Testimonios
La Mojonera
Fermín
Menalio Amador Chamizo
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El presidio Político de Isla de Pinos, bastión heroico de resistencia y crisol ideológico del anticastrismo, ha enmarcado en la historia de ésta sin duda la segunda gesta libertaria de nuestra patria, un infinito cuadro de episodios, preñados de valor y arrojo, los cuales afrontamos estoicos, convencidos de ser una generación fecunda de nobles justas aspiraciones. |
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Soportamos huelgas de hambre, ensañadas requisas, celdas de castigo, celdas tapiadas, vivir cotidianamente sobre toneladas de dinamita y TNT, trabajo forzado, viento, frío, sol, lluvia, truenos, varios electrocutados, tiros, muertos por disparos en el campo, años de hambre, golpes físicos, terror, siembra sangrienta de cañitas, limpieza de un paraje repugnante La Mojonera, nombre endilgado por los presos a la laguna sanitaria, de unos cien pies de diámetro, donde se estancaba el agua albañal del reclusorio, o sea, una fosa gigantesca al aire libre, con todos sus fétidos atributos. Un pie bajo la superficie de sus negras aguas, se percibía una sensación de tembladera por la densidad de residuos putrefactos, concentrados durante tres décadas, copada en sus tres cuartas partes por plantas acuáticas, abundando el macío y la cortadera, ésta última peligrosa por su hoja larga y triangular de filosos vórtices. Para evitar el desbordamiento de su materia contaminada por exceso de lluvias u otras causas, La Mojonera poseía una abertura o rebosador en la margen del norte que vertía hacia un canal tortuoso de irregular anchura, entre tres a cinco varas. Contaba con cuatro a seis pies de profundidad y aproximadamente tres kilómetros su recorrido desembocando en el mar. Poseía los mismos elementos de su estancada madre, pero plagado de hierba bruja (paraná). En dicho canal se escenificó uno de los más cruentos pasajes del esclavismo penal. El 18 de noviembre de 1964, tres semanas después de lo acaecido en la narración que posteriormente será tema de este trabajo, setenta y un prisioneros descalzos, zapatos y ropas desgarradas de la circular cuatro, fueron encaminados fuertemente escoltados hasta la mencionada acequía, donde violentos y agresivos los empujaban hacia dentro de ésta. Los esbirros, comandados por el siniestro sargento Juan Rivero, reforzado por los sanguinarios cabos Porfirio, Ochoa, Eta, Olé y otros de igual calaña, mantuvieron a los setenta y un inquebrantables esclavos, desde las 8 A.M. hasta las tres de la tarde sacando la enraizada paraná hacia las márgenes de la enlodada zanja. Esta exhausta labor acompañada de un brutal atropello, golpes, bayonetazos y culetazos sin tregua. No hubo excepción, todos fueron víctimas de la injustificable sevicia. Inmarcesibles, ni abatidos, ni vencidos; por el contrario, cohesionados y erguidos como exige el decoroso sacrificio por la patria. Análoga actitud al grupo que lo antecedió en la limpieza de La Mojonera. A finales de octubre de 1964, 30 cautivos de la Circular Uno, la mayoría descalzos y con ropas raídas, otros vendados cabeza y brazos, cubriendo heridas causadas días antes por los testaferros. En ese deplorable estado nos condujeron a un potrero frente al presidio. A las once de la mañana comenzó una torrencial lluvia cn fuertes ráfagas e ininterrumpida tormenta eléctrica, resistimos una hora y media los embates inclemente de la borrasca. Vibramos como inquietos muelles, tullidos de frío con el punzante dolor de oídos. Isofacto cesó la tempestad, el cabo Yaguajay gritó imperativamente con acento vulgar. ¡A trabajá! Nadie obedeció la orden. A los 20 minutos, ochenta soldados portando varios tipos de armas y bayoneta calada, dirigidos por el despótico e inexorable teniente Morejón, con la cara roja de ira gritaba estridentemente ¡Arriba, cojones! Hacia la laguna del otro lado de la cerca, entre culatazos, empellones y pinchazos lanzados, brincamos la cerca de púas y caíamos sembrados en la espesa materia. Entonces nos dábamos cuenta que estábamos dentro de La Mojonera. El edecán Morejón, como urraca de ultratumba, no cejaba de graznar: ¡A sacar toda la hierba y el macío de la laguna, cojones! No se podía parar de desepar aquellos pesados plantados embebidos. El ladino oficial comenzó a entonar otro macabro estribillo: ¡El que pare de trabajar le disparan! La oir la orden, los esbirros que orlaban el podrido pantano, rastrillaban sus rifles e improvisaban un discorde coro de amenazas y ofensas contra nosotros. Las plantas se arrastraban hasta la orilla colocándolas con las raíces para arriba. En ese instante no se podía perder de vista al guardia, que presto corría a pegar con cualquier arma, balbuceando agresivo: ¡Pa' dentro del charco, cojones! En ocasiones algunos muy agotados se sujetaban de la cerca, rápidos eran agredidos por el verdugo que lanzaba su fusil embayonetado tratando de herir. El fondo del lodazar era quebrado, con sus altos y bajos, por tal causa, de súbito nos hundíamos, teníamos que estar atentos todos entre sí para, en ese caso, formar raudos una cadena de brazos con brazos, para halar hacia nosotros al hundido. Bregamos en esas condiciones desde la una de la tarde hasta que el reflejo rosado del ocaso languideció su bello matiz en el horizonte. Las vendas ya no existían sobre las heridas; ahora eran parte de la miasma. Hubo casos que la sangre de las heridas nuevas cruzó negriroja por sobre las heridas viejas y uno inmerso e impregnado de las más añejas e infectas bacterias. La noche y nosotros teníamos un símil color, nuestro pelo era una cochambre negra, lo mismo nuestra cara, manos y ropa, mas la peste que emanábamos era desagradable, un híbrido de berenchín de chivo con apargata gallega. No queja, no dolor, no clemencia, todos como un haz de conciencia por la razón y la justicia. Exánimes, lerdos, hermanados por el martirologio y exacta conducta, entramos en nuestro enrejado hogar, la Circular Uno. Innumerables presos descendieron a la planta baja para brindarnos ayuda. Uno de los meramente sucio le dijo al que le asistía: "ten cuidado no te embarres, huelo a vaho de fosa". Recibió esta respuesta: "Será para ti, para mí eres lo más fragante, hueles a dignidad". Hoy han decursado décadas, desde el fin del tétrico calvario, donde extinguimos años de juventud y vida esclavizados en aras de una lucha justa y humana; y al vernos en ocasiones, ya canosos, arrugados y muchos ventrudos, nos abrazamos como hermanos y sentimos una sonrisa en el alma, es el consuelo feliz de sabernos triunfadores, que no fue en vano. Así es, la historia actual indica el declinar vertiginoso de la doctrina marxista-comunista, textimonio real de nuestra razón. Aunque el dictador más déspota y mafioso de los americanos se ha desplomado en fragmentos, él está conciente que el mundo ya no es esponja de mentiras, de hechos criminales justificados, de prensa censurada, culto a la personalidad, etc. Democracia es el estandarte político más prometedor para el mundo. Las doctrinas totalitarias comunista, etc., son un matungo de la historia al borde de la tumba. Fermín
Menalio Amador Chamizo |
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Tomado del libro XXX Aniversario de la Clausura del Presidio de Islas de Pinos |