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Yunior García: “El 11J fue un intento, e intentarlo hace que el mundo cambie”

Yunior García Aguilera, 11J

MADRID, España. – El dramaturgo Yunior García (Holguín, 1982) es uno de los principales representantes de la última generación de activistas que ha emergido en Cuba. 

Participó en la protesta frente al Ministerio de Cultura del 27 de noviembre de 2020, el 27N. Después fue detenido en las masivas manifestaciones del 11 de julio de 2021, el 11J. Y terminó exiliado cuando las autoridades impidieron organizar a la plataforma de la que forma parte, Archipiélago, una marcha el 15 de noviembre de 2021, el 15N.   

Su vida, en el último año y medio, ha estado marcada por estas fechas. También por las críticas de quienes no entendieron por qué se fue del país o no consideran que esté haciendo lo suficiente para apoyar a quiénes están en prisión en la Isla. De todo esto y de su visión política habla desde Madrid, España, donde ha solicitado asilo político. 

―¿Tú mente aún está en Cuba, digamos?

―Sí, habría que preguntarle a un psicólogo lo que pasa en la mente de un exiliado. Mi cabeza está en dos horarios. Mis recuerdos, mis deseos, mi visión de futuro siguen en Cuba. No dejo de sentirme de paso, a pesar de haber pedido asilo y ya sentirme un poco exiliado. 

Se dice que Madrid es el nuevo Miami.

―Madrid se está convirtiendo en una ciudad de destino para una parte de los jóvenes que han tenido protagonismo en esta última ola de rebeldía contra la dictadura y eso hace que coincidamos en espacios, que nos articulemos, que se haga más notoria la presencia de la comunidad cubana que vive aquí.

Ahora tienes libertad política. ¿Te gustaría formar parte de algún movimiento político más amplio de cubanos que están en Madrid o en el exilio en general?

―Salir de Cuba te abre un universo. He tenido la oportunidad de compartir con opositores de Nicaragua, de Venezuela, de conversar con gente de lo que era la Europa del Este… Ahora hay causas que me preocupan a mayor escala que cuando las veía en Cuba. Pero cada cosa tiene su tiempo, no quiero apresurar nada. 

―¿A qué cosas te refieres?

―Creo que la oposición dentro de Cuba todavía está muy aislada, muy concentrada en Cuba, piensan que una solución para Cuba depende únicamente de los que están allí. Y no es cierto.

¿Un cambio en Cuba no depende de los cubanos?  

―Es imposible que los cubanos lo logren solos, porque hay una dictadura con más de 60 años que tiene el control de todas las instituciones. Es muy difícil que el pueblo cubano, desarmado, desinformado, a veces sin internet, logre salir de ese sistema y construir una democracia. Porque hay tres problemas: primero acabar con la dictadura, luego comenzar una transición, y que esta nos conduzca a una democracia verdadera. Nada de eso depende únicamente de los cubanos. Hace falta una conexión global, sobre todo, con la gente de la región. Porque pueden ser los países vecinos los que ayuden a perpetuar la dictadura. 

Los principales aliados de Cuba en la región son los gobiernos de izquierda.

―La cuestión no es izquierda versus derecha, es autoritarismo versus democracia. Izquierda y derecha deben coexistir en democracia y pelear por los votos. La cuestión es que gobierne quien gobierne se debe tener el derecho a pensar diferente de quien tiene el poder. A dictaduras como la cubana les importa poco la ideología. Ellos son capaces de cambiarse de casaca en cualquier momento. En Cuba existe un capitalismo monopolista de Estado. Quienes gobiernan son empresarios que piensan mucho en el dinero y son capaces de sentarse a dialogar con su enemigo histórico, Estados Unidos, con tal que mejoren sus empresas. Sin embargo, no están dispuestos a sentarse a hablar con sus ciudadanos que piensan distinto. Entonces, el problema no es ideológico. El asunto es terminar con estas formas de gobierno tiránicas.  

¿Sientes que representas a alguien?

―En Cuba no hay forma legítima de representar a otros. No hay elecciones, no te puedes postular. En Cuba hay voces, voces importantes con las que unos grupos se identifican y otros no. Yo no soy político y no tengo responsabilidad como representante de nadie. Aunque por supuesto hay gente que se va a sentir identificada con mis ideas, eso no significa que yo crea que tengo la verdad absoluta o que considere que solo nosotros somos la verdadera oposición.

―¿Consideras que otros grupos de oposición son intolerantes? 

―Hay de todo… Son 70 años sin democracia, si empezamos a contar en 1952 con el golpe de Estado de (Fulgencio) Batista. Y tantas décadas sin democracia afectan. Para los cubanos es difícil entender las cosas desde el punto de vista democrático. Creo que la libertad es una especie de círculo cuyo diámetro debe ensancharse lo más posible. Lo que sucede en Cuba es que el diámetro se ha estrechado de manera absurda por razones caprichosas. No podemos cambiar ese círculo cerrado por otro. Y eso implica reconocer que el otro puede tener la razón y que es importante que las diferentes verdades se encuentren. Hace poco un politólogo en Nicaragua me decía: puede que en Nicaragua un 20% de la población apoye a (Daniel) Ortega. ¿Qué pasará mañana cuando el país sea democrático? ¿Vamos a exterminarlos? No, la democracia son consensos, pactos. Habrá que encontrar verdaderos representantes para alcanzarlos.

Pero, ¿cómo gestionar las diferencias entre grupos cuando, estando comprometidos los derechos humanos, por ejemplo, hay que relacionarse con grupos que no están a favor de los derechos de las mujeres o de la comunidad LGBTIQ+, o que dejan atrás a las personas negras o racializadas? 

―Estamos en un momento de extremos que no contribuyen a una sociedad sana. Es muy difícil ese equilibrio. Pero creo que más allá de ideologías, puede encontrarse ese punto de sensatez en la idea de que todas las personas tienen derechos y que mis creencias particulares no tienen por qué imponerse sobre otras personas. Yo en Cuba tuve muchos debates con líderes religiosos que me hablaban del tema del matrimonio entre homosexuales. Y yo les decía: hay cristianos como los Adventistas del Séptimo Día, que creen que deben respetar el sábado y que no comen carne de cerdo, a diferencia de otros cristianos. Y está bien que lo hagan, pero lo que no pueden es imponer al resto de la sociedad que la carne de puerco esté prohibida.

¿Te has sentido excluido por otros opositores por tus ideas o por cómo saliste del país?

―Los cubanos tienen derecho a juzgarme. Hay gente que piensa que todo lo que hicimos en Cuba fue para obtener una visa. Desconocen que habíamos salido de Cuba 17 veces y que no era necesario arriesgar tu vida por conseguir una visa. Pero si algún cubano lo quiere creer, es su derecho. 

Con varios de sus integrantes en el exilio, ¿qué puede hacer Archipiélago? 

―Su principal misión es seguir existiendo. Aspiramos a sacudir un poco la sociedad, a ir educándonos en la vía del consenso, del debate, de encontrar puntos comunes. 

Archipiélago trabaja de modo discreto y cuando sea el momento sacaremos una propuesta que sea útil para lograr la democracia en Cuba. Estamos pensando en ser útiles, no en egos personales o grupales. No se trata de quién lidera ahora la oposición, se trata de que surjan muchas voces: que esté el Movimiento San Isidro, que surja una iniciativa de médicos, otra en el gremio de la cultura… Que aparezcan muchos grupos y que cada uno, con su lucha particular, contribuya a alcanzar la democracia en Cuba.

―El Gobierno detuvo a unas 100 personas por hechos relacionados con las protestas del 15 de noviembre (15N), y 11 de ellas siguen presas. ¿Te sientes responsable por eso? ¿Has hecho algo por ellos?

―A nosotros no nos interesaba que más gente fuera a la cárcel, nuestro interés era sacudir a la sociedad para que cada cubano entendiera su responsabilidad personal para cambiar las cosas. Por eso tomamos la decisión de no seguir convocando la marcha inicial, sino de que cada quien encontrara alternativas que no pusieran en riesgo su vida. Pero sí tengo responsabilidad con estos presos. Y sí se está trabajando de modo silencioso para ayudar a las familias y no solo las del 15N, sino de todos los presos políticos. Por eso, aquí, cuando me acerco a los políticos o hablo con la prensa, no puedo privilegiar a un grupo de presos, tengo que hablar de todos los que están injustamente presos en Cuba.

Has rechazado la idea de ser un líder, pero al mismo tiempo fuiste un líder… 

―Hay una diferencia entre liderazgo y jefatura y a veces ambas cosas se confunden. Hay que tener mucho cuidado con esto, porque en Cuba el caudillismo ha sido una enfermedad durante mucho tiempo. A mí, nunca me interesó el liderazgo entendido como jefatura. En Archipiélago no había un jefe. Yo era una figura visible. Y eso trae la responsabilidad del liderazgo.  

―Para ti, lo coherente con ese liderazgo fue irte del país.

―Yo no tomé esa decisión hasta el día 14. La Seguridad del Estado nunca me lo propuso. Un grupo religioso me lo había ofrecido, pero no lo acepté. Hasta que lograron que me sintiera solo, que sintiera que habíamos fracasado, que no habíamos recibido el apoyo popular. El día 15 fui a la embajada (de España) y la embajada me dio la visa. Y aquella tarde, cuando el automóvil (de los religiosos que le apoyaban) me llevó por la calle Prado hasta la embajada para recibir la visa, yo creo que lo hicieron con la intención de que me percatara que en la calle Prado no había ningún manifestante. La calle estaba vacía o solo ocupada por las Brigadas de Respuesta Rápida. Eso me hizo sentir más solo aún. Mi pasaje se consiguió el día 16 y salí el 16 en la noche. Lo hice sintiéndome decepcionado, lleno de rabia, afectado desde el punto de vista psicológico.

―La presión del régimen funcionó.

―El día 14, cuando mi casa estaba rodeada de cientos de gentes gritando: “fuera de este barrio, no los queremos”, ese día me sentí amenazado yo y toda mi familia. Algo te cambia cuando sientes que tu familia está amenazada. Yo quería ser un personaje de Juego de Tronos y decirles a mis dragones, “Dracarys: quemen a todo el mundo”. Y cuando me sentí en esa situación, incapaz de producir ideas sensatas o planear con lucidez, entendí que tenía que irme. Si no, acabaría convertido en algo que no era, en algo que no era útil para la causa de Cuba.

¿La gente que ha optado por estar presa está haciendo algo inútil?

―Para nada estoy minusvalorando la decisión de quiénes están presos y han decidido permanecer ahí o quienes asumen una huelga de hambre, pero uno sabe cuáles son sus limitaciones y creo que tengo derecho a escoger donde puedo ser más útil. 

La existencia de presos políticos, detenciones, etc., ha servido para dar a conocer a nivel internacional la situación en Cuba.

―Sí, pero la sociedad no puede preferir que haya presos para que la situación sea más propicia para la lucha. No podemos querer que alguien muera para que se convierta en un símbolo. Eso no es sano. Yo quisiera que encontremos caminos alternativos, que se salgan de los moldes. Hay que quitarse el morbo de que otros sufran para valorar su sacrificio. 

Has reclamado el derecho a cambiar de opinión. ¿Haces autocrítica de algo?

―A veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiera aguantado más tiempo en Cuba. Pero veo a gente como Saily (González, exintegrante de Archipiélago), que permaneció en Cuba y ahora cuando salió, la acusan de todo lo peor… como me han acusado a mí. A veces me digo: “Mañana tomo un avión y regreso”. Pero luego me doy cuenta que lo hago por ego, porque me afectan las críticas, no porque regresar sea útil a la causa de Cuba.

―¿Cuál era el plan para el 15N?

―Queríamos demostrar que en Cuba es imposible organizar una marcha por los canales establecidos. Había salido el presidente del Tribunal Supremo diciendo: los que están presos por el 11 de julio (de 2021) es porque no pidieron permiso. Queríamos demostrar que eso era falso. Y por eso, quisimos hacer una marcha por los canales establecidos. Y quedó más que demostrado que en Cuba no existe derecho de manifestación.

Pero había más objetivos…

―Pensamos que el 15N podía contribuir a que esos cubanos que no se han movilizado antes lo hicieran. Pensamos que sería un pasó más. El 27N propició el 11J, el 11J propicia algo como el 15N, vamos a ver qué pasa. También una cosa que a veces no entendemos: es muy probable que la dictadura cubana se caiga por la decisión de quiénes hoy en día tienen el poder. Entonces, todo lo que se haga desde la sociedad civil funciona como presión para que se quiebren, para que el cambio ocurra desde dentro. 

¿Cómo valoras el 11J?

―Cuando hablamos de estallido social en Cuba, creo que tenemos que pensar que el 11J ha sido el más grande de nuestra historia reciente. Fue masivo, fueron decenas de ciudades en las que la gente se lanzó a la calle en un efecto dominó. Recuerdo que ese día fui a encontrarme con unos amigos para ver el fútbol y cuando vimos en las redes sociales que San Antonio de los Baños estaba en la calle, le dije a un amigo: “Ponte los zapatos que esto va a ser Cuba completa”.

Has mencionado la idea de la utilidad. ¿El 11J fue útil?

―Ha servido para quitar la máscara del régimen a escala global. La dictadura se ha mantenido, en buena medida, por el mito que supieron vender. Si para algo sirvió el 11J fue para mostrar que el régimen puede ser muy abusivo cuando se lo propone. 

¿Fue un éxito en ese sentido?

―El 11J fue un intento, e intentarlo hace que el mundo cambie. El mérito no es lo que se logró, es que haya ocurrido. Muchos cubanos y por primera vez en mucho tiempo tomaron las calles y dijeron: hoy vamos a decir lo que realmente pensamos  

¿Qué recuerdas de ese día?

―Ya un grupo de amigos habíamos pensado posibles acciones pacíficas que podíamos realizar. Habíamos pensado en ir al ICRT y pedir que nos dejaran hablar frente a las cámaras durante 15 minutos. Por tanto, el 11J, sabiendo que nuestros teléfonos podían estar intervenidos, lo único que hicimos fue mandar SMS diciendo “15 minutos”. La gente sabía que se trataba de ir al ICRT. Allí nos plantamos e intentamos exigir nuestros 15 minutos.

Después, terminaste detenido.

―Trajeron a los represores y nos comenzaron a detener. Recuerdo que cuando nos lanzaron para el camión un amigo se agarró de mi brazo, otro de una pierna. Recuerdo una señora que me golpeaba con una banderita y me decía “este pueblo no te quiere” y que el propio represor que me tenía agarrado le decía: “señora, me está dando a mí”. Y recuerdo cuando iba en el aire, cuando me estaban tirando al camión, los miré y me dije: “No saben lo que han hecho, la imagen que están dando al mundo al agarrar un grupo de jóvenes pacíficos, sentados en el suelo, y lanzarlos a un camión”. Y ya de ahí, no sabía lo que podía pasar. El camión arrancó y no nos dejaban ni levantar las cabezas. Recuerdo que un policía empezó a maltratar a uno de los muchachos y le dije: “Usted debe de tener un hijo de la edad de nosotros, ¿no le preocupa dónde está su hijo ahora mismo?”. Aquel policía no volvió a ser violento en el trayecto. Después, estábamos en la cárcel y empezaron a llegar otros jóvenes, y recuerdo que les preguntamos de dónde venían. Nos sorprendió que fuera tan masivo, porque en ese momento no lo sabíamos. Ese día fue la emoción de que podía ocurrir el cambio, pero al mismo tiempo, vimos el músculo de la represión.

En España has estado cerca de varios líderes políticos. ¿Te has sentido utilizado?

―No vine a España a jugar el juego de la política española, no me interesa. Algunos partidos tratan de capitalizar algunas cuestiones para sus propios intereses, no porque legítimamente les preocupe lo que ocurre en un lugar, sino porque les trae beneficios. A veces, pienso que la política definitivamente no es mi campo. Soy un intelectual comprometido, pero la política, en el sentido tradicional, me provoca nauseas la mayor parte de las veces. Estoy interesado en que mi país sea libre y democrático y creo que cuando eso suceda es probable que no me incorpore a ningún partido. 

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