| La
verdadera razón para mantener los actos de repudio.
Miguel Saludes.
MIAMI, FL, diciembre (www.cubanet.org) -Los sucesos represivos ocurridos
en diferentes puntos de Cuba durante las primeras semanas de diciembre,
son indicativos de que la sociedad civil no ha podido ser aplastada.
Esas acciones demuestran además que la máquina opresiva
está engrasada y funcionando a plenitud.
Las imágenes captadas por los reporteros extranjeros resultan
patéticas. En La Habana un grupo de personas ofende y arremete
contra una pequeña manifestación conmemorativa por el
día internacional de los derechos humanos. Una mujer golpea con
una escalera manual la espalda de un activista. Un anciano huye de la
turba. Los improperios son los de siempre. Descarados, asalariados del
Imperio, mercenarios, etc. Es la fraseología aprendida después
de intensas jornadas de batalla de ideas. Unos fornidos civiles instan
con palabrotas a dar vivas al Comandante y hasta obligan a levantar
la mano a la mujer detenida para dar a entender que la cosa no es con
Fidel. Les tiene sin cuidado las cámaras que testimonian la realidad.
En Santiago de Cuba los hechos ocurrieron de manera más drástica.
Allí no había prensa acreditada que recogiera imágenes
de la entrada violenta al recinto de una Iglesia para escarmentar a
los miembros de la agrupación Universitarios Sin Fronteras y
hasta a los fieles presentes.
Los actos de repudio en plena vigencia, forman parte del plan macabro
del régimen totalitario. Sembrar el pánico entre participantes
y espectadores ha sido propósito primordial de las Brigadas de
Respuesta Rápida. Por una parte reprimir lo que ya es inevitable.
Por otra diseminar entre la población la idea de que la lucha
cívica, además de imprudente, resulta un esfuerzo estéril.
El tercer cometido es dar la certidumbre de que el pueblo “indignado”
enfrenta por iniciativa propia las manifestaciones contestatarias contra
el sistema. Las fuerzas policiales y de la Seguridad del Estado asumen
el papel de proteger a los agredidos de la ira popular. Cada vez que
se produce el anuncio de una demostración pública es previsible
la detención de la mayoría de los posibles concurrentes.
Solamente unos pocos serán dejados en libertad para que queden
expuestos a la furia de la jauría. El peligro de que la protesta
prenda dentro del territorio nacional es escaso. El control absoluto
de los medios de comunicación así lo garantiza. Cuando
la noticia de lo ocurrido se difunda por las emisoras exteriores, ya
el hecho será historia. Los protagonistas estarán detenidos
o en sus casas.
Esta especie de escarnio público por el que ha tenido que pasar
la mayor parte de la disidencia en Cuba, no solo está diseñado
contra ellos. Los vecinos y curiosos ocasionales son sus otros destinatarios.
Los involucrados directamente, los participantes involuntarios llevados
desde diferentes centros de trabajo y escuelas, así como los
transeúntes casuales, sufren un trauma que puede tardar años
en ser superado. No obstante para el victimario existen consecuencias.
Algunos firmantes y activistas del Proyecto Varela, confesaron que fueron
esos actos los que les hicieron conocer la verdadera índole que
prima entre los que dicen defender la revolución.
Se impone de nuevo la vieja pregunta. Si la oposición constituyen
un grupo insignificante, el gobierno tiene la fuerza de la razón,
si en definitiva el sistema político cuenta con el apoyo mayoritario
de la ciudadanía, ¿para qué los actos represivos?
Ocurre que la gente sabe leer e interpretar. No importa que Granma acuda
a los calificativos de costumbre. Los epítetos utilizados contra
las Damas de Blanco y los periodistas independientes ya no son suficientes
para ocultar el ascenso logrado por la disidencia. Las mujeres y familiares
de los presos de conciencia han ganado paso a paso las calles vitales
para el poder, esas que han sido declaradas patrimonio de los “revolucionarios”.
Los periodistas, como en el caso del propio Darsy Ferrer, han ido ocupando
el espacio que no pueden llenar los profesionales al servicio del gobierno.
Con pocos recursos y mucho acopio de valor personal, dan a conocer la
realidad que vive la población cubana. Ya se les distingue por
lo que hacen. Antes todos eran conocidos como “la gente de los
derechos humanos.”
No es extraño que en esta ocasión la prensa oficial reportara
lo sucedido, claro que a su manera y desde su perspectiva. Forma parte
de la soberbia gobernante. Tampoco pueden pretender ignorar la ocurrencia
de estos hechos. Desde que por primera vez Fidel Castro admitió
la existencia de “grupúsculos” a los que cuantificó
de cuatro gatos, el número de estos es cada vez mayor y con tendencia
a aumentar. Ni el exilio constante ni las severas condenas logran reducir
la cantidad de aquellos que se comprometen en la lucha por la democracia.
Por eso no hay que desalentarse cuando se vean imágenes grises
como las vividas este diciembre. Se sigue haciendo camino, aunque el
avance parezca lento. Los jóvenes lograron recoger miles de firmas
en demanda de libertades de expresión y por la reapertura de
una universidad católica. Otra agrupación femenina culminó
una campaña pidiendo una moneda única para todos los cubanos
y el fin del apartheid de carácter monetario. El testimonio fílmico
de Darsy sobre el estado de los hospitales recorrió las pantallas
de muchas televisoras e Internet. Esas acciones tienen tanto valor como
cualquier marcha. El activismo cívico, que difícilmente
puede ser detenido ni doblegado por el temor, terminará por despertar
las ansias de libertad de toda la nación. Por eso los gritos,
los golpes y los insultos. El verdadero miedo está en los que
se creen fuertes porque ostentan el poder.
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