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A diez años de una visita histórica

Miguel Saludes

MIAMI, Florida, enero (www.cubanet.org) -Tuve la suerte de llegar a Polonia apenas una semana antes que las volutas de humo blanco anunciaran al Cardenal Karol  Woitila  como nuevo Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Fue una experiencia inolvidable ver a sus compatriotas en las calles, orando, con la emoción incontenible de lágrimas y risas brotando de manera espontánea. No se explicaba esa reacción en un país supuestamente comunista y aliado de Moscú. Los sucesos por venir darían razones de aquel desborde de sentimientos contenidos por tanto tiempo. Pero el signo de cambio que traía Juan Pablo, con su carisma y don personal, trascendería las fronteras de su patria.  

Sus visitas a la tierra natal, ya como obispo de la Iglesia Universal, provocaron un movimiento inusitado dentro de los muros del Este. La profecía se cumplió diez años después. El Papa viajero dejó la misma impronta liberadora en numerosos rincones del mundo en los que estuvo. Cuba no quedó excluida de su itinerario misionero. Una visita prometida desde finales del ochenta, tardó en producirse casi una década. El sello de popularidad que ostentaba el Papa y los anhelos de la sociedad cubana en aquel momento, hacían inconveniente aquella estancia. Finalmente el Gobierno comunista consideró oportuno agasajar al Pastor. Tal vez pensaron que la edad avanzada y la evidente disminución de las capacidades del hombre enfermo, le harían menos peligroso.

En la isla caribeña el anuncio de su viaje fue suficiente para despertar alientos de esperanza. La bienvenida que identificó aquella peregrinación quedó ampliamente justificada. No eran palabras huecas para adornar un plegable o para remarcar la importancia del visitante. La gente esperaba ansiosa su llegada. Las expectativas eran muchas. No hubo, ni ha habido,  en todos estos años alguien que calara tan hondo en los corazones cubanos. Las primeras palabras pronunciadas a su arribo al aeropuerto José Martí en La Habana, quedaron para los anales de la nación. Por primera vez en cuarenta años el pueblo escucharía pronunciar abiertamente las palabras Dios, fe, amor y perdón.

Decirle a la gente que ellos eran protagonistas de su propia historia era frase fuerte. La persona individual recibía el mensaje de que solamente ella tenía en sus manos la responsabilidad de su futuro. Este no le correspondía a un gobierno, una ideología o la masa indeterminada. El Papa les dijo a los cubanos que cada uno tendría que hacer por si y para si lo que no podía seguir esperando de nadie. Les correspondía actuar en su condición de seres formados a imagen y semejanza del Creador, con libertad plena.

Cinco días, cuatro grandes misas, muchos encuentros repletos de mensajes y signos. La figura del anciano encorvado y de manos temblorosas, no provocó burla o rechazo. Menos aún lástima. Su autoridad digna, llena de sabiduría y respeto, solo despertaba admiración. Fue una lección de la potestad manifestada con amor, no con autoritarismo. La autoridad de un padre comprensivo que atiende a todos sus hijos por igual. Por eso cuando habló para los jóvenes, estos le acogieron como a uno de ellos. Así fue siempre, desde sus días de sacerdocio en Polonia, donde los estudiantes acudían a él en busca de consejo o para compartir un rato de deporte.
 
Los de Cuba fueron días inolvidables. Las experiencias abundaron. Por vez primera el escenario del Comandante era ocupado con éxito rotundo por un hombre vestido con hábitos religiosos. El estado frente a la Religión. Dos hombres muy diferentes signados por dos formas de poder: el político y el divino. La fuerza de la fe frente a la idea materialista. Dos interpretaciones de gobierno: servicio para los hombres y el servirse de los hombres. También dos maneras de enfrentar las adversidades del tiempo: la vejez y la enfermedad. El grito lanzado por uno y acogido por cientos puso en tensión los rostros de los anfitriones partidistas. La voz circuló como un ave agorera alrededor de sus cómodos puestos. El Papa libre nos quiere a todos libres.

Las anécdotas de aquella jornada son innumerables. El Sagrado Corazón de Jesús, arrancado de tantas casas por razones obvias, se levantó en apenas unas horas en la vía pública. Ahora la imagen enorme cubrió el frente de la Biblioteca Nacional. Los ojos de Jesús con su mirada profunda, sorprendieron a muchos transeúntes aquella mañana del 23 de enero. Allí estuvo apenas tres días. Uno lanzó una frase de indignación al ver la figura, pero la mayoría manifestaba otros sentimientos ante la estampa del Nazareno. Decían palabras llenas de dulzura o simplemente se persignaban sin ocultarse. Expresaban cosas hasta ese momento, inconfesables.

El Papa se fue. Puede pensarse que todo siguió igual con su partida. Al menos es lo que ha tratado de hacer ver el Gobierno cubano. No ocurrió así. Cierto que los planes de Dios no se plasman como los del hombre. Pero se asientan firme a su paso. Las transformaciones primero ocurren en el corazón. Y esos cambiaron mucho desde que por ellos pasó el Papa. A diez años de la memorable visita, la prensa oficial y los medios de comunicación al servicio del partido único, la ignoran. Ha sido una práctica constante, casi desde el mismo instante en que el avión de protocolo despegara de suelo cubano. Desde entonces no han faltado temas para tratar de velar los recuerdos que dejara Juan Pablo en Cuba. Pero en vano se empeñan los hombres cuando el Señor de la Historia es el que obra. La semilla que trajera en su nombre Juan Pablo II terminará por germinar en nuestra tierra cubana. El Papa sigue dando ánimo a  los sembradores.