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Marilyn, la flor exótica
Guillermo Cabrera Infante. El
Cultural, España, 5 de sept. de 2002.
El cine en casa cambia de formato gracias a la
revolución del DVD. Y con él las
formas de ver y entender el cine debido a sus
prestaciones, que contemplan un tratamiento digital
del audiovisual y una oferta de contenidos extra.
El Cultural inicia una sección en la que
cada semana grandes escritores comentarán
los lanzamientos en DVD de películas memorables.
Coincidiendo con el cuarenta aniversario de la
desaparición de Marilyn Monroe y con la
edición en este soporte de sus filmes,
Guillermo Cabrera Infante escribe sobre el mito
y su pervivencia a través de la foto que
la hizo eterna.
Conocía a Marilyn Monroe mucho antes de
ser Marilyn Monroe", me dijo Sam Shaw. "Ocurrió
en la filmación de Viva Zapata!".
Sam Shaw fue el fotógrafo que hizo famosa
a Marilyn con una sola foto y, con ella, se hizo
famoso él mismo. Sam fue un gran fotógrafo
(y no sólo de estrellas), pero era mejor
persona: uno de los hombres más buenos
y generosos que he conocido -un verdadero Uncle
Sam. Ya Marilyn Monroe había hecho Los
años peligrosos (muchos lo fueron para
ella) y estaba por filmar La jungla de asfalto,
donde algunos la notaron más a ella que
a la principal Jean Hagen. "Todos dicen que
fue hecha por los estudios. Marilyn se hizo a
sí misma", me dijo Sam. "La operación
plástica en su nariz fue idea suya. Ella
no fue Kim Novak, inventada por la Columbia y
su mandamás Harry Cohn".
Pero The Asphalt Jungle fue producida por la
Metro. Como curiosa simetría esta película
fue dirigida por John Huston, quien la dirigió
en su última aparición, Vidas rebeldes,
cuyo título en inglés, The Misfits
(Los contrahechos, en traducción literal),
se podía muy bien aplicar a ella tanto
como a su protagonista Montgomery Clift. Marilyn,
según dijo Billy Wilder que la conocía
bien, "era una original". Lo que ella
creía que lo debía a sus maestros
Lee Strassberg y señora, sólo lo
debía a su afán de llegar a ser
una actriz seria. (¡Por favor!) "Marilyn",
según decía Billy Wilder, "era
una gran comedianta pero una pobre actriz dramática".
Esa filmación de Viva Zapata! la reunió
con Sam Shaw. Sam había ido a fotografiar
no sólo a Marlon Brando sino también
a Anthony Quinn, que era su amigo íntimo.
"Ella", decía Sam, "resultaba
un poco, cómo decirlo, desmesurada".
Para ser como había sido hasta hace poco
modelo de fotografías sus tetas se salían
de las blusas y su culo era enorme. Después
cuando le llegó la fama lo exhibía
y lo movía y lo mostraba orgullosa. Marilyn
no era deforme, sino todo lo contrario: muy bien
formada, pero ella creaba lo que se dice el canon
de la rubia que era demasiado. Tenía razón
Sam. Marilyn Monroe pronto tuvo imitadoras. La
más famosa y bella y misteriosa (mientras
Marilyn era toda ella evidente) fue, por supuesto,
Kim Novak. Pero esa es, de veras, otra historia.
Además la forma de caminar de Marilyn
como si estuviera muy segura de sus piernas pero
no sabía caminar con tacones se hizo evidente
en Niagara. Luego todas las actrices de Hollywood
que vinieron después, rubias o no, intentarían
caminar como ella. "Pero Marilyn", decía
Sam, "fue el artículo genuino".
El artículo femenino, añado yo.
Su persona, en el sentido de máscara, era
toda suya, hasta la voz entre susurrante y sugestiva.
Además Marilyn tenía un agudo sentido
del humor, demostrado aun en esa manifestación
impresa de la fama, la entrevista -que ella decía
odiar. Un periodista le preguntó qué
se ponía para dormir y ella susurró:
"La radio". En otra ocasión le
preguntaron cómo se vestía para
acostarse y ella dijo: "Solamente Chanel
número 5". Su franqueza llegaba hasta
la intimidad de su profesión. Durante la
filmación de Bus Stop le dijeron que la
llamaba a su oficina un rijoso jerarca y al acudir
a la cita ella comentó a sus íntimos,
"no se vayan, que vuelvo en seguida. Él
no dura más de cinco minutos".
La publicidad de Niagara llegó a compararla
con la famosa caída de agua: MM "era
un espectáculo natural". Sólo
que Marilyn aparecía en vibrantes colores
y añadía a su melena rubia un vestido
tan apretado que hace falta un topólogo
para describirla.
Es precisamente en La tentación vive arriba
en que Marilyn se convierte en la Monroe, diciendo
cosas como aquella explicación de por qué
guarda sus panties en la nevera, "es por
la calor", dice ella feminista y Jacinto
Benavente le explica: "Es que el calor es
masculino". Aquí hay otras revelaciones
que muestran el carácter y la compasión
de Marilyn. Al salir de ver, acompañada
por el triple feo de Tom Ewell, El monstruo de
la Laguna Negra, se compadece de la suerte del
monstruo "tan solo como está sin ninguna
compañía". (Como mi nieto Jacobito
a quien le exhibí un video de King Kong
y al acabar suspiró: "El pobre mono!").
Entrando en calor en la calle Marilyn tiene un
encuentro memorable con el aparato de ventilación
del subway, que expira un aire tibio como la noche.
La Monroe lo encuentra delicioso (nosotros también)
y se baña en esta invertida ducha seca,
que le alza la falda para revelar sus piernas
perfectas y Ewell y el espectador comprueban que
ha sacado sus pantaloncitos, por lo menos, del
refrigerador. Esta revelación de sus partes
por el aire que sopla un Eolo subterráneo,
nos convierte a todos en mirones deleitados. También
muestra que Marilyn siempre está sofocada
-cuando no está fogosa. Como en Luces de
Candilejas que se deja llevar por el viento (bochornoso
por partida doble) cantando A Tropical Heat Wave,
una ola de calor tropical, y más aún:
ella queda en la zona tórrida. En Cómo
casarse con un millonario está más
refrescada, pero todavía tiene sofocos
y aunque todos la miramos, ella no nos ve. O no
nos ve bien: es una cegata que, al negarse a usar
gafas, comete todos los gafes -y de paso enamora
a más de uno. (Entre ellos el espectador
convertido en mirón). No es la pícara
puritana sino la inocente que nos hace a todos
culpables de escoptofilia, enfermedad muchas veces
mortal -como Diana cazadora. Es la diosa a quien
Norman Mailer llamó "el ángel
dulce del sexo". Pero ella es Diana convertida
por sus flechazos en Cupido. La Monroe está
en nuestra mitología pero es más
que un mito: es un icono.
Sam Shaw fue el culpable de haber convertido
a Marilyn Monroe en mito y a la vez propagador
del mito en la iconografía del siglo XX.
Fue Sam el creador de Marilyn como imago mundi
(la imagen del mundo) o por lo menos propagó
su doble. Una réplica de veinte metros
de altura colgaba ese verano fogoso por encima
de los paseantes en Times Square, y se veía
todavía en el septiembre ardiente cuando
trató de calmarse la canícula con
el aire acondicionado que no todos -como se ve
en La tentación vive arriba- tenían
en su casa.
Hoy Marilyn Monroe está muerta y Sam Shaw
también, pero siempre tendremos la imagen
en que ambos coincidieron una tarde de verano
en Manhattan. Lo que Marilyn ofreció fue
una pose, pero Sam Shaw la hizo, con su modestia
de siempre, imperecedera. Ustedes como los voiyeurs
de ayer podrán verla inmarcesible. Si se
mira bien se podrá discernir, entre el
dulce viento y la amarga victoria del olvido,
que Marilyn parece una flor exótica. Lo
era cuando estaba viva, lo es todavía en
su imagen: en la imagen que reveló Sam
Shaw.
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