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Los compañeros camaleones


Adrián Leiva

MIAMI, Florida, mayo, (www.cubanet.org) -A lo largo de la historia de la humanidad, entre los hombres ha cohabitado cierto tipo de individuos que a falta de bandera propia prefirieron plegarse a la primera que les facilite el rápido ascenso sobre los demás, sin recatos sobre las circunstancias que propiciaban la escalada. Son los clásicos oportunistas que buscan colocarse donde pueden estar mejor y no justamente donde está el deber, demostrando una miseria de espíritu que imprimen en su obra cotidiana. Amigos de sí mismos y hermanos de sus intereses personales, son como veletas pendientes del sitio al que más les conviene apuntar. 

La historia cubana, como la de cualquier nación, no ha estado exenta del accionar de estos personajes. Después de 1959 el panorama no dejó de ser favorable para las andanzas del oportunismo. A la sombra del sistema  implantado en la Isla ellos lograron conformar un refugio ideal para su subsistencia. El fidelismo creó el campo perfecto para los compañeros camaleones. El único esfuerzo que debían realizar era mostrar su apego e incondicionalidad hacia las orientaciones del poder.  No pocos pensaron que con esa actitud tenían plenas garantías para actuar a su antojo. Creerse impunes fue su error. . 

El contraste con sus actuaciones aparece en la actuación de hombres y mujeres que en su tiempo pudieron percatarse de la realidad y, sin abandonar sus principios, asumieron diferentes posturas. Unos optaron por distanciarse de la situación. Otros prefirieron el exilio antes del sometimiento o se incorporaron a la disidencia interna. En todos estos casos el denominador común que les identifica es su verticalidad. No importa el tiempo que les haya tomado alguna de esas decisiones. Estos cubanos para nada pueden ser confundidos con los que fortalecieron sus posiciones a costa de las personas dignas.

Después del corte del subsidio que afectó bruscamente el nivel de vida y el comienzo acelerado de la crisis económica con las consecuentes afectaciones de las prebendas que el sistema le ofrecía a los camaleónicos, estos comenzaron a desmontarse del carro con chapa revolucionaria para subirse en el que hasta entonces habían combatido. Los cruces al bando opuesto se han convertido en una franca desbanda en los últimos tiempos. Pero lejos de cambiar sus hábitos, lo primero que hacen cuando llegan a los nuevos refugios es buscar un buen sitio donde instalar la telaraña donde sostienen sus vidas. 

Para desgracia del exilio tradicional, Miami es uno de los sitios preferidos de estos depredadores. Su capacidad de camuflaje les permite readaptar la entonación de sus voces. Si antes gritaban contra la mafia terrorista en entusiastas marchas frente a la SINA, hoy lo hacen contra la otra orilla para conjurar contra el régimen. Ni siquiera se molestan en hacer el mea culpa. En el nuevo entorno no dudan apostar contra el que muestre independencia de pensamiento o exprese opiniones que contradigan la ortodoxia de determinados grupos. Son los nuevos peldaños que usan los oportunistas redimidos para  ganarse el favor y la fama.  

La histeria de los camaleones suena falsa cuando censuran al que osa hablar de diálogo, cambios o simplemente ve con optimismo los pasos que van conformando el futuro democrático de Cuba. ¿Acaso fue traidor Nelson Mandela cuando estuvo dispuesto a dialogar con el gobierno racista que oprimía a su gente? ¿Se puede acusar de ingenuo a Vaclav Havel o a los dirigentes de Solidaridad que llegado el momento propusieron una salida negociada con la nomenclatura comunista de sus países? No resulta improbable que los protagonistas de esos procesos escucharan criterios similares, lanzados por personas incapaces de comprender decisiones tan valerosas. Los camaleones prefieren agazaparse y esperar a ver de donde les sopla la suerte. 

Es triste ver como Miami viste sus mejores galas para colocar en el estrellato a los que hasta no hace mucho fueran fieles discípulos del régimen cubano. Alguno de  ellos recibió el pase de cuenta del sistema por uso indebido de los recursos del Comandante. Luego de unas merecidas vacaciones como reos comunes terminaron incursionando, siempre con miras oportunistas, en una controversial disidencia que previamente negaran cuando parecía no convenirles. Casi todos militantes de carné y espada, furibundos defensores del compromiso adquirido, que a despecho del respeto humano no se detuvieron ante nada por tal de demostrar su incondicionalidad al Jefe Supremo.

Criticar desde el exterior es fácil para ellos. No convencen sus argumentos del por qué no lo hicieron primero dentro, aceptando cívicamente los mismos retos que enfrentan opositores y periodistas independientes. Ocurre que en esta fauna confraternizan los mismos que durante años contribuyeron con el gobierno que encarceló a Antonio Díaz Sánchez, Regis Iglesias, José Miguel Martínez. Héctor Maceda y otros tantos que guardan injusta prisión en las cárceles simplemente por ser cubanos libres y hombres con principios. Hoy no escatiman esfuerzos para alzarlos como banderas propias.

Los veo venir y hablar desde el portal de la televisión local. Como mañosos jugadores en un tabloncillo de básquet se enfrascan a puro codo y empujón para ganar puntajes que beneficien sus miras personalistas. En un instante cambiaron de vestidura y de servir al juego del amo pasan a ser sus detractores. Esclavos que abandonan el barco que se va a pique sin antes romper con sus cadenas. Con ellas en las muñecas cruzaron el charco para venderse al mejor postor, llenando un espacio donde no aportan nada concreto al drama real que vive el pueblo cubano. Así actúan los oportunistas de estos tiempos. De ellos estamos llenos. Su acción enrarece el aire que respiramos.

Cuba está cambiando. Atrás quedará el nefasto totalitarismo, sus pelotones de fusilamiento, sus mítines de repudio. Aunque resulte difícil, ojala un día veamos extinguirse junto con esos males esa especie nociva que se nutre de los demás y que tanto perjudica la buena marcha de cualquier sociedad.