Crónica de una estafa en La Habana

Crónica de una estafa en La Habana

“¿Habrá tantos ‘giles’ como para que esos tipos puedan vivir de lo que hacen?”

El anillo de Eligio (Foto: Ernesto Santana)

LA HABANA, Cuba.- Esto le ocurrió hace unos días a mi amigo Eligio, que vive en La Víbora. Aunque es el único caso que conozco, no debe ser el único. Todo comenzó cuando, una tarde, al regreso del trabajo, sacó a pasear a su perro Ringo, un buenazo parecido a su dueño.

Ya estaba dando la vuelta a la manzana cuando Eligio vio que un hombre de unos cuarenta años recogió algo del suelo a su lado. Haciéndome el cuento, luego, me aseguró que ya se había cruzado una cuadra antes con aquel cuarentón con una gorra azul de los Marlins.

El hombre se detuvo para mostrarle a Eligio lo encontrado: un pequeño monedero blanco. Mi amigo quería seguir andando, pero la curiosidad y la insistencia del otro lo retuvieron. En el portamonedas había un estrujado billete de 20 CUP, un papel doblado y varios anillos. Ringo tiraba de la correa para seguir el paseo.

“El de los Marlins”, como lo llamaría Eligio al hacerme el relato, persistía en hacerlo su cómplice o, al menos, su compañero de suerte. En el papel estaba la dirección de un joyero. No había nada en el monedero que indicara la identidad del dueño. El de los Marlins tomó los tres anillos dorados y de apariencia pesada, y los guardó dejando afuera solo uno.

Aunque Eligio siguió caminando, el de los Marlins no se le despegaba, comentando sobre el posible valor de los anillos. Pero estaba muy apurado, pues era el cumpleaños de su hija y quería regalarle algo. “¿Tú conoces a algún joyero por aquí?” Mi amigo podría no aparentar apuros monetarios, pero lo cierto era que jamás había tenido motivos para visitar a un joyero.

Le dijo que no y quiso continuar, pero el de los Marlins, hablando entrecortado y nervioso, le hizo entender que a él le correspondía una parte del botín. “No, eso es tuyo. Tú lo encontraste”, le replicó Eligio, sin lograr que el tipo se fuera ni ―por cortesía o idiotez― largarse él mismo. Y entonces pasó cerca un comprador de oro de esos que van voceando por los barrios.

Era un joven veinteañero, alto, que acudió cuando el de los Marlins lo llamó. Solícito, echó una gota de un líquido al anillo y lo pesó con su balanza digital. Buen oro. La pieza valía unos 320 CUC. Por desgracia, el comprador llevaba muy poco dinero ahora, pero podía regresar en media hora con el efectivo.

El de los Marlins seguía apurado y nervioso. Solo quería algo de dinero para regalarle algo a su hija. Eligio estaba dudoso, pero aquello era una ganancia caída del cielo. En fin: Eligio sacó 30 CUC. El Marlins le dio el anillo, tomó el dinero y partió al galope. El joven comentó: “Qué verraco ese tipo”. Acordaron verse allí mismo en media hora y que mi amigo “lo salvaría” con una parte del dinero.

Con el anillo apretado en una mano y la correa de Ringo en la otra, Eligio caminó un par de cuadras por Acosta hacia 10 de Octubre. Por un momento, lamentó que Dios no le hubiera dejado a él hallar el monedero, pero de inmediato comprendió que, en definitiva, Dios solo le había enviado al de los Marlins para regalarle casi 300 CUC, ¡justo cuando solo le quedaban aquellos 30 para terminar la segunda quincena de junio!

El otro demoraba y Eligio pensó venderle el anillo a algún joyero y no darle nada al joven comprador. No había compromiso… Pero mi amigo era hombre de palabra y se arrepintió de tan feo pensamiento. Esperó media hora. Hora y media esperó. Suficiente. Se fue con Ringo hacia 10 de Octubre.

Preguntando, halló a un joyero que le dijo que el anillo no valía nada. Pero no parecía un experto y Eligio buscó a otro. “No vale nada”, ratificó y le preguntó cuánto había pagado. Por pudor, mi amigo dijo que no sabía, que lo compró su mujer. Según el joyero, había quien fabricaba anillos de latón y los vendía en cualquier precio, porque daba ganancia venderlo incluso a un CUC.

Eligio quiso que se lo tragara la tierra. Timado. Cogido de bobo. ¿Qué les contaría a su mujer y a sus hijos? ¿Cómo no se le alumbró el farol en ningún momento? Muchos detalles debieron llamar su atención. El comprador de oro salido de la nada y sin dinero. El temblor en las manos del Marlins y su apurillo por partir. La insistencia en involucrarlo a él y en compartir la ganancia.

Cuando contó en su casa el engaño sufrido, su mujer tomó el anillo y lo miró detenidamente. Lo que más le molestaba era que Eligio no se hubiera tomado el trabajo de observar bien aquella burda pieza, pues ningún joyero gastaría buen oro en fabricar una chapucería así.

“¿Cómo puede ser esto un buen negocio?”, se preguntaba ella: “¿Habrá tantos giles en La Habana como para que esos tipos puedan vivir de lo que hacen?”

Acerca del Autor

Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar Puerto Padre, Las Tunas, 1958. Graduado del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en Español y Literatura. Ha sido escritor radial en Radio Progreso, Radio Metropolitana y Radio Arte. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Distinciones obtenidas: Menciones en el género de cuento de los concursos David, de 1977, y Trece de Marzo, de 1979; premios en los concursos Pinos Nuevos, de 1995, Sed de Belleza, de 1996 (ambos en el género de cuento), Dador, de 1998, (proyecto de novela) y Alejo Carpentier, de 2002 (novela), Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, de 2010, por su novela El Carnaval y los Muertos

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