| ¡Ojo,
verdugos!
Jorge Olivera, Sindical Press
LA HABANA, Cuba, diciembre (www.cubanet.org) - La impunidad es frágil.
Cae, definitivamente, en el lazo de las circunstancias. Tiene el tiempo
contado aunque le atribuyan dotes emparentadas con la eternidad. El
poder le sirve de soporte y remanso, también de búnker
y armadura contra todas las armas posibles.
Es fácil, bajo la soberanía de la fuerza, convertir el
pelotón de fusilamiento en una fiesta, la tortura en una encantadora
diversión, las cárceles en sitios para domesticar los
desvaríos del pensamiento libre.
Todo es realizable, no hay obstrucciones dentro de las fronteras de
cualquier país donde el gobierno es un monopolio administrado
por gentes de pistolas en la cintura y voces que ordenan la muerte y
los suplicios.
Jefes y ejecutores ríen sus maldades, se regodean en sus prebendas,
disfrutan el último gemido del moribundo y el susurro de los
prisioneros mordidos por las humedades de la celda y las cavilaciones
en torno a una vida de perros por el hecho de contravenir los edictos
de la "realeza".
Cristino Nicolaides era uno de esos personajes de la corte. Un argentino
que formó parte de un gran equipo de destripadores y magos. Bastaba
una mirada, un gesto, quizás una lacónica expresión
verbal para que otra desaparición o martirio se perpetrasen.
Su tranquilidad se ha roto en un juicio en que resultó condenado
a 25 años de privación de libertad por delitos de lesa
humanidad cometidos durante la última dictadura militar (1976-83).
A 24 años de las tropelías le llega la factura a uno de
los jefes del ejército argentino. Su vida de abuelo se va a
bolina en un proceso judicial donde fueron sancionados otros compañeros
de aquella época marcada por el terror.
La justicia tarda, pero llega en su justo momento. El señor Nicolaides
pensó en que moriría en paz, libre de culpas, discretamente
escondido bajo el toldo de la indiferencia o la piedad de los familiares
de sus víctimas. Hoy es culpable frente a un jurado que determinó
imputaciones tales como, asociación ilícita, privación
ilegal de libertad, apremios y reducción a la servidumbre.
Puede que su ancianidad y los problemas de salud les protejan de ciertos
rigores inmanentes a la connotación de los delitos atribuidos
y pueda acceder a otras variantes menos severas. Habrá que ver
si le es posible adivinar el código de la suerte entre los miedos
y los achaques de la vejez.
En Cuba puede ser que se reedite un escenario similar de juicios y condenas
a quienes todavía actúan como si el país fuera
su patrimonio. La dictadura argentina apenas llegó a los 7 años
de duración. Por acá el pueblo soporta el rigor de un
régimen estalinista desde 1959. Así que los crímenes,
abusos y toda una estrategia basada en la anulación de la discrepancia
política por métodos que van de las presiones psicológicas
a la violencia física, alcanza cuotas inimaginables.
Preliminarmente, según investigadores de las secuelas del totalitarismo
insular, las muertes propiciadas por un clima de impunidad y empleo
de las más inverosímiles tácticas para eliminar
cualquier disensión, llega a los 5 dígitos. Eso sin contar
las decenas de miles de personas que han sufrido encarcelamiento, en
condiciones que nadie que las haya padecido puede imaginárselas
dado el carácter exterminador y exento del menor signo de racionalidad.
Fusilamientos, asesinatos extrajudiciales, suicidios en prisión,
palizas, amenazas, detenciones arbitrarias, ahogados en el mar a causa
de un escape inducido por el ambiente represivo, encarcelamientos injustos.
El sufrimiento y la muerte causados por la imposición de un modelo
político fundamentado en la ilegalización del debate,
la nulidad del pluralismo, la ausencia de libertades económicas,
entre otros derechos esenciales, tiene en Cuba sobradas credenciales
para figurar como uno de los peores récords en los últimos
50 años en la historia de la humanidad.
Harían falta gestos que pudieran tapar tan siquiera parte de
las graves trasgresiones perpetradas por el poder, contra el pueblo,
durante tanto tiempo. No sé quienes pagarán las culpas
delante de un tribunal y si habrá que esperar más de 20
años para ver una serie de réplicas de lo que ocurre hoy
en Argentina.
Lo que sí será imposible absolver a todos los asesinos.
Algunos terminarán sus días en el lugar hacia donde solían
enviar a sus oponentes. Por mí los culpables no tienen de qué
preocuparse. No acusaré a nadie. He aprendido a perdonar, a pesar
de que mi calvario aún no ha terminado. Lo peor para los que
siguen en función de sembrar el pánico a través
de la fuerza bruta, es que los miles de afectados no piensan como yo.
A su dolor exigirán una recompensa. Deberán contar con
todo el derecho para exigir justicia. Valga recordar que la impunidad
no es eterna.
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