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| La representación de la torpeza José Antonio Fornaris, Cuba-Verdad LA HABANA, enero (www.cubanet.org) – De los muchos acosos de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) cometidos contra la integridad personal de detenidos o presos o contra personas que tienen el disfrute de todos los derechos constitucionales, todos conocen en Cuba. Pudiera narrar más de un caso del que he sido testigo involuntario de maltrato físico de la policía a algún ciudadano. En la casa que habito varias personas se han presentado a contar sobre la pésima actuación de la policía. Entre ellos un hombre que padece problemas psiquiátricos. Narró que tras sostener una discusión con un vecino, fue pateado por los policías dentro del jeep en el cual lo trasladaron detenido. Tenía certificados médicos que avalaban lo dicho. Otro caso, contado por la esposa, fue el de un joven que la policía fue a detener a su casa sin orden de arresto, porque presuntamente se relacionaba con matarifes clandestinos de ganado mayor, y fue físicamente maltratado delante de su hija de tres años, la que tuvo que ser sometida a tratamiento psicológico porque había quedado traumatizada por el trato que la policía dio a su padre. A todos siempre se les sugiere que presenten una queja formal ante la Fiscalía General de la República, porque aunque la Fiscalía no actúe como está obligada por la ley, al menos eso sirve como una prueba moral, y puede atenuar cualquier situación en que la policía trate de involucrarlas. Pero la torpeza de la policía, que la ha convertido en su máximo exponente o representación, es el accionar diario en las calles de las ciudades y pueblos. Es notoria la pésima actitud de la policía hacia los ciudadanos, sobre todo los jóvenes. En cualquier sitio de La Habana se puede observar a la policía exigiendo a los transeúntes el carné de identidad, haciéndoles registros, o hurgando en cualquier jaba o bolsa que transporten. Hace unos días, en horas de la noche, mientras esperaba un taxi colectivo en la esquina de las calles Monte y Aponte, en La Habana Vieja, observé cómo, en apenas 25 minutos, tres policías interceptaron a diez jóvenes para exigirlas la identificación. Uno de los jóvenes, como no portaba su carné de identidad permanente, fue esposado y conducido a la estación en un auto patrulla. Una semana después, frente al hotel Zaragoza, en el Paseo del Prado, pude ver a otro policía (de las llamadas brigadas especializadas) que detuvo a una muchacha y a un joven que acompañaban a un extranjero, con el propósito de comprobar sus identidades. Los jóvenes llevaban una pequeña jaula con dos periquitos. No tenían la más mínima apariencia de delincuentes. El joven se sintió humillado por el trato del agente, y montó en cólera. El extranjero y la muchacha trataron de calmarlo para evitar males mayores. Hace unos días, un amigo me contó que vio a un policía en el bulevar de la calle San Rafael deteniendo a dos jóvenes rastafaris que acompañaban a dos muchachas turistas. Al comunicarse con sus superiores para que indicaran qué hacer con los retenidos de caballos largos, vestidos peculiarmente, dijo: “Tengo aquí a dos ratas”. El hombre ni siquiera sabía pronunciar la palabra rastafari. Una de las cosas que hacen que los “agentes del orden” (principalmente en la capital) se comporten de forma aún más torpe, es que casi ninguna son oriundos de La Habana. “Los habaneros -aseguró hace años Fidel Castro- no quieren ser ni policías ni maestros”. Se supone que la policía ayuda al bienestar ciudadano. Es representante de la ley y tiene la obligación de contribuir al mejoramiento social. Para ello es imprescindible establecer una efectiva comunicación con la ciudadanía. Pero en Cuba la policía no habla el mismo idioma de la población.
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