Cuba, verano infernal

Cuba, verano infernal

La comodidad de un aire acondicionado es para quienes puedan pagárselo

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LA HABANA, Cuba.- Agosto es el mes de las vacaciones en Cuba. Las calles se llenan de gente, el transporte incrementa su permanente crisis, las bebidas refrescantes se agotan y las playas se convierten en el principal y único destino del turismo nacional.

Son las temperaturas de este mes las que le indican a los cubanos la calentura del año. “Tremendo calor” o “más calor que el año pasado”, son las frases frecuentes que evalúan la sensación térmica que se percibe más cálida que lo normal.

Los valores de humedad en la isla hacen que la sensación de calor sea más alta. Al mediodía, una temperatura de 32 grados Celsius combinada con una humedad relativa de 70% inicia el conflicto entre el sudor corporal y la humedad que obstaculiza la evaporación en la piel del líquido que expulsamos, impidiendo que nuestro cuerpo se refresque de manera natural.

En este proceso de “descongelamiento” ―como lo llaman los cubanos― no queda otra opción que acudir al ventilador, el aire acondicionado o las bebidas refrescantes.

¿Encuentran o pueden los cubanos auxiliarse de estos socorros para ayudar al cuerpo a mitigar el calor?

Ángel Cortés, un obrero de 50 años, dice que se siente sitiado por las altas temperaturas del 2017. “Lo malo no es calor que hace, el tema está en cómo enfrentarlo”, dice a CubaNet mientras se abanica con un pedazo de cartón, sentado sin camisa frente a un ventilador.

“El ventilador es por gusto, lanza el aire caliente (…) Si pudiera comprar un split… Antes que se acabe el verano caigo preso. ¿De dónde voy a sacar dinero para comprarlo, y después pagar la corriente? No nos queda otra, nos toca pasar calor para que los de arriba (el gobierno) se refresquen”, dice.

Cuando aparecen en el mercado oficial, equipos electrodomésticos como ventiladores se agotan en pocas horas. El precio sobrepasa los 45 pesos convertibles o CUC, duplicando el salario medio oficial de 25 CUC. Sucede igual con las consolas de aire acondicionado, superan los 500 CUC, alejándose más de las posibilidades de la mayoría de los cubanos.

En el mercado negro, los precios de estos equipos se elevan durante el verano. En el mes de agosto los splits de una tonelada, importados de Panamá a un costo total de 300 CUC, alcanzan el precio de 800 CUC.

El consumo de electricidad se cobra en pesos, a 0,9 centavos hasta 100 kWh elevándose hasta 5 pesos por encima de los 5000 KWh. La tarifa pudiera establecer un pago por el servicio a partir de los 1000 pesos mensuales por el uso nocturno de la climatización.

Imposible refrescar

La realidad impone a los cubanos y visitantes extranjeros retos para hidratar el cuerpo. A media mañana es difícil encontrar agua embotellada fría en las principales tiendas y cafeterías de la ciudad. Después del mediodía, ni caliente queda.

Las bebidas (refrescos, jugos, cervezas) envasadas difícilmente se vendan con la temperatura adecuada para sofocar el calor. La suerte del transeúnte que camina por el “desierto” de La Habana es encontrar fresca la versión más cara de cualquier bebida.

Ramiro, vendedor de periódicos en Centro Habana, ofreció su experiencia: “Estás en la calle y si no tienes un dólar para pagar un refresco de lata te mueres de la sed. Tienes que salir con un pomo de agua desde la casa, pero se calienta a la media hora”.

En la dificultad para refrescar el cuerpo también se incluyen los precios del agua embotellada, cuyo precio oficial oscila entre 0,50 a 1,00 CUC por un envase de 500 ml, y de 0,70 a 1,50 CUC por la botella de 1500 ml. Para el turista extranjero los precios se triplican, según el interés lucrativo de quien la vende.

Andres Brigant, un turista italiano, quedó desconcertado por la especulación con los líquidos. “Cerca del Parque Central compré un pomo de agua (500ml) en 2 CUC (…) No exhibían el precio, me pareció caro porque un refresco de Cola cuesta 0,50 centavos, pero no había en los alrededores”.

Huyéndole al sol

Venciendo los retos para la hidratación, el uso de sombrillas, enguatadas y, en menor escala, bloqueador solar, son los recursos con los que el cubano de a pie intenta protegerse del sol.

Aunque parezca ridículo, en estos métodos incide el factor económico. Pocos cubanos se pueden dar el lujo de usar vestuarios con tela transpirante, como algodón o hilo, y mucho menos comprar bloqueador para defender la piel de la radiación solar.

Un frasco de bloqueador solar de factor 10 de protección supera los 9 pesos convertibles, o 23 CUC en el caso de FPS 30, considerados insuficientes para la isla. Durante todo el año Cuba recibe altos valores perjudiciales de radiación solar debido a su ubicación geográfica cercana al Trópico de Cáncer. El 2017 el sol comenzó calentar en abril con una temperatura record de 37 grados Celsius.

Irritados por el calor

Sin la posibilidad de refrescar o protegerse del sol y con las molestias propias del calor, llegan las irritaciones que explotan de forma visible en los puntos más calurosos de la ciudad: las guaguas y los mercados.

Si dentro de las guaguas se aglomeran la espera y el tufo del calor, en los mercados coinciden el desabastecimiento, el hedor por el deterioro de los productos sin refrigeración y las largas colas. El plan de ahorro oficial suspende la climatización en los mercados en diferentes horarios del día.

Cuba aplica el horario de verano durante ocho meses al año para aprovechar la extensión de la luz natural que, durante el verano, llega hasta las 9:00pm. El petróleo que produce la isla destinado a la generación eléctrica no cubre el 50 % del consumo energético del país, que vio reducido el suministro de crudo venezolano en 70 mil barriles diarios.

Al gobierno cubano no le queda otro remedio que incumplir otras de sus tantas promesas: eliminar de forma definitiva, al menos durante el verano, el corte de la electricidad en el sector doméstico.

Tampoco el compromiso de mantener las climatizaciones en lugares públicos. Aunque en la ciudad los cortes eléctricos son más esporádicos, en las zonas rurales resulta una estrategia de “ahorro” permanente. Un método gubernamental que sacude de las zonas metropolitanas la irritación más unánime que produce verano: los apagones.

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