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Una aclaración necesaria

Adrián Leiva

MIAMI, Florida, abril, (www.cubanet.org) -El compatriota Vicente Escobal brinda en un escrito sus puntos de vista sobre varios aspectos del artículo de mi autoría La prensa silenciosa, publicado en Cubanet. Luego de leer su trabajo, que estimo respetuoso, creo necesario aclarar algunos conceptos.

El objetivo principal del referido título era reflejar el exceso de politización que pesa sobre la problemática cubana en el periodismo de ambos lados del Estrecho de la Florida. Me sirven de fundamento más de cuatro décadas vividas dentro de Cuba y apenas dos años y medio de residencia en Miami. En la Isla esta situación no es extraña, debido a la ausencia de libertad de expresión que se disfruta en la otra parte. Sin embargo he podido corroborar que una democracia real no es inmune a la manipulación de noticias, tergiversaciones, omisiones y a la sobre dimensión de hechos sin relevancia en detrimento de otros que sí la tienen, y son simplemente acallados. La declaración de Costa Rica, motivo del tema, no es el único ejemplo.   

Las consideraciones sobre extraterritorialidad e injerencias externas, a las que se dirige la crítica de Escobal, forman parte de los postulados del documento suscrito en San José. Una vez aclarada la procedencia de las expresiones cuestionadas, asumo mi adhesión a ambos criterios, que considero justificados.   

El abogado cubano niega la existencia de leyes extra territoriales y focaliza el asunto de la intromisión en los hechos protagonizados por el castrismo durante años en la arena internacional.  Es imposible dejar de reconocer que desde el siglo XIX los Estados Unidos incurrieron en actos de esa índole, que incidieron primero en los esfuerzos independentistas de los cubanos y más tarde en la vida republicana. Esa realidad ha sido ampliamente descrita por historiadores norteamericanos. Los remanentes de esa práctica todavía flotan desfavorablemente sobre el panorama político de la nación caribeña.

Cada estado es soberano y decide con quien mantener relaciones. También se debe señalar que son los pueblos quienes deben escoger sus gobernantes. Es un atributo que no pertenece a ningún gobierno extranjero. Mucho menos conceder certificación de legitimidad al ejercicio de soberanía nacional de otros países. Este aspecto gravita en uno de sus acápites de la controversial ley conocida por el nombre de Helms-Burton, provocando el rechazo de reconocidos líderes de la disidencia interna, exiliados que luchan por la democratización de Cuba  y no pocos simpatizantes de esa causa dentro de Estados Unidos.

Si el gobierno norteamericano ha quedado solo en los foros de Naciones Unidas no se debe solamente al cabildeo realizado por la contra parte cubana entre sus simpatizantes dentro del organismo internacional. La política del embargo ha contribuido a ese voto solitario. Las restricciones, que jamás produjeron los resultados para las que fueron diseñadas, solo perjudicaron al pueblo cubano. A los que gobiernan en Cuba nunca les faltó nada. Por el contrario la estrategia ideada para liquidar al castrismo le sirvió a este como su mejor arma política. En el contexto interno le permitió justificar el desastre económico y en el externo lo erigió en doble pedestal de víctima y héroe frente a la agresión de la mayor potencia mundial.  El pragmatismo de las balotas electorales que otorga el sur de la Florida superó en importancia al que correspondía para  la concreción de una política eficaz y realista hacia la problemática que sufren los cubanos.

Nadie pone en duda el carácter ingerencista del sistema implantado por Fidel Castro. Pero hay que reconocer que si la Cuba castrista fue una pieza relevante en el escenario de la Guerra Fría, no lo fueron menos aquellos que hicieron su agosto de esa coyuntura. En cierta medida la postura de Castro fue una bendición para los halcones de la guerra que pudieron colocar sus mercancías mortíferas en el mercado continental. No solo ellos sacaron partido de la confrontación. Los aparatos militares de la región obtuvieron una jugosa tajada en la lucha contra el comunismo. Una vez más los perjudicados resultaron los pueblos. Este criterio es compartido por notables estadistas de los países que sufrieron la plaga de la guerra. Uno de ellos es el ex presidente salvadoreño Francisco Flores.  

No creo que ningún pueblo del mundo deba dar gracias al Creador por tener el triste privilegio de tener un exilio influyente. Por mucha honra y moral bien habida que este pueda atesorar, la condición de exiliado se traduce en desgarramiento, división de familia, nación y pueblo. Si por una parte el sistema cubano propició la separación de la familia cubana, resulta que ahora se suman a la tarea cierto tipo de patriotas, que en vez de hacer leyes que mejoren el nivel de vida de sus electores, promueven nuevos engendros legales en Tallahasse para buscar la imposición de más impuestos a las agencias de viajes para Cuba. Si esta maniobra llega a prosperar, repercutiría negativamente en los ya atropellados bolsillos del exilio trabajador, exprimido por las políticas erradas e injustas de ambas orillas.  

Atacando la unidad de la familia no puede lograrse la investidura de una democracia. Esta no se logra destruyendo las libertades ni se impone por decreto. La cultura democrática se consigue a través del ejercicio equilibrado de los derechos que garanticen el disfrute de las libertades públicas. Todavía nos queda a los cubanos recorrer un largo camino para llegar a esa meta. No será factible ni recomendable lograrla bajo anuencia de un congreso extranjero, por muy solidarias que sean sus intenciones. Tampoco es saludable acelerarla mediante métodos poco éticos, o descartando el escenario interno de la Isla y sus actores, que deben ser en definitiva los que decidan soberanamente el mejor camino a seguir.  

Agradezco a Vicente Escobal su crítica sincera y respetuosa. A pesar de tener puntos de vista discrepantes espero que ambos tengamos en común: la aspiración a una Cuba sustentada en libertad de expresión, soberanía, sentido humanista y defensa de los valores fundamentales de la sociedad, por encima de ideologías y políticas de ocasión.  

 

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