| Flores
en el mar para una profesora
Miguel Saludes
MIAMI, FL, diciembre (www.cubanet.org) -Dos días especiales celebran
los cubanos en diciembre. Uno, casi al inicio del mes, está dedicado
a los médicos. El día veinte y dos es el que rinde tributo
a los maestros. Honrar a estos profesionales es un gesto loable. El
trabajo de ambos está vinculado estrechamente con la vida. Los
primeros cuidan de la salud del cuerpo y los segundos hacen crecer el
alma.
Casi todos los países de América han tomado una fecha
de su calendario para homenajear a los que prefirieron el camino de
la enseñanza. Fuera del continente apenas España, Portugal,
Rusia o Vietnam siguen esa tradición. Los términos no
coinciden. Unos han querido la festividad perpetúe la memoria
de un pedagogo ilustre. Domingo Sarmientos en Argentina y San Juan Bautista
de La Salle en Colombia son las figuras emblemáticas. Otros países
optaron como referencia la fundación de una escuela (Bolivia),
la firma de la ley que vigorizó el desarrollo de la enseñanza
(Brasil) o un hecho de connotación relativo a la educación.
Este es el caso de Cuba, donde un 22 de diciembre en los albores del
actual sistema, el territorio fue declarado libre de analfabetismo.
No obstante la politización de la efeméride, en Cuba siempre
el maestro ha sido considerado una persona excepcional y respetable.
La reverencia debida al educador es un asunto que pasa por encima de
gobiernos y situaciones sociales. Una de las canciones más bellas
del repertorio de Pedro Luis Ferrer, se detiene en una acción
humana hecha por cierta Niña Mala, la única en llorar
cuando el maestro enfermaba.
Las historias de maestros abundan en el repertorio de padres y abuelos
cuando recuerdan el pasado. En sus vidas personales siempre aparece
la impronta de un memorable educador. Tampoco faltan en el presente
convulso. Las épocas son diferentes, pero en el fondo el anecdotario
profesoral sigue hablando de sacrificios, poca remuneración y
grandes desconsideraciones. Sin embargo prevalece el respeto de la sociedad
hacia una carrera donde la vocación es primordial.
En estos tiempos los maestros cubanos han sido los más golpeados
por las crisis. No obstante la falta de transporte, ellos siguieron
llegando a las aulas. Mojar las tizas para que estas escriban, es una
de sus tareas cotidianas. Su esfuerzo en la búsqueda de materiales
y documentos que le sirvan para reforzar las clases, resulta heroico.
La mayoría sufre los mismos problemas de toda la población.
A veces en sus hogares enfrentan situaciones económicas agudas.
Recuerdo al profesor que no gustaba recibir visitas de sus alumnos,
pues no quería que estos vieran el estado de su casa. O aquel
que se procuraba mejores entradas cosiendo ropas. Siempre conservo la
imagen del desaparecido Gustavo Dubuché casi paralizado ante
la molotera de gente que se disputaba un espacio para subir al ómnibus
hacia Guanabo. Eran los tiempos caóticos del
Período Especial. Por suerte el anciano catedrático
no tenía que arriesgarse en aquel tumulto. Los inspectores de
tráfico siempre le reservaban un puesto para que pudiera regresar
a su casa sin sufrir contratiempos. A pesar de la acritud reinante,
nadie protestaba por aquella deferencia.
En la memoria se retienen decenas de nombres e imágenes. Miriam,
la primera maestra. Libia, Fernando, Gálvez, Margarita, Elsy.
Cada persona guarda los suyos. Es increíble como se mantienen
a pesar de la distancia en el tiempo y por difíciles que parezcan
de recordar. Algunos cargaron con nuestras majaderías y maldades.
Pero si al paso de los años se cruzan los caminos de maestro
y ex alumno, esos detalles se repasan con nostalgia y alegría.
También puede suceder que el re encuentro no pueda producirse
jamás. Así ocurrió con nuestra amiga, la profesora
Dulce.
Hace pocas semanas conocimos del fallecimiento de una de las mejores
profesoras de español en la escuela secundaria José de
Sucre de la Villa Panamericana. Su corazón le hizo una mala jugada
mientras dormía. El cuerpo incinerado, en cumplimiento de su
deseo póstumo, fue dispersado entre las olas que rompen en la
costa de Cojimar. Ese mar que tanto amaba, se convirtió en su
tumba colosal. Las cenizas, después de veladas en la propia escuela,
fueron llevadas por su nieta y alumna hasta las proximidades de la antigua
fábrica de caramelos del poblado habanero. Un cortejo compuesto
por estudiantes, profesores, antiguos alumnos y muchos cojimeros, la
acompañaron hasta el litoral.
Dulce, la profesora y amiga, ahora será una de las historias
de maestros que se conservará en muchos hogares. Ella fue maestra
de mi hijo. Su apoyo humano no se detuvo ante consideraciones políticas.
Abrió su amistad al padre disidente y no tuvo a menos compartir
con él. Ni privaciones o problemas le hicieron disminuir la dosis
de alegría que repartía en las aulas. Sin dejar de ser
exigente llevaba una relación entrañable con los educandos.
No es una historia extraordinaria para ser reflejada en la prensa. No
contaba con el crédito de vanguardia nacional o heroína
del trabajo.
Este día del maestro, y los venideros, Dulce no estará
presente para celebrar la festividad. Tal vez alguien tenga la idea
de lanzar flores a las aguas donde los restos mortales de la profesora
volvieron a la vida.
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