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Martes, 25 de julio 2017

Caibarién no tiene lugar para sus viejos

Efectos del indetenible proceso destructivo de la revolución

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(Foto: Pedro M. González)

VILLA CLARA, Cuba.- En 1920 se estrenó el hogar para ancianos en Caibarién. El pueblo costero, que ya tenía casi un siglo de fundado (1832), carecía de hospicio digno donde auxiliar a sus desvalidos: hombres y mujeres que trabajaron por echar adelante la comunidad portuaria.

La gente acudió alborozada a dar la bienvenida a esta pieza fundacional para el bienestar público. Obra caritativa de nativa que fuera benefactora de todas las faenas sociales renombradas en el municipio, se lució —desde la primera piedra— con una distinción plausible: las huellas no albergan dudas.

En 1871 nació aquí María del Carmen Zozaya, bienhechora insigne de cuya fortuna surgió el Asilo para Ancianos y el Hospicio de Beneficencia Pública y Casa de Huérfanos. Llena de bondad, querida en su época por muchos, enorgulleció a los pobres y legó a su pueblo una respetable cantidad de riqueza (porque tenerla significaba poder hacer maravillas con ella) para construir obras serias y hermosas en su muy recordada Villa Blanca, y lo hizo desde el exilio atroz que le impusieron sus padres, enfermos de colonialismo.

Esta buena mujer dio impulso a otras dos obras que son presencia y orgullo de su casta: El Hospital Nuestra Señora del Carmen (1921) y el Colegio del Apostolado del Sagrado Corazón de Jesús, que abrió sus puertas en abril de 1914, y fue la única institución de este tipo netamente patrocinada en la patria por nacionales. El primero, dirigido por las paulistas Hermanas de la Caridad, y el segundo por religiosas de la Congregación Madres del Apostolado.

Los edificios arribaron todos a la alborada roja revolucionaria del 59 y sus improvisados administradores, con las instalaciones funcionales al ciento por ciento, intocados en estructura y con los veteranos acondicionamientos en talla.

Vista del área de recepción de mercancías (Foto: Pedro M. González)

Una vez que los procesos destructivos comenzaron a experimentarse —y me refiero no al deterioro que originan la erosión de la salinidad circundante más otros elementos naturales, sino a quienes con furibundas manías de cambiar todo lo que no debe ser cambiado se empeñaron en modificarlos con malsanas intenciones—, no hubo manera de evitar el hundimiento progresivo que desde mucho tiempo aconteciera.

Valga aclarar que para entonces en el local cohabitaban solo hombres, quienes habían renunciado a la pírrica chequera de la Seguridad Social al ser admitidos, tras largo y tortuoso proceso demostrativo de carencia de parentela que se hiciera cargo.

Las damas de la localidad en similar trance tenían —y tienen— que mudarse al vecino municipio de Remedios hasta el fin de sus días, donde radica el local adecuado para féminas, pues tal división sexista no es más que otra secuela vívida del “glorioso patriarcado que se ha vivido”. Y que aún sigue vivito… y mortificando.

Los supervivientes de esta batalla contra el derrumbe fueron trasladados para su atención a otros municipios de la provincia, maniobra insensible que les precipitó el tiempo restante en un barranco sin fondo del que no hubo retorno. O sí.

Recuerdo que los nueve viejitos que tocaron a Corralillo (distante unos 130 km) volvieron en breve, antes de que concluyeran la estancia en el primer trimestre pos traslado —inadaptados, comprensiblemente—, pero lo hicieron en grises ataúdes.

Foto de otro edificio de beneficencia, erigido en 1920 (Cortesía)

Hace media década remozaron como pudieron los exteriores del viejo centro asistencial y se recomenzó la etapa de modificación del área interior que ya existía y que a duras penas se salvó del desmoronamiento.

Dar pintura no puede ser solución anticaída, sino enmascaramiento ruin de la ruindad. Las paredes laterales y perimetrales exhiben tal inclinación que emulan con la Torre de Pisa, y no fueron enderezadas ni subsanadas durante el proceso rescatista.

El acceso al área donde deben elaborarse alimentos y recibirse medicamentos y otras mercancías exhibe una contaminación paralizante. La gente desquiciada ha anidado allí su vertedero, quizá como ofrenda vecinal a la chapucería estatal.

No obstante, y a pesar de todo, próximamente reabrirán las austeras puertas del sitio reclamado por el pueblo (las traseras, aclaro, porque la antigua entrada principal ha sido cancelada), cuyas discutibles restauraciones han estado a cargo de la brigada de mantenimiento del Sectorial Municipal de Salud, la misma que lleva más de una década intentando terminar sin éxito una salita hospitalaria de escasas camas para enfermos renales.

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Acerca del Autor

Pedro Manuel González Reinoso
Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba) Actor, escritor y activista social.

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