Testimonios
La Pacífica
Raúl Pérez
Coloma
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Antes de comenzar el relato que se me ha asignado, quiero hacerles saber que cuando entre nosotros hablamos de hechos ocurridos durante nuestra reclusión, lo hacemos en forma genérica. ¿Recuerdas la golpiza tal o más cual?... ¿recuerdas el día en que pasó esto o aquello?... ¿te acuerdas del cabo fulano?... Una sonrisa y... sí hombre... por cierto que allí estaba Juan o Pedro u otro... Así contestamos al que nos recordó el suceso para, en nuestro lenguaje, hacerle saber que de todo nos acordamos y más nada... si acaso agregamos lo que le pasó ese día a tal o cual... y nos reímos. |
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¡Que mecanismo de defensa! Gracias a ello podemos hablar horas y horas y entendernos y pasarla bien. No nos adentramos en minuciosidades que nos puedan trasladar a aquellos momentos interminables llenos de desesperación e impotencia sin límites. Creo que aquí está la clave del por qué no odiamos, sin haber perdonado. Hoy estoy sentado ante este papel, para relatar mis experiencias sobre aquella famosa requisa que para nosotros y nuestros familiares tomó el nombre de "La Pacífica". Los recuerdos, todos tristes, se agolpan en mi cabeza sin poder evitar que unas cuantas lágrimas broten de mis ojos; por eso trataré de introducir algún pasaje cómico durante mi relato. Quiero también en este momento hacer patente el profundo respeto que siento por todos y cada uno de mis compañeros que sufrieron aquel horrible presidio (los que lo hicieron bien y los que lo hicieron mal) pues todos en algún momento supieron tener una verdadera actitud valiente si no heroica, excluyendo a aquellos miserables, cuya misión de informantes los hace execrables ante los ojos de todo ser bien nacido. Pasaré ahora a relatar los hechos: El día 9 de septiembre de 1962, sobre la 1:00 de la tarde, terminaba la visita mensual que correspondía a la Circular 2, quedando ya solamente en aquel cuadrado rodeado de malla peerles, que nosotros llamábamos El Corral, los presos y la guarnición, que ya se aprestaban a sacarlos del lugar en el debido orden, previo registro. No puedo recordar la razón por la que de repente comenzaron a golpear brutalmente a Angel Alfonso (La Cota) y con ello los guardias rápidamente a empujar, gritar y amenazar a los presos para apurarlos a entrar en la Circular.. Fue una más de las tantas golpizas que frecuentemente nos daban en grupo, sólo que esta vez era a un solo hombre y estaba siendo presenciada por toda una Circular y parte de otra, por lo que comenzamos a gritar de todo a la guarnición. "La Cota", y no recuerdo si dos o tres más, fueron conducidos al pabellón de castigo, como es natural a golpes, mientras los ánimos se fueron alterando más y más en todas las Circulares hasta llegar a declararnos en huelga. Comenzando ese día y continuando con el siguiente día 10, en la Circular #1, en que yo me encontraba, el estado anímico continuaba caldeándose más y más y a sabiendas de que la guarnición trataría de someternos por la fuerza todos nos preparábamos para enfrentarlos en el momento en que se decidieran a entrar. Sabíamos que llevábamos siempre la de perder, así es que comenzamos a organizarnos para atender a nuestros posibles heridos. Esperábamos una reacción tan virulenta, que se subieron cuatro tanques de 55 galones al sexto piso, con idea de dejárselos caer a la guarnición cuando penetraran en la Circular y dar comienzo así a una batalla de hordas del medioevo contra un ejército moderno bien armado. Todo aquel día y la noche fue de constante y febril actividad, haciendo cuchillos y espadas de pedazos de hierro, haciendo vendas de sábanas, destilando agua los médicos para atender los casos que se presentaran, acopiando toda clase de medicamentos que se conseguía, preparando escudos, etc, etc. No recuerdo a nadie mediando por la cordura; había sido tan brutal la golpiza que habíamos presenciado que estábamos terriblemente enardecidos. Recordemos que estábamos en 1962., aún no teníamos ni idea de que con los comunistas la crueldad no conocía límites. Aún nos faltaba por transitar un calvario de 5 años más en aquella Isla del Diablo y para muchos otros tres o cuatro lustros más de sufrimiento extras. Si algo he aprendido de los comunistas es que en muy raras oportunidades reaccionan de inmediato, siendo dueños del tiempo esperan a que la razón de los que están alterados tome su nivel y es entonces cuando acometen de la misma forma con que se ataca hasta matar a una hormiga con un cañón de 30 mms. Poco a poco, y cansados todos, nos fuimos retirando a nuestras celdas para dormir, dejando como es natural centinelas para que no nos sorprendieran. Al amanecer, éstos nos despertaron con la noticia de que estábamos rodeados. Aquello no era nuevo, lo que sí era nuevo era que todo el terreno que ocupaba el presidio parecía una nata verde y que cuatro tanques rusos, Estrella Roja, estaban emplazados, uno frente a cada una de las circulares, así como varios nidos de ametra- lladoras. Sobre las 7 u 8 de la mañana, el Jefe de Orden Interior, un sargento de apellido González y a quien nosotros llamábamos Pomponio, por su parecido al personaje de los muñequitos, pidió hablar con nosotros. Así fue como Pomponio entró en la Circular, para decirnos que sentían lo que había sucedido, que todo iba a arreglarse, pero que para evitar males mayores necesitaban hacer una requisa que sería totalmente pacífica, por lo que todo el mundo debería prepararse para bajar ordenadamente a la planta baja. Todo lo cual se aceptó de nuestra parte. Unos diez minutos después entró la guarnición armada normalmente y situándose estratégicamente dieron la orden de bajar a la planta baja con la ropa en la mano, o sea, completamente desnudos. Aquí el factor sorpresa, nadie pensó que las cosas iban a suceder así. En la medida en que íbamos llegando a la planta baja se nos iba situando contra la pared del fondo de la circular, entre las dos escaleras posteriores de acceso a dicha planta baja, uno al lado del otro hasta completar una primera fila, y después una segunda y así sucesivamente llegando a un total de unas 10 filas aproximadamente. Yo caí en la última fila, más o menos al centro. Cuando ya todos estábamos situados entró el resto de la guarnición con la bayoneta calada en sus rifles, comenzando a gritar que nos apretásemos contra la pared, gritos naturalmente acompañados de los empujones reglamentarios, mientras los que estaban en las filas delanteras protestaban, pueden imaginarse por qué. Mientras ésto sucedía, otro grupo de "bocucos", que así llamábamos a esos extraños seres orientales, casi todos indiados, su- bían a los pisos para requisar las celdas. Los distintos objetos comenzaron a caer sobre nuestras cabezas. En algunos casos haciéndonos daño. Y si alguno se quejaba, era sacado del grupo, golpeado y haciendo que se acostara boca abajo en el sucio suelo de la planta baja. Yo fui uno de los que fui a parar acostado en el suelo. Veremos por qué. Desde el comienzo de la requisa, la presión que se ejerció sobre todos nosotros fue tan grande y sostenida que hubo quien se desmayó y entre ellos uno que estaba a mi lado, cuyo nombre me reservo, pues ya falleció. Este hombre cayó al suelo y fue arrastrado por los pies unos cinco o seis metros, pero como echaba espuma por la boca, pidieron que saliera un médico para atenderlo y al que le dieron un estetoscopio... Muy dignamente, el desnudo médico se colocó el estetoscopio y se dispuso a auscultar al paciente. Mi desgracia comenzó cuando miré hacia lo que estaba pasando y pude ver a aquel respetable doctor inclinado sobre el enfermo mientras sus testículos se bamboleaban de un lado para el otro. No pude sostener la risa y eso me costó un bayonetazo en la cabeza y varios por la espalda, y hasta más abajo, mientras me mandaban a acostar boca abajo en el suelo. Desafortunadamente la tarde anterior habían enviado dulce de naranja para la comida, y como con todos los problemas habidos el piso no se había limpiado; en el mismo quedaban restos del dulce que al despachar se había caído formando una pegajosa capa de sirope. Cuando quedé acostado y advertido de no levantar la cabeza so pena de golpes, por un momento respiré profundo y pensé que quizás la pasaría mejor allí, y así hubiera sido si no hubieran aparecido un grupo de moscas que ya deben de imaginarse por donde se les ocurrió caminar, pues, para más desgracia, mi primer contacto con aquel piso fue con las sentaderas. Así fue que todo el tiempo me lo pasé tratando de hacer como las vacas y los caballos cuando se quieren quitar los insectos que posados encima de ellos les molestan y todo lo tenía que hacer con mucho cuidado, pues debido a estos movimientos, de vez en cuando me sonaban un bayonetazo a modo de recordatorio. Así estuvimos desde las 8 de la mañana del día 11 hasta las 8 de la mañana del día 12. Todos en la posición que nos asignaron, bajo una constante presión y un inmenso cansancio. Finalmente sentimos cómo ya estaban sacando de la Circular todo cuanto habían tirado desde las celdas a la planta baja. Ya casi finalizada esta operación apareció ante nosotros la Dirección completa del penal, más el jefe territorial de la Isla, creo que le decían Barba Roja. Este fue el primero que se dirigió a nosotros haciéndonos saber de lo que serían capaces de hacer en lo sucesivo si tales cosas se repitieran. Después tomó la palabra el Jefe del Penal, un tal Julio Tarrau, de triste recordación, reafirmando lo dicho por el tal Barba Roja y finalmente el Jefe de Orden Interior, el Sr. Pomponio, puso la nota cómica diciendo: "Y no quiero que me griten más tarrudo, ni que a Naranjito le digan que la mujer le pega los tarros. Sintióse una risotada colectiva que ayudó a bajar la tensión. Finalmente la guarnición se fue retirando poco a poco hasta dejarnos solos y así poder movernos y subir a revisar qué había quedado en nuestras celdas. Pudimos constatar entonces que todas las celdas estaban totalmente vacías. No habían dejado absolutamente nada. Caprichosamente sólo se había salvado un pomo obscuro de un reconstituyente que me había mandado mi familia y cuya posesión me hizo rico en medio de aquel desastre, pues era el único en los 1,200 hombres que allí había que poseía un pomo para guardar un poco de agua. Cuando dije que no habían dejado "absolutamente nada" puede tomarse al pie de la letra. Los "aviones" donde dormíamos, las repisas, las cucharas, los jarros, la ropa, las tohallas, las sábanas, en fin; todo, absolutamente todo. Solamente hallamos más suciedad de la que habíamos dejado. Un rato más tarde tiraron para dentro de la Circular un fardo de ropa sucia para que nos la repartiéramos como pudiéramos y así podernos vestir. Debo hacer constar aquí que sólo esa muda de ropa tuve el resto del tiempo que en la Isla estuve. Finalmente, y para terminar, debo aclarar que el día 11 de septiembre sufrieron esa misma requisa las Circulares 1 y 2 y el día 12 la 3 y la 4. A 35 años de aquella requisa sólo quiero recordar al médico que en cueros auscultaba al paciente y a las moscas posadas en mi; per sécula seculorum. Amén. Raúl Pérez
Coloma |
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Tomado del libro XXX Aniversario de la Clausura del Presidio de Islas de Pinos |