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Febrero 23, 2007
Nefasto, las cooperativas y el año del cerdo (I)
Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Mientras los chinos se achinan
y alimentan de orgullo y Chop Suey durante su año del cerdo, los
cubanos reventamos de felicidad y "colesterofilia" por la presencia
vital y los precios mortales de una estirpe de puercos que, más
que cochinos, son los hermanos de lucha en este medio siglo de corral
y talanqueras.
Saber que están ahí como las flores. Que su lomo tan caro
cual coral, o sus bistés, perniles y cabeza se coticen en un agromercado
estatal o campesino como un autorretrato de Rembrandt en una subasta de
Christie's, más que un calvario es un consuelo.
Pero hay que canonizar al puerco. Dotarlo de algún mérito
político si no bastaran sus hazañas a favor de la humanidad
insular, pero nunca pasar por alto que fue la única especie animal
que jamás se alejó del cubano común cuando las vacas,
los peces, las gallinas, los conejos y hasta los gatos y las ratas se
convirtieron en una vulgar quimera.
Por eso, ante el reconocimiento oficial de que no se les trata como merecen,
y que el sector cooperativo campesino explota la producción de
su carne de forma ineficiente, hemos decidido reacomodar las técnicas
porcinas para "certificar" los mercados de la nación
y entregarles, en el grado de Porquerizo Mayor, el diploma de Cochiquera
Modelo.
Y aunque no es preciso exagerar ni jugar a la ciencia ficción,
¿se imaginan ustedes que la libra de carne, con hueso, pellejo,
moscas y tierra del batey baje de 25 a 6 pesos? ¿No los haría
perder la razón pensar que la carne está envenenada, o les
toman el pelo si una libra de bistec, sin previo Decreto Ley (a falta
de producción) desciende de 40 a 8 pesos?
¡Sería el colmo abusar de la magnanimidad estatal obtener
con el salario de un día de labor una libra de carne tan exclusiva
para los cubanos!
Pero, despejados los sueños, de vuelta a la real incapacidad productiva
de carne de cerdo a nivel nacional, expondré algunas de las causas
que originan este cochino embrollo.
El principal problema de la improductividad es que tratan a los cerdos
como si fueran personas. ¿Quién ha visto que a un puerco
se le da de comer un sancocho compuesto por chícharos hervidos
sin sal, huevos cocidos hasta el azul, y pan saborizado con aserrín,
cual si fuera un comensal en un comedor obrero?
¿No es una exageración mezclarle un potaje de frijoles negros,
dos yucas duras que ni el guayo de Catalina podría ablandar, y
un picadillo de jurel en sus espinas, como si fuera el almuerzo para el
alumnado en una escuela al campo? Por mucho que lo amemos, el cerdo es
cerdo, y debe recibir un tratamiento acorde con su especie.
Los tiempos cambian y la ciencia también, por lo que se precisa
ahondar en los últimos requerimientos de la tecnología y
aplicarlos de forma gradual en el país.
Según un libro escrito por Mark Twain, la cría de cerdos
es un arte que nada tiene que ver con la ausencia de pienso, ni el sancocho,
ni el palmiche, sino con una siembra de posturas adecuadas, en tiempo,
y una atención y campaña recolectora con el transporte garantizado.
De acuerdo con las instrucciones básicas del manual Cómo
cosechar un cerdo, de Twain, lo primero es preparar el terreno, humedecerlo,
y no dejar ninguna mala hierba que pueda nacer pegada al hocico, una pata,
o la guataca del animal.
Luego, sembrar una pezuña con una cola íntegra, rotunda;
en fin, ¡cubana!, y regar estas semillas con monedas de a dólar
(CUC), o en su defecto, billetes de a 20 pesos, y estar atento a los brotes.
Cuando asome aunque sea una pezuña, levantar un acta, hacer un
ultrasonido a ver si el cerdo nacerá con la pata izquierda o la
derecha, y avisar a los cosechadores, los intermediarios y el porquerizo
oficial para que tome nota, avise a los buquenques, preparen los arados,
¡y a cultivar!
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