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| Olimpiada frente a derechos nacionales Miguel Saludes MIAMI, Florida, abril, (www.cubanet.org) -La llama olímpica continua en marcha rumbo a Beijing. No consiguieron detenerla los incidentes que precedieron la ceremonia tradicional en Grecia ni las manifestaciones de los activistas pro tibetanos, quienes aprovecharon el recorrido de la tea para manifestar su rechazo hacia el anfitrión de los próximos juegos olímpicos. Semanas antes de que se efectuara el ritual en Atenas, centenares de personas protestaron de manera inusitada en las calles de Lhasa y otras ciudades de la extensa región asiática. La intervención de la policía y el ejército no pudo evitar el desborde de la ira contra los comercios chinos. El control creciente que ejercen los comerciantes de nacionalidad Han sirvió de pretexto para desatar la furia de los sometidos contra sus opresores. Los ecos del conflicto se expandieron por el mundo opacando el acto celebrado en la capital griega. Desde entonces cobra forma una sombra que se cierne sobre el buen desarrollo de las competiciones. No es la primera vez. Pasó en Moscú y en los Ángeles. Por poco ocurre en Seúl cuando sus vecinos del norte lanzaron una campaña seguida por muy pocos gobiernos, entre ellos el de Cuba. En esta ocasión las causas no hay que buscarlas en disputas entre bloques de poder o intrigas ideológicas. El mal está en el mismo tejido histórico de la nación que acoge las Olimpiadas. Frente a este interés mayoritario de deportistas y millones de personas que esperan disfrutar de la grandiosidad que prometen estos juegos, se levanta la problemática de pequeños grupos, muchas veces ignorados o minimizados por un mundo cada vez más indiferente ante cuestiones que afectan a colectivos minoritarios. Lo que es motivo de júbilo y festividad para muchos, carece de connotación para estas minorías marginadas, que solo ven el evento como un marco oportuno para hacer sentir sus demandas y aspiraciones. Algunos coinciden en señalar las demostraciones a favor del Tibet como un hecho desafortunado que empañan el futuro del movimiento olímpico. Los sentimientos encontrados que despierta la crisis suscitada, evidencian la conflictividad que representa apoyar la continuidad olímpica sin omitir realidades que atañen a determinadas comunidades. Algunos optan por el primer aspecto con menosprecio del segundo. Otros proponen boicots y gestos de presión. Dos posiciones poco constructivas que se sustentan en enfoques parciales divulgados en diversos medios de información. Fiel a su manera de presentar la problemática internacional según su conveniencia, la prensa cubana ofrece su visión particular sobre la región autónoma del Tibet. Esto no sería criticable si los cubanos tuvieran acceso a varios enfoques y no solamente al análisis oficial, único que se les ofrece. Según la versión cubana, todo ha sido producto de una conspiración obrada por líderes religiosos adeptos al Dalai Lama, potencias occidentales y como es de suponer George W. Bush a la cabeza de Estados Unidos. El objetivo de esta concertación sería frustrar las Olimpiadas del 2008. En su recuento histórico omiten como tras finalizar el dominio de varios intereses imperiales sobre el extenso territorio, le llegó el turno a la naciente República Popular China. La ocupación del Ejercito Popular en 1950 puso fin a una sociedad de corte feudal y a la independencia de un país. La justificación de esta “liberación pacífica” suena tan ridícula como el nombre dado a la escalada invasora. Resulta que aquel territorio, sumamente atrasado, ponía en peligro la existencia de la China maoísta. El empuje de las de las divisiones chinas apenas pudo ser contenido por un débil ejército feudal. Las llamadas reformas democráticas a lo Mao concluyeron con una espantosa masacre en 1959. Los beneficios de la transformación comunista enmascaraban el intento de eliminar todo vestigio de identidad, religión y soberanía de un pueblo que además, debía agradecer la bondad de sus ocupantes. Una vez más resulta difícil explicar que después de tantos logros y el consecuente progreso alcanzado bajo los auspicios del socialismo con rostro bueno, al estilo chino, un grupo de díscolos ciudadanos amenace con aguar la fiesta olímpica, con peticiones de independencia y libertad. La cruzada de desestabilización y descrédito contra China a la que hace referencia la prensa cubana se contradice con la realidad. Los grandes intereses han evitado poner en crisis al gigante, que ha demostrado no ser un tigre de papel. Tan fuerte se ha hecho que puede tenderle la mano a Estados Unidos en un momento negativo de su economía. Basta recordar que China fue sacada hace unos meses de la lista de países violadores de derechos humanos. Mientras Bush asegura su participación en la gala inaugural de los juegos, son los aspirantes demócratas a la Casa Blanca los que piden bloquear la cita. Hasta el Comité Olímpico internacional prefirió dar crédito a las promesas del gobierno chino sobre aperturas democráticas para concederles la sede. El Tibet no figuraba en el tablero. Las imágenes de una China cambiante recorren el mundo. Jóvenes interpretando rock, propagandas comerciales y una proyección que para nada recuerda los postulados del Gran Timonel, impactan a un mundo que quiere cambios. China parece ofrecerlos. Curiosamente en la cercana Taiwán las elecciones dieron el triunfo a los que apuestan por la integración continental. Con ello adquiere mayor fuerza el lema que distingue a la China moderna: un país y dos sistemas. En esa combinación no entra el Tibet. Por su parte el gobierno chino muestra la normalización de la vida en Lhasa. Las tomas fílmicas exhiben comercios llenos de productos y compradores. Parece que se quiere borrar el mal recuerdo de la ola de violencia. A los tibetanos solo les queda la posibilidad de un escenario irrepetible para hacerse escuchar. No les culpen por ello. Cuando se cierren las cortinas todo volverá a la calma. El Tibet seguirá siendo un lugar enigmático y lejano perdido tras el Himalaya.
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