Desmochadores de palmas: cuando la vida pende de un hilo

Desmochadores de palmas: cuando la vida pende de un hilo

“Me juego la vida todos los días, pero he podido alimentar a mi familia por más de 20 años”

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MAYABEQUE, Cuba.- Ernesto González, de 57 años de edad, es profesor de gimnástica y Máster en Ciencias del Deportes. En el año 1992, junto con el periodo especial, tuvo que aprender un nuevo oficio para sobrevivir.

“Me juego la vida todos los días, pero gracias a las palmas y a lo que hago, he podido alimentar a mi familia por más de 20 años. Comencé a subir palmas en el año 1992, cuando la cosa se puso fea en cuba en pleno periodo especial. Un viejo amigo desmochador de palmas me dio una pequeña clase y, 10 minutos más tarde, estaba subiendo mi primera. Al principio tenía mucho miedo, de niño le tenía fobia a las alturas, pero mi medicina fue la necesidad. Soy Máster en Ciencias, pero mi salario no me alcanza. Por eso los fines de semana sigo subiendo palmas”.

En Cuba, la cría doméstica de cerdos juega un papel singular en la economía y la alimentación de los cubanos. Estos animales son criados tanto en la ciudad como en el campo, en patios o dentro de apartamentos de edificios, en los tejados e incluso hasta dentro de los baños de las casas. La dieta para alimentarlos mayormente es el ‘sancocho’ (le llaman los cubanos a los restos de comida que se recogen en cubos). El pienso para cerdos es fuertemente controlado por el gobierno, que impone sanciones a aquellos que trafiquen con él.

Sin embargo, otra alternativa para alimentar a estos animales la brinda la palma real. El palmiche, fruto de este árbol, es colectada por los llamados ‘desmochadores’. Estos suben a la cima de las palmas solamente sujetados con dos sogas llamadas ‘trepaderas’. Estas sogas son de construcción casera, cada desmochador debe confeccionar los dos arneses o estribos.

El palmiche se vende envasado en sacos y tiene un precio de 30 pesos por cada uno. Con una sola palma se pueden llenar hasta 3 sacos.

Lorenzo Acosta Márquez es desmochador. Lo conocen por “Livianito”, por su agilidad a la hora de subir palmas. Él reside en el municipio Quivicán y todavía, a sus 75 años de edad, continúa desmochando para ganarse la vida.

“Mi abuelo era desmochador y me enseñó a subir palmas a la edad de 14 años. Desde entonces me he dedicado a este oficio. Gano en un mes de trabajo desmochando 20 veces más que si trabajara para el Estado, que paga una miseria. Me he caído 3 veces y tengo más de 10 fracturas de huesos en mi cuerpo. Lo que hago es peligroso pero de algo hay que vivir. Tengo 75 años y todavía subo palmas.”

Héctor Díaz, por su parte, cría cerdos en el patio de su casa, en el municipio Quivicán. Algunos los vende y otros los mata para poder comer carne durante algunos meses del año. Héctor nos explicó la importancia de los desmochadores de palmas.

“Gracias a los desmochadores todavía hoy se puede criar algún puerquito. La comida para estos animales cada día se pone más difícil de conseguir. Incluso conozco personas que han sido multadas y encarceladas por solamente comprar un saco de pienso. El sancocho se pierde porque cada vez son más las personas que por necesidad arman un corral para criar cerdos”.

Los desmochadores pactan el pago de su trabajo con dueños de aquellas fincas que poseen palmas. La mayoría cobra su trabajo con la mitad del palmiche que obtienen y otros cobran directamente en dinero por cada palma que suben. Algunos prefieren entrar de manera ilegal a tierras que son propiedad del Estado, como las vaquerías y subir las palmas en las noches para llevarse el preciado fruto.

Acerca del Autor

Orlando González

Orlando González

Periodista independiente. Reside en La Habana.

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