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La última tarde de un fabulador

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) - La tarde en que Rafael Acosta cortó con su navaja la mejilla enjabonada de Pelusa se acabaron las tertulias en la barbería. De nada sirvió que achacara el desliz al pasa pasa de los clientes, a la piedra que calzaba el sillón, ni al susto que le dio Quiqui el gallego al anunciar que a Niña tripita le había dado un infarto.

Por el rasguño del Pelusa se fueron las ocurrencias de un hombre que, según afirmaba, fue explorador, mago, marinero, entre otros cien oficios, y estuvo prisionero durante el gobierno de Gerardo Machado, cuando lo confundieron con un espía alemán.

El grupo que se colocaba alrededor del sillón, fijos los ojos en el  cabello blanco del barbero, el rítmico cojear de la pierna izquierda, la forma de mover los labios, y la dureza del rostro cuando alguien reía, se extinguió junto al sonido de las tijeras.

Nadie perdonó a Pelusa (dueño de todo lo que había en el salón) que trasladara la barbería hacia otro local, pues nunca volvió a ser aquel espacio mágico donde, entre la hilaridad y el desconcierto, escuchábamos las mil y una historias del fabulador.

Apretados sobre el marco  de la ventana, a veces los muchachos sustituíamos los juegos callejeros por los cuentos de Acosta.

“¿Ya les dije que Crescencio Pérez  me solicitó que escribiera la historia del tabaco en Cuba? ¿Y que decidí titularlo Nicotine Tabacum Amerique Latine?”. Y miraba los rostros aprobatorios sin detener el  chac-chac de sus tijeras.

-Nadie conoce como yo las causas del moho azul y la roya del tabaco. En mis vegas de Caibarién se daba la mejor hoja del mundo, casi del tamaño de una sábana, pero las abandoné para llevarme la mujer del alcalde. ¿Verdad, Nena?

Su esposa respondía desde la cocina:

-Sí, Rafael.

“Eran tiempos duros. Tan sólo por hablarme alto hacía un jibe a balazos de cualquiera. 

Pero cuando más seguidores le aparecían era con la literatura. Convertido en intérprete de lecturas y títulos de obras escuchadas por radio, siempre dejaba boquiabiertos a los parroquianos.

-¿Les hablé de la muchacha que convertí en  escritora junto a otros escribanos de mala puntería para las letras?

Y se tomaba un aire, asentaba la navaja en el cuero colgado del sillón, daba pasitos cortos y perdía la mirada  en las  vías del tren que se entrecruzaban a tres metros de su ventana

“Se llamaba Felipita Rodríguez. ¡Qué muchacha aquella! Era una flor. Lo único que apenas podía caminar por los juanetes, tenía un ojo atravesado y era de poco pelo y fuerte olor. ¡Pero como besaba esa condena!”.

Un suspiro hondo separaba cada evocación de la mujer antes de hablar de su obra predilecta:

-¿Alguno de los que viene aquí ha leído siquiera por casualidad algo sobre Juan Candela, El Cuentero? ¿No? Pues ese soy yo.

 Y de forma ritual, como cada tarde, se colocaba la tijera sobre el pecho y concluía:

 “Esa es mi historia, aunque contada por los hermanos Onelio y Jorge Cardoso, a quienes este humilde servidor abrió los caminos de la  literatura”.