Charlas
carcelarias: "El Excluible"
Lázaro
González Valdés
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A Juan Carlos Almaguer lo conocí a finales de agosto de 1997 en la prisión Micro Cuatro, ubicada en el reparto Alamar de Ciudad de La Habana, entonces "penal modelo" según los funcionarios de la Dirección Nacional de Cárceles y Prisiones del Ministerio del Interior. |
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No obstante, los reclusos hacinados allí sobrevivían en un contexto donde predominaban los maltratos de los carceleros, las condiciones insalubres y la insuficiente alimentación, características de cualquier otro establecimiento penitenciario de la Isla. A dos literas de la mía estaba la de Juan Carlos. Cada noche, después del último recuento de prisioneros, Moisés, Eleuterio, El Haitiano, Juan Carlos y yo nos reuníamos puntualmente en ese lugar. Cada uno de nosotros contribuía con "algo" y preparábamos una merienda que casi siempre consistía en un vasito de agua miloddo la que ocasionalmente acompañábamos con una tostada de pan viejo percápita, si recientemente habíamos tenido la visita familiar. Después, ellos encendían sus brevas, yo mi rústica cachimba, y comenzaba la coversación hasta que los carceleros ordenaban "el silencio", instante en que los reclusos tienen que acostarse obligatoriamente a dormir, o a fingir que duermen. Juan Carlos hablaba y escribía en inglés a la perfección. En una de aquellas charlas carcelarias le pregunté dónde había estudiado ese idioma. - En Estados Unidos -me dijo como sumiéndose en un letargo de recuerdos. - ¡Tú viviste en el yuma Juanca!, pero ¿cómo coño se te ocurrió virar pa'l infierno éste? -inquirió Eleuterio, que cumplía su tercera causa por robo y no llegaba aún a los treinta años de edad. - Yo soy un excluible -contestó Juan Carlos, y explicó- cometí un delito en territorio norteamericano y me devolvieron para Cuba. - ¡Ah, carajo! -se limitó a exclamar El Haitiano, acusado de carterear en un camello al que trató de subir con una jaba de viandas en una mano, dos guanajos vivos en la otra, y después rerultó que la cartera de la presunta víctima apareció, con todo el dinero, a los pies del banco donde la acusadora había estado sentada hasta el momento en que llegó el vehículo a la parada. Por su parte, Moisés echó un par de ráfagas de humo por las fosas nasales y le preguntó a Juan Carlos qué delito cometió en Estados Unidos. - Tráfico de drogas. Mucha marihuana. Ibamos en un barco atunero cargado de pacas. Pero había tantas que, aunque lanzamos muchas al mar cuando vimos al guardacosta americano, nos quedó "material" como para condenarnos a mil años de cárcel. Juan Carlos guardó silencio mientras "torcía" otra breva, se pasó el borde del papel por la lengua para ensalivarlo, pegó el pitillo, El Haitiano le extendió la chispa y lo encendió. Con la primera bocanada de humo malholiente prosiguió el relato. - Los policías estadounidenses son niños de teta en comparación con los salvajes de la policía cubana. Nos cogieron infraganti y sin embargo nos trataron como a personas decentes. Si eso llega a ser en Cuba nos dan patadas por el culo desde el atunero hasta el cuartel de investigaciones de 100 y Aldabó. Perdí la libertad, y también oportunidades de todo tipo, por mi mala cabeza. Me lo merezco. La vida miserable que llevo ahora en esta prisión de mierda se la debo a mis acciones. Le fallé a quienes me dieron la posibilidad de vivir como un ser humano. Siguió dándole patadas a la breva y añadió: - Los cubanos somos un pueblo de mierda. Cuando estamos bien nos quejamos, y cuando nos llevan al matadero aplaudimos al matarife. Es como si estuviéramos tarados de nacimiento. Eso lo pude comprobar en una cárcel en Puerto Rico. Allí todo estuvo en paz hasta que llegó un grupo de cubanos excluibles. Entre ellos yo. Porque un día nos dieron pavo como plato principal en el almuerzo y lo repitieron en la cena, se formó la de San Quintín: protestas, colchones quemados, violencia, acabaron con todo, tremendo motín. Sin embargo, aquí en Micro Cuatro hay varios excluibles y no oyes ni un comentario. Ni en voz baja se quejan de que nos están matando de hambre, de que los guardias nos maltratan o de que la falta de higiene y de agua corriente en cualquier momento causa una epidemia. - Pero, Juanca, todos no somos así -ripostó Moisés mientras Eleuterio, El Haitiano y yo seguíamos con la vista a un par de ratas regordetas que corrían alegremente por las vigas de hierro donde descansaba el viejo y agujerado techo de tejas de la barraca #2, en la sección uno de Micro Cuatro o penal viejo, como también le llamaban. - Tienes razón Moisés. Pero hablo en sentido general. Claro que no todos los cubanos son así, pero la generalidad somos una reverenda basura. Fíjate como van en masa a la Plaza de la Revolución y como aplauden el discurso donde le comunican que sus hijos, y que los hijos de sus hijos, no tienen más opción que resistir y seguir sacrificándose en aras de la construcción del comunismo, una utopía a la que nadie ha llegado, ni siquiera sus inventores. Después, por detrás, lo único que hacen es hablar mal del gobierno, pero en voz baja, muy baja, tan baja que únicamente se oyen ellos mismos. La imagen que se percibe fuera del país es que la mayoría de los cubanos apoyamos el sistema. Eso es lo que ve el mundo por los canales de televisión. La verdad es que la gente odia esta porquería, pero casi nadie tiene cojones para enfrentarse a esta fachada mentirosa. Todos callamos. Todos echábamos bocanadas de humo contaminante al poco espacio libre que quedaba en la barraca. Juan Carlos prosiguió en voz alta: - Por eso yo digo que gente como El Político (se refería a mí) lo mejor que hace es irse del país y dejar que nos hiervan en este infierno. Yo, que viví varios años en Estados Unidos, sé muy bien por qué la mayoría de los que se van de aquí no quieren saber nada, absolutamente nada de política, ni de Cuba ni un carajo. ¿Saben por qué? Porque están cansados de tanta sumisión, de tanta falsedad, de tanta doble cara. Por delante, en público, oyes: ¡Viva Fidel!, ¡Socialismo o Muerte, Venceremos! ¡Abajo la gusanera! Pero, por detrás, se escucha todo lo contario: ¡Ojala maten al hijo de puta de Castro!, ¡Lo que necesito es una balsa pa' irme pa' la yuma!, ¡Mándenme dólares, mi familia, que tengo que matar el hambre en las shoppings! - La gente tiene que vivir, Juanca, la estás llevando recio. Yo, por ejemplo, he tenido que robar siempre para llevarle la jama a mi fiñe porque como chofer de camión en la construcción lo que me pagan es una basura. ¿Quién puede vivir aquí con doscientos y pico de pesos si casi todo lo venden en dólares? -contraatacó Eleuterio a la vez que aplastaba un mosquito contra su frente abultada. Y, después de tirar la colilla de la breva debajo de la cama de Juan Carlos, Eleuterio razonó: - Si tengo que pasarme la vida en el invento de cómo llevarme un par de sacos de cemento o un metro cúbico de arena para vendérselo a cualquiera y así resolver mi problema, ¿cómo tú crees que me pueda importar un carajo lo que dicen en la Plaza de la Revolución? ¡Que digan lo que quieran y que hagan lo que le parezca, lo mío es subsistir y punto! ¿Qué tu crees de eso Haitiano, que eres el más puro aquí? -preguntó. El Haitiano, negro viejo que rondaba entonces los setenta, dijo: - ¡Ojuanishogbe, caray, ojuanishogbe! - ¡Ahora sí se jodió esto! Tírala en estereo Haitiano, porque esta jerigonza ni El Político la entiende, que es un puro leído y prepara'o -dijo jocosamente Moisés. - Coño mi'sijos, más claro ni aguanile. Ojuanishogbe es signo del caracol que su refrán dice: Vergüenza mayor*. Y eso es lo que pasa, ¡carajo! Es una vergüenza que gente que vivía como persona antes de la puñetera Revolución, gente que por cualquier cosita formaba un sal pa'fuera que le roncaba el mango, ahora aguantan hasta que se la metan. Y lo peor de todo es que han aprendido hasta a menearse con ella adentro. Es lo que dice el Juanca: ¡Aquí lo que faltan son cojones pa' acabar con tanto atropello! La mayoría de los cubanos aguanta que te aguanta. Ponen en su casa la foto de Patilla, la del Ché Guevara y la de cuanto manganzón vive del cuento en este país, pero cuando tienen un chance cogen cuatro palos, arman balsa que tú conoces y arrancan pa' la yuma. Eso es ojuanishogbe: Vergüenza mayor. El viejo chupó la breva y prosiguió: - Pero la cosa se pone peor. Arresulta que los mismos cabrones que aquí ni siquiera se quejaron, que les patearon las nalgas y les metieron mítines de repudio cuando presentaron pa' irse del país en el ochenta (se refiere al éxodo del Mariel en 1980), que les cayeron arriba a huevazos, tomatazos y hasta con paquetes de mierda y latas de mea'o, ¡que es lo último que se le pue' hacer a un hombre que se diga hombre,** coño!, ahora los muy hijos de puta vienen y te restriegan por la cara un burujón de cadenas de oro colgadas en el cuello, se tiemplan por quince o veinte dólares a las hijas de sus paisanos y le pagan un dineral al gobierno pa' que los dejen venir de visita a la tierra donde nacieron, le pagan a los mismos degenerados que les hicieron oprobios. ¿Qué coño es esto, si no es ojuanishogbe? ¿Quién carajo va a pelear así contra los ñangaras? Por eso digo que también Moisés y Eleuterio tienen razón en este asunto: ni todos los cubanos son aguantones ni hay más na' que seguir inventando pa' vivir. sentenció el viejo y se enfrascó en chupar lo que le quedaba de breva. Cuando me disponía a expresar mi opinión, sentimos los golpes de bastón contra los barrotes de las ventanas. - ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Hora de silencio! -gritaban los carceleros de Micro Cuatro a ritmo de bastonazos. Silenciosamente, nos dirigimos cada uno para nuestra litera. Hacía un calor insoportable. Las ratas estaban de fiesta sobre las vigas de hierro. Más tarde bajarían, como cada noche, a ver en qué jolongo de qué prisionero podrían meterse para pasarle la cuenta al poco de azúcar o a las tostadas que salvan del desmayo por hambre a los confinados cubanos. Las cucarachas secundaban a los roedores en su guaracha nocturna. "Kafka se quedó corto. Ni una pluma como la suya podría describir el mundo carcelario cubano en toda su magnitud", pensé mientras me tapaba hasta la cabeza con la única sábana que tenía para evitar, en lo posible, el ataque aéreo de los mosquitos. Era preferible el calor que sus picadas. Al rato, rumbo al área de los baños, pasó Merengón, un negro como de seis pies y siete pulgadas de altura y 25 años de edad. De seguro iba a masturbarse. La bombilla cercana a mi litera y uno de los huecos de la sábana me permitieron ver su rostro de ébano brillante. Parecía triste. Mucha gente piensa que los criminales no tienen sentimientos. Quizás el moreno extrañaba a su amor: un blanquito de quince años que se quedó en la prisión 1580 cuando nos trasladaron para Micro Cuatro el 13 de agosto, cumpleaños del gobernante Fidel Castro. |
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(#) (*) En santería o Regla de Osha los sacerdotes preguntan o hacen sus premoniciones mediante el oráculo del caracol o "dilogún" que consta de 12 signos principales que al combinarse entre sí ascienden a 144 combinaciones. Cada signo expresa un refrán a manera de enseñanza. (**) Entre los presidiarios comunes de Cuba echarle excremento u orine humano a una persona se considera una ofensa tal que la víctima de este tipo de ataque sólo puede recuperar su honor si hiere, o sea si le "da un puntazo", y "le saca sangre" al agresor. (N. del A.) GLOSARIO Agua miloddo - Agua
endulzada con azúcar prieta. |