fue trasladado a centros penitenciarios muy alejados de La Habana, perdió la mayor parte de los casi 700 días de rebaja de condena ganados por buena conducta y fue confrontado por diversos oficiales, incluso de la Sección 21 de la Seguridad del Estado, uno de cuyos agentes le aseguró que lo que él había declarado era cierto, pero que “esas cosas no se podían decir”.

Actualmente, Lázaro Marquetti, a consecuencia de las golpizas sufridas, padece de sordera en el oído izquierdo, de desprendimiento de la retina en un ojo y de otros males orgánicos. Afortunadamente, trata de cuidarse lo más posible: no fuma ni consume ningún tipo de bebida alcohólica y practica ejercicios dentro de sus posibilidades.

En este momento, Marquetti se encuentra con régimen penitenciario menos rígido, trabaja en un almacén y recibe pases para visitar a su familia —madre, hermanas y sobrinos—, que vive desde hace muchos años en un miserable albergue en 24 y Playitas, en el Lawton más profundo y menesteroso, pues la casa donde vivían en Luyanó se derrumbó.

Asimismo, espera por la libertad condicional que debieron otorgarle hace más de dos años.

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