Cómo marchar del país: el conflicto cubano

Cómo marchar del país: el conflicto cubano

Cuando un joven de unos veinte años dice que piensa regresar después de hacer un dinero “porque tal vez las cosas cambien”, los demás lo miran con asombro

Un dilema cubano EPCH
Calles de Cuba_foto del autor

LA HABANA, Cuba. – Cada día son más los cubanos que piensan en la isla como el lugar donde, por una casualidad nefasta, les tocó nacer, y de donde tienen que salir lo más pronto posible.

Aún hay quienes se cuidan para decirlo, pero muchos han perdido el miedo. No hay espacio para las esperanzas que tuvieron las generaciones anteriores, confiadas en la promesa de un cambio positivo y un mejor futuro.

Frustrados por los fracasos constantes de un sistema que arruinó los sueños más esenciales de padres y abuelos, pocos apuestan por permanecer en un país que tanto compromiso exige a cambio tan poco.

-No me meto en política, eso no sirve para nada. Lo mío es reunir el dinerito y pirarme-, dice uno de los cuatro jóvenes con quien me siento a conversar mientras espero en una cola para tramitar documento de viaje.

La conversación ha surgido después de que un hombre protestara por algún problema con su pasaporte. El señor entró muy irritado a su auto, tiró la puerta y gritó que “por eso hay que irse de este país de mierda”.

-Fui militante de la UJC en el pre y en la universidad, incluso fui un tiempo secretaria general en mi Facultad, pero solo porque era el modo más fácil de quedarme como profesora y luego aspirar a un doctorado fuera. Y así lo hice. Jamás pensé quedarme a vivir en esta locura-, asegura una mujer que reside en España.

Cuando un joven de unos veinte años dice que piensa regresar a Cuba después de hacer un dinero “porque tal vez las cosas cambien”, los demás lo miran con asombro. Incluso, un hombre que ronda los treinta y que por primera vez piensa salir del país, se echa a reír a carcajadas y exclama:

-¡No jodas! Esto no lo cambia nadie. Ya esto se jodió y yo sí que no me voy a quedar a morir asfixiado en la mierda.

El comentario hace que otras personas, que también están esperando en la fila, se incorporen a la conversación. Cada cual tiene una historia que contar sobre decepciones, agotamiento y desesperanza. Ninguno cree ya un futuro de bienestar para Cuba, ni siquiera con un cambio de gobierno porque “la revolución se encargó de acabar con todo y pasará mucho tiempo para que los cubanos se adapten a la idea de hablar sin pedir permiso”, dice una señora mayor, que también ha decidido marcharse definitivamente.

Cuenta que tuvo que esperar a la muerte del esposo —un oficial retirado de las Fuerzas Armadas—, para comenzar los papeleos y reunirse con los hijos, que hace más de diez años viven en Europa. Habla además de las decepciones de su marido e incluso atribuye su muerte a demasiados desalientos:

-Era un iluso, pero era bueno, y le mataron los sueños. También a mí. Sé que ya es un poco tarde, pero irme de este infierno. Es el único modo de sentir que no he perdido toda la vida.

-Esto no es un país para quedarse-, la anima la mujer que reside en España.

Está claro que irse de Cuba no es solo una opción, sino también una respuesta al acorralamiento. Si antes algunos se marchaban con la ilusión de regresar luego de un cambio político, ahora el sentimiento es huir definitivamente, como cuando se cumple una condena. Cuba es el país del “no se puede”, “no digas eso”, “mejor te callas”, “no cojas lucha”, “ahora no”, donde no hay cabida para la realización personal.

 

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