Testimonios

El trabajo forzado
Rolando Borges

Todavía es de noche en el antiguo Reclusorio Nacional de Isla de Pinos, construido por el presidente Gerardo Machado, convertido por el tirano Fidel Castro en cárcel de exterminio para los miles de hombres que quedaron vivos después de los juicios sumarísimos, inhumanos e injustos, que mandaron a otros tantos al paredón de fusilamiento. Presos y fusilados que formaron parte del pueblo cubano que, bien temprano, se dio cuenta de las malvadas intenciones del sátrapa y se le enfrentaron valerosa y patrióticamente.

El agua con azúcar prieta y el mendrugo de pan recién acaba de repartirse entre los más de mil hombres que componían una de las cuatro circulares existentes. Circulares éstas que sirvieron para almacenarlos como bestias, para "re-educarlos" al estilo más ortodoxo del Castro Comunismo, mezcla de ideologías totalitarias recién puestas en funcionamiento en Cuba para reducir a la esclavitud al pueblo, en pleno siglo XX.

Una pareja de desalmados, con los ojos inyectados por la rabia y la garganta sedienta de sangre, esperan en el rastrillo y se aprestan a dar la orden de salida de la brigada de presos (a veces más de cien hombres) que en el reparto que se hizo en la dirección del penal se la encargaron para que desahogaran sobre ellos toda la vesanía que acumulaban en sus mentes y corazones.

Eran los famosos cabos de los bloques de trabajo forzado del tristemente célebre Plan Camilo Cienfuegos, que comenzó el 11 de junio de 1964. Fama ganada por la crueldad y sangre fría de que hacían gala cuando cometían sus desmanes. Hombres extraídos de la sociedad que resultó de la explosión social y política que ocasionó la revolución de Castro. Hombres analfabetos, sin inteligencia, depositarios de las más bajas pasiones humanas, que, encima de eso, noche a noche, en la dirección del penal, eran inoculados del odio que destila la ideología marxista-leninista, intrínsecamente malvada y asesina; que le enseñaban los mejores representantes de la casta que tomó el poder: los maestros-sicólogos del Ministerio del Interior; oficiales especialmente designados para esta anti-humana tarea.

El rejero de la circular llama a los hombres que pertenecen a los bloques para que se presenten en la salida de la circular. Los cabos se alegran internamente por la presencia de sus esclavos; pronto descargarían todas sus maldades sobre aquellos hombres, le propinarían golpes, bayonetazos y hasta heridas mortales para que el terror rojo se hiciera conocer en los campos de Isla de Pinos, se sobresaliera de aquellos límites territoriales, y se conociera por los de la Isla grande, en especial por aquéllos que osaban continuar oponiéndose al gobierno castrista, que ya descollaba como una tiranía, más por sus hechos que por los discursos cínicos y mentirosos de Castro y sus cómplices.

Los presos, en columna triste y silenciosa, son conducidos al pie de los camiones, vigilados por la guarnición que sirve de custodia y de guardaespaldas a los que cometían todas aquellas salvajadas. A una orden, suben al camión Zil de fabricación rusa donde, como bestias, son traslados, a toda velocidad, hacia los lugares escogidos en la campiña pinera, para que allí realicen labores que eran totalmente desconocidas para la mayoría de ellos, bajo la coacción y la punta de las bayonetas.

Después que la guarnición, que viajaba en su propio vehículo de transporte, y que contaba de 12 soldados con armas largas y una calibre 30, tomaba los puntos estratégicos del lugar, los cabos ordenaban a los presos a bajarse, les repartían las herramientas de trabajo y organizaban a su forma y manera la tarea del día.

De la brigada de presos, los cabos escogían a quienes mejor les parecía o más mal le caían para extremarse con ellos y hacerles saber con crueldad el poder que ellos ostentaban por delegación de la tiranía.

Eran dantescas las situaciones que por este motivo se creaban. Por un lado los cabos golpeando a mansalva a presos indefensos, sin que mediara motivos hacerlo; por otro, la protesta y gritería de los restantes que, amenazados por los rifles de la guarnición, no podían impedir el asesinato impune del cual estaban siendo testigos.

En los tiempos de la guerra irregular en Isla de Pinos, entre los cabos y la guarnición por una parte y los presos por otra, hubo entre estos últimos muertos tales como Danny Crespo, Diosdado Aquit, Paco Pico, Díaz Madruga, Julio Tang, López Chávez y otros; hubieron heridos graves y cientos de heridos más.

La tiranía, por medio de la Dirección de Cárceles y Prisiones del Ministerio del Interior, utilizando el plan de trabajo forzado Camilo Cienfuegos, quiso destruir el espíritu de rebeldía del Presidio Político Cubano para así eliminar el ejemplo y la esperanza para el pueblo que emanaba de ese grupo numerosísimo de hombres y mujeres que lo componían.

Cabe destacar que en aquellos momentos difíciles para el Presidio Político, el aparato de desinformación y la contra-inteligencia del régimen mantenían la esperanza entre los presos de la salida de la cárcel por medio de un canje, como había sucedido con la brigada 2506 para así evitar la rebelión dentro de la prisión. Tan pronto como se esfumó la bola del canje entre los presos, comenzaron los comentarios, surgidos desde la dirección del penal, sobre el cierre de la cárcel de Isla de Pinos y el traslado de todos los reclusos hacia Cuba, la Isla grande hacia las cárceles provinciales y la Cabaña. Después vendría la otra batalla: la del calzoncillo al cambiarse el color de los uniformes.

Rolando Borges
Causa: 463
Condena: 20

Tomado del libro XXX Aniversario de la Clausura del Presidio de Islas de Pinos