El hombre de las barredoras de nieve

El hombre de las barredoras de nieve

Aquel hombre, de 40 años, de buen carácter y buen corazón, había estado cortando caña en Guanahacabibes

Máximo Bergman y Tania Díaz Castro, 1964 - Foto cortesia de la autora
Máximo Bergman y Tania Díaz Castro, 1964 – Foto cortesia de la autora

LA HABANA, Cuba -Probablemente muchos de los que leyeron la crónica El síndrome de la barredora de nieve, de Ricardo Ronquillo Bello, publicada en el periódico castrista Juventud Rebelde, no entendieron a qué Ronquillo se refiere. No pudo explicar aquella historia que seguramente le contaron, porque edad no tiene para haberla vivido. Ni siquiera dijo por lo claro quién, cómo, cuándo, dónde y por qué se trajo de los países socialistas un barco lleno de extraños e innecesarios artefactos, para barrer la nieve de las calles cubanas.

No tiene valor el colega para culpar al Comandante Invicto de salir de “las garras del Imperialismo estadounidense”, con su tecnología de punta, para caer en las del comunismo soviético, que -según dijo después el mismo Comandante- sólo nos vendía CHATARRA. El Comandante que nacionalizó muchísimas fábricas modernas sólo para que desaparecieran, así como nuestro florecido y creciente comercio, logrado durante los años de República.

En el año 1964, cuando yo daba mis primeros pasos en el periodismo, hice amistad con un ex ministro que había sido castigado por Fidel Castro, pero que en esos momentos ocupaba un alto cargo en el Ministerio del Trabajo, junto al Comandante Augusto Martínez Sánchez.

Me refiero a Máximo Berman, el primer Ministro de Comercio Interior que tuvo Cuba. Aquel hombre, de 40 años, de buen carácter y buen corazón, había estado cortando caña en Guanahacabibes, una zona inaccesible y diabólica de la provincia de Pinar del Río, convertida en el Gulag cubano por Fidel Castro, donde terminaban enterrados en vida quienes cometieran “errores” de todo tipo.

Una de las primeras tareas de Berman como ministro fue hacer un largo viaje por los países socialistas. Llevaba dinero suficiente para comprar productos de primera necesidad, sobre todo alimentos que ya escaseaban en Cuba, para distribuirlos a través de la Libreta de Abastecimiento (cartilla de racionamiento), instaurada el 19 de marzo de 1962. Bergman quería demostrar que Raúl Castro tenía razón al decir el 20 de enero del año anterior: ¨Hemos destruido el mito de que sin los yanquis nos moríamos de hambre¨.

Una tarde, de visita en una cooperativa estatal, me contó, muy adolorido, cómo Fidel Castro había estallado como pólvora cuando supo de la compra que él había hecho en Moscú de cientos de máquinas para barrer la nieve de las calles, porque las bellezas de las ciudades europeas y sus paisajes naturales lo habían deslumbrado.

-Yo no tenía ninguna experiencia en el comercio. Era sólo un comunista del viejo partido, me dijo.

Por ingenuidad e inexperiencia, entregué a Ramón Rubiera, director de la Revista Trabajo, donde yo laboraba, la entrevista hecha a Berman. Mis pretensiones eran que, ya publicada, Fidel la leyera y conociera del dolor de su ex amigo.

Pero la entrevista se quedó en una gaveta. No podía publicarse. Meses después, supe del fallecimiento del ex ministro, cuando al parquear su auto en una calle del Vedado, reclinó la cabeza sobre el timón, como si fuera a dormir y allí mismo quedó muerto por un infarto masivo.

Días después hice una visita de pésame a su anciana madre, en su lujosa mansión del reparto Kohly, confiscada a alguien que había partido al exilio y regalada por Fidel a su amigo comunista.

Pero la historia no termina. El ministro que sustituyó a Berman, otro viejo comunista, también fue castigado por comprar muebles de lujo en la República Popular China: biombos con incrustaciones en nácar, baúles exquisitamente tallados, mesas múltiples para salas amplias, a precios tan altos que las tiendas especializadas de La Habana, como Indochina y Roseland, tuvieron que venderlos a plazos, porque se morían de la risa en las vidrieras.

Estos dos “pequeños errores” cometidos por los ministros de Castro no son para nada comparables con los muchísimos cometidos durante medio siglo por el mismo Comandante Invicto que los castigó. Es al Comandante y no a los ministros a quien el periodista Ronquillo debería adjudicarle el Record Guinnes de torpezas

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