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| Pastel de contrabando Tania Díaz Castro LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) - Ramoncito sintió miedo. Salir de una panadería con un pastel de cumpleaños a las doce de la noche no es nada fácil. -Pancho, necesito un pastel para mañana. Mi hija quiere celebrar su cumpleaños con unas amiguitas. Estoy desesperado. Sí, ya sé lo que vas a decirme, que en las tiendas de divisas hay, pero no tengo divisas, compadre. Pancho le puso una condición, porque “tú sabes, mulato, la cosa está bien mala”: Debía recoger el pastel a las doce de la noche. Antes, ni hablar. Ramoncito sabía lo que podía pasarle. Después de los ciclones Gustav e Ike los comerciantes furtivos no se atreven a vender nada, por eso no hay nada que comprar. La policía detiene a la gente que anda con bultos. Mucho peor sería que lo atraparan con un pastel de cumpleaños a esa hora. A las doce menos cinco Ramoncito se encaminó a la panadería. Antes de entrar miró a un lado y otro. Todo estaba tranquilo, no había moros en la costa. Ni policías ni custodios. Iba a entrar, pero un silbido lo detuvo. Era Pancho que, desde una ventana, le hacía señas con la mano para que retrocediera. Ramoncito sintió que lo clavaban en el piso como una estaca. Pensó en su hija, en la carita que pondría si no veía un pastel de cumpleaños al amanecer; en el reproche de su mujer: “Tú siempre con las mismas, prometes, prometes y nada”. Se sentó sobre una piedra. Desde allí sintió el olor de la masa, la mantequilla, el azúcar. Al poco rato se le acercó Pancho. En voz baja le dijo que los dirigentes de la empresa controlaban todo en la panadería desde las nueve de la noche. No había podido hacer el pastel. Ramoncito sintió que el cielo se desplomaba. Miró a los ojos de su amigo en busca de alguna esperanza. Este, con cara de entierro, sacó un cigarrillo y lo encendió. Mientras regresaba a su casa con las manos vacías maldijo al socialismo, a su país, a los dirigentes de la empresa; él, que había recuperado la fe en Dios unos meses atrás.
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