Testimonios

Requisa
Guillermo Estévez

"¡Requisa! ¡Requisa!" gritaban nuestras postas. "¡Requisa! Requisa!" gritaba todo el mundo. Ese sonido espantoso e indescriptible al que tanto consciente o inconscientemente se le temía, podía retumbar en medio de la oscuridad de una madrugada cualquiera entre los años 1959 y 1967 en uno y otro de los edificios y circulares de la Siberia del Caribe. Ese sonido que helaba la sangre y hacía al corazón latir más rápido resonó una vez más en la Circular No. 1 del famoso Presidio Modelo de Isla de Pinos.

Las requisas eran una de las armas más criminales con las que el régimen comunista humillaba y hería al Presidio Político Cubano. La razón fundamental sicológica de las requisas dentro de la ideología Marxista-Leninista de acuerdo a Lenin y al pedagogo Anton Makarenko, era intentar quebrarnos mentalmente. En otras palabras, que rompiéramos con nuestros ideales y deberes cívicos y nuestros principios políticos, económicos, morales y espirituales.

Cómo se aplicaba esta teoría? Qué eran las requisas en la Siberia cubana? En mi opinión la ejecución de las requisas de acuerdo a la filosofía comunista (marxista-Leninista-Stalinista) en Isla de Pinos era una "tragicomedia en 5 Actos." Los carceleros estaban bien entrenados en buscar, registrar y destruir las posesiones más insignificantes que pudiera tener un preso. Los carceleros tenían que romper o quemar los libros que de contrabando habíamos entrado en las celdas; tenían que encontrar el radiecito de piedra galena ("El Perico," como le llamábamos) que nos mantenía con algún contacto con el mundo civilizado exterior; tenían que pisotear y romper una carta o una foto de la madre, de hermanos, de novia o de hijos que se había entrado subrepticiamente; tenían que echar fuera de la celda todas nuestras pequeñas pertenencias (un calzoncillo roto, una camiseta llena de huecos, un pantalón deshilachado). Después quedaban todas nuestras cosas tiradas en el patio central o planta baja. Nuestras pocas cosas, todas rasgadas, pisoteadas por las botas llenas de fango de los carceleros. Si el preso tenía la suerte de poseer un poquito de gofio o de azúcar parda guardada como oro, esto aparecía esparcido en la lona del "avión" (cama llena de chinchas), en el suelo y entre los restos de las vestimentas. Era una labor de días el recuperar los vestigios de lo que había sido uno.

Los carceleros preferían entrar silenciosamente buscando el factor sorpresa para que no nos diera tiempo ni a guardar ni a esconder nada, ni siquiera a despertarnos. Una vez dentro gritaban, aullaban, atemorizaban, blasfemaban y pegaban con sus bayonetas, machetes, palos o cables. Golpeaban sin piedad, sin miramiento de edad o enfermedad o imposibilidad de caminar o de correr. Todos éramos iguales. Ni importaba sin algún preso fuera viejo, cojo o tuerto. Eramos tratados como un rebaño, pero no de ovejas, sino un rebaño de fieras.

Para tratar de evitar que nos sorprendieran totalmente, nosotros empezamos a mantener a alrededor de 6 presos de guardia toda la noche en turnos de 2 horas en cada uno de los cinco pisos de las Circulares. Ellos vigilaban hacia afuera a través de los barrotes de las ventanas de las celdas. Eran ellos, nuestros compañeros, los primeros en dar el espantoso grito de "¡Requisa!"

El área del Presidio estaba formada por un gigantesco rectángulo rodeado de una doble cerca con una garita cada 50 metros. A lo largo de la parte este del exterior de la cerca corría una enorme zanja ("La Mojonera") que llevaba al mar el orine y excremento de alrededor de ocho mil presos y de la guarnición. Al entrar al Presidio, había una calle que tenía a derecha e izquierda dos edificios rectangulares de 5 pisos cada uno. Separados de ellos por el espacio de una calle, estaban la Circular 1 y Circular 2, también de cinco pisos. Mas adelante otra Circular, mayor que las anteriores, en el medio, era el comedor. Seguían otras dos circulares y después dos enormes edificios cuadrados de una planta que eran la morgue y el pabellón de celdas de castigo, almacenes y enfermería. Un nuevo edificio de celdas de castigo de la Circular 1 y Circular 2 se erigieron los famosos "corrales", espacios aproximadamente de una manzana al aire libre delimitados con cercas tipo "Peerles".

Por múltiples razones, antes, durante o después de las requisas, a muchos de nosotros se nos llevaba a los pabellones o celdas de castigo. Podía haber sido por tener unas cartas, unos diarios o unos libros prohibidos, por tener "objetos no autorizados", por enfrentamiento con los abusivos carceleros o por cualquier razón elucubraba por estos asesinos. En el edificio antiguo de castigo, las celdas estaban hechas de barrotes y con malla de hierro como techo. Los encargados de cuidar, limpiar y vigilar eran los presos comunes Butanga, Pata'e Plancha, Pica Pica, Nieves, el Chino Varona y otros. Butanga, con dos asesinatos confesos, era eufemísticamente el "menos asesino". Estos comunes con palos, barras de hierro y machetes, golpeaban los barrotes y hacían ruido a todas horas; amenazaban, blasfemaban y por la noche, tiraban cubos de agua fría dentro de las celdas. En el edificio nuevo de castigo, las celdas eran más pequeñas y tapiadas.

Primer acto de la tragicomedia de requisa: El arribo

Después de los gritos de alerta de nuestros vigías, la guarnición irrumpía a la Circular con un vocerío tremendo. Gritos soeces, malas palabras. Los carceleros se distribuían por piso yendo de celda en celda sacando a todo el mundo a golpes. Las puertas de las celdas daban al interior de la circular, a un pasillo de menos de un metro de ancho con pasamanos de tubos que bordeaba al patio central. La estrechez de los pasillos y las escaleras solo permitían la bajada de los cuerpos de uno en uno, en fila india. Necesariamente había aglomeración al tratar cientos de hombres de bajar al mismo tiempo. Los carceleros venían detrás golpeándonos con las bayonetas, los machetes, los palos y los cables. Los que se rezagaban, los últimos en bajar en cada piso, recibían la tanda de golpes más grande. Algunos, envueltos en pánico, con miedo al filo de las bayonetas y machetes, preferían evitar las escaleras y se desprendían por los aleros, bajando de piso en piso. Esa acción era extremadamente peligrosa porque un resbalón o un empujón significaba una caída de varios pisos de altura. Nos bayoneteaban por la espalda, piernas, cabeza. En un infierno dantesco, los aullidos amenazantes de los carceleros y los gritos de dolor de los golpeados con los cuerpos maquillados de hilos de sangre, se mezclaban con el sonido seco, grotesco pero rítmico de las hojas de bayoneta, machetes, y palos pegándole a las carnes, cabezas y espaldas de los presos. Esta música de fondo, como el compás cadencioso de una marcha de espanto, retumbaba en toda la circular. Eran más de cien hombres tirando machetazos y bayonetazos continuamente haciendo siempre blanco, produciendo heridas, laceraciones y hematomas.

Segundo acto de la tragicomedia de requisa: La bajada

Al bajar, ya cuando salíamos al espacio de entrada y salida de la circular, teníamos que quitamos la vestimenta. Ahí, otro grupo de carceleros nos rodeaba y nos arrebataban la ropa. Cuerpos completamente desnudos tenían que salir corriendo hacia los corrales, a unos 100 metros de las circulares. Corríamos atravesando dos hileras de carceleros separados alrededor de metro y medio de lado y lo mismo de frente, o sea, espacio suficiente para que ellos mismos no se pegaran. Por ese túnel de filo de bayonetas y machetes teníamos que atravesar recibiendo planazos en cualquier parte del cuerpo hasta llegar a los corrales.

Tercer acto de la tragicomedia de requisa: La espera

Se abre el telón y se ven a los actores en los corrales sin ropa, sin agua, sin sombra, al aire libre, golpeados. ahí pasábamos desde la madrugada hasta el atardecer o anochecer. El sol quemaba implacable nuestra piel. La garganta reseca y deshidratada encogía nuestras cuerdas vocales. "¡Agua!" "¡Agua!", gritaban algunos y ellos (los carceleros) se reían o nos gritaban y ofendían. Nuestras entrañas crujían; las tripas se rebelaban. Eran las 4 de la tarde y en los días de requisa no habíamos "desayunado" nuestro consabido mitad de jarro con agua con azúcar, ni nuestro mendrugo de pan. Tampoco habíamos almorzado el consabido "sopón" (un caldo aguado llamado por nosotros "La Boba"), o su variante, el poquito de macarrones blancos como la leche, sin sal, sin especias, sin salsa de tomate... puro macarrón hervido! Por lo menos con el "desayuno" y el "almuerzo" hubiéramos calmado un poco la sed y el crujir de los estómagos.

En los corrales nos dedicábamos a conversar, a hacer anécdotas de como se había escapado de un golpe en la cabeza, pero se habían recibido varios en la espalda; de cuantos golpes se habían recibido; de que si esta requisa había sido mejor o peor que la última. Todos tratábamos de distraer la mente, de usar la magia y fantasía del pensamiento, de navegar en la maravillosa nave del pasado, olvidando el presente y más que nada, tratando de no pensar en el futuro cercano (el regreso a la Circular).

Los temas de conversación eran tan variados como variado era el grupo humano que constituía el Presidio Político Cubano. Constituido por todos los matices del color de la piel cubana, acercaba y abarcaba a intelectuales, profesionales, científicos, escritores, sacerdotes, reverendos de las distintas iglesias protestantes, santeros, espiritistas, ateos, comerciantes grandes y pequeños. La gran masa, la gran mayoría estaba formada por simples y honestos obreros y campesinos. Podíamos oír las aventuras de un profesional conspirado en la capital y las increíbles odiseas de un campesino alzado en las montañas, integrando guerrillas anticomunistas. Era un caleidoscopio de un valor indescriptible. ¡Oh valor! Cuánta muestra de valor derrochado anónimamente en el Presidio Político Cubano! Tenemos el deber de contarlo. Son muchas y muchas las historias que se deben pregonar a los cuatro vientos.

Después del mediodía, los temas giraban por lo regular; a lo mismo: la comida. No hay nada que haga recordar mejor los detalles de una comida favorita que el hambre. Cuando se tiene hambre, el tema predilecto es hablar de comida.

Hay que recordar que todos estábamos desnudos, tratábamos de hacer gala de la más suprema indiferencia a lo que nos rodeaba. Por allá un poeta tenía el valor de recitar de memoria una de sus poesías. Por acá, un artista improvisado entonaba una canción. Las horas pasaban, el sol picaba y la sed apretaba. Alguien de pronto se levanta del suelo como un resorte y da un grito. Todos miran. ¿Qué pasara? ¿Había sido quebrado por el maltrato? No. Se sacude las nalgas y el escroto. Dice varios improperios y malas palabras al viento. ¡Se ha sentado sobre un hormiguero!

Cuarto acto de la tragicomedia de requisa: El regreso

El regreso a la Circular era otra repetición del túnel tenebroso. Estaban otra vez las dos hileras de macheteros y bayoneteros enarbolando sus armas y haciéndolas caer en nuestras carnes. Otra vez tenemos que emprender la loca carrera tratando de evitar los golpes. El infeliz, el pobre que se sentía cansado, el que no podía correr... a ese lo vapuleaban. Nosotros, a veces, agarrábamos a uno y lo hallábamos por los brazos o por el pelo para tratar que no le dieran, o que le dieran menos. Eso significaba pararse en la carrera y el precio de ayudar a un hermano enfermo o débil nos costaba unos bayonetazos más.

Quinto acto de la tragicomedia de requisa: El hallazgo

Al llegar a la Circular encontrábamos que la planta baja era un basurero donde todo estaba amontonado en el piso: las lonas de los aviones (camas), calzoncillos, platos, cucharas, chancletas... todas las pertenencias de más de 1300 hombres revueltas, mezcladas, enfangadas, mojadas. Nuestras celdas sin nada; algunas tan limpias que hasta los aviones habían sido tirados para la planta baja. Muy poquitas cosas teníamos antes; ahora nada teníamos: ni la cuchara, ni el jarro.

La razón de este acto final de la requisa era provocar reyertas entre nosotros mismos después que la guarnición se retirara. Había que encontrar un calzoncillo blanco entre cientos de calzoncillos blancos; un short amarillo entre cientos iguales; un pantalón zurcido entre docenas iguales; un jarro, cuchara o plato de aluminio entre cientos, todos iguales.

Algunos decían no recoger los guiñapos de ropa que quedaban. Otros, por no encontrar lo suyo, se pasaban días sin nada. ¡Oh Dios mio! ¡Qué sentimiento de impotencia corría por mis venas al contemplar la absurda escena al concluir una requisa!

Esta tragicomedia en cinco actos, con actores maquillados con el rojo de su sangre, el azul de sus hematomas, resaltado por rasgos deformes de heridas abiertas fue representada muchas, pero muchas veces. Sin embargo, en lugar de quebrantarme, el proceso me aumentaba más la IRA. En Isla de Pinos, el ideólogo Makarenko y el sistema, con sus requisas fallaron.

El humilde y generoso valor empapado en sangre, mojado en sudor, callado en sufrimiento, flagelado en dolor, mantenido en soledad sin que el mundo lo quisiera saber, sin que nadie nos escuchara, sorprendió, enfureció y derrotó al enemigo. Ese enemigo, que todavía reina en Cuba, fue el que mantuvo ese infame e inhumano micromundo de brutalidades, de horrores y atrocidades en nombre de la diabólica, injusta y maldita utopía socialista, Marxista-Leninista (el comunismo) que ha costado al mundo mas de 120 millones de seres humanos asesinados desde 1917 hasta el presente.

En estrecha colaboración con organizaciones, grupos, organismos gubernamentales, personalidades, y personas motivadas por las violaciones de derechos humanos alrededor del mundo, Cuba y su sistema de gobierno han sido encontrados violadores de los derechos humanos en el foro internacional más alto en esa materia: La Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, Suiza.

Nosotros, que por décadas vimos y sufrimos como la ONU selectivamente aplicaba la Carta Universal de los Derechos Humanos y no encontraba violadores a los sistemas socialistas de corte comunista, ahora hemos visto con penosa alegría el tremendo impacto que entre otras víctimas cubanas nuestra presencia produjo y produce en el hemiciclo y pasillos del Palacio de Naciones de la ONU en Ginebra. Nosotros, los Presos Políticos de Isla de Pinos, veteranos de las requisas, hemos contribuido tremendamente a despojar la ceguera selectiva de este organismo internacional.

Somos otra vez parte de ese triunfo, nosotros, los veteranos de Isla de Pinos, los veteranos víctimas de esas crueles batallas llamadas REQUISAS.

Como testigos, denunciadores, acusadores desde antes de 1991 (año de la primera resolución contra el sistema cubano) al presente, podemos decir que hemos sido parte positiva, como miembros proponentes y ejecutores de testimonios, trabajos, presentaciones, y denuncias de las violaciones de derechos humanos que recogen nombres, fechas y lugares de golpizas, torturas y muertos en Isla de Pinos y otros sitios. Nosotros, a 30 años del cierre y de las últimas requisas, volvemos a ser parte del triunfo, y testigos de la furia y de la derrota de la revolución socialista cubana de corte comunista en la ONU (68/91; 61/92; 63/93; 71/94; 66/95 y 69/96). Por esto, entre otras, la historia "no lo absolverá". Siempre lo condenara; la historia pasada, presente y futura de Cuba ya no se podrá escribir sin los presos políticos participantes de las requisas de Isla de Pinos. Somos faros y guías.

Nosotros, sin odio, sin rencores aspiramos a una Cuba con todos y para el bien de todos.

Guillermo Estévez

Tomado del libro XXX Aniversario de la Clausura del Presidio de Islas de Pinos