Las noticias que sobrepasan las alambradas de las cárceles cubanas son como la parte visible del iceberg: bajo ella se oculta la mayoría de las torturas y tratos crueles que los funcionarios del Ministerio del Interior infligen a los reclusos.

Los prisioneros cubanos no tienen cómo establecer efectivamente quejas ni entablar demandas contra los funcionarios que los maltratan ni pueden denunciarlos a los medios de prensa, porque en Cuba los tribunales no son ni independientes ni imparciales, y la prensa es controlada por el Estado.

Los reclusos cubanos sufren... pero unos callan por miedo a represalias, y otros porque no tienen cómo expresarse libremente.

Ellos reciben visitas familiares de una o dos horas de duración cada 30 ó 45 días, según el régimen en que los confinen. Se les prohíbe tener radioreceptores. No reciben diarios ni revistas. Su correspondencia es irregular y excesivamente controlada.

Nadie, ni los relatores especiales de la ONU, ha podido comprobar en qué situación malviven los presos cubanos. Sólo pequeñas notas, escritas generalmente por los prisioneros políticos, informan qué sucede dentro de estos campos de concentración.

Estas denuncias mal redactadas y de letra casi microscópica -llamadas "balas" en el argot carcelario cubano- pasan de mano en mano, burlan la férrea vigilancia de los funcionarios del Ministerio de Interior, recorren cientos de kilómetros, y son recibidas por activistas de derechos humanos o periodistas independientes, que las divulgan, so pena de cárcel por diversos medios de prensa ubicados en el exterior del país.

El impacto de estas "balas" sin pólvora ni plomo es de gran magnitud, pero el gobierno de Fidel Castro en vez de abrir las cárceles al escrutinio de la opinión pública nacional e internacional, huye del asunto y se atrinchera tras las excusas más increíbles. Pero el tiempo del silencio terminó... el gobierno no ha podido evitar que siga saliendo información de las cárceles clandestinamente, y al menos se avizora una parte del iceberg.