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| El conde ha muerto Adrián Leiva MIAMI, Florida, marzo, (www.cubanet.org) -Se murió el Conde. Así de breve me comunicó un amigo la noticia. No hacía falta más para saber de quien se trataba. La frase quizás no diga nada a muchos, pero para aquellos cubanos que vivimos nuestra adolescencia en los finales de la década del sesenta en La Habana, este apelativo es suficiente para conectarse rápidamente con esos tiempos. La memoria nos lleva a una época donde la rebeldía juvenil intentaba romper con todas las prohibiciones culturales que el sistema político de la Isla imponía como doctrina ideológica. Eran años fuertes que incidieron en el pensamiento social de una generación envuelta en los caprichos de la guerra fría. La pugna por zafarse de ella con eslogan hagamos el amor y no la guerra, tenía como contrapartida la realidad de Vietnam, La Tricontinental, las guerrillas exportadas desde Cuba para América Latina y África. Pero además fue la década en que el rock florecía a nivel internacional. Los influjos de esa música llegaban junto con la moda juvenil en boga, su modo de vestir y la usanza del pelo largo. En Cuba la cortina de hierro trataba de cerrarse frente a todo lo que no fuera autorizado por la política cultural del gobierno. Sin embargo un sector de la juventud cubana logró imponerse a pesar de los golpes, persecuciones policiales y arrestos. Ese patrón de conducta, acusado de extranjerizante, tuvo como exclusividad la capital cubana. Allí se les identificaba como los hippies. A pesar de la extrema escasez de ropa, los sastres y las costureras hicieron maravillas para transformar las precarias piezas de vestir de nuestros padres y abuelos en pantalones a la moda. Primero en el conocido corte tubo y poco después las campanas. El atuendo se completaba con los collares de Santa Juana colgados sobre un pullover que llevaba pintado el signo de la Paz y el Amor. La melena completaba el toque. En pocos meses La Habana vio crecer estos grupos, que en un inicio establecieron su centro de encuentros en la recién inaugurada Feria de la Juventud, ubicada frente ala Terminal de Ómnibus Nacionales. El lugar se hizo pequeño. Se expandieron hacia otros puntos de la capital, especialmente en la Es imposible dejar de mencionar los ingeniosos esfuerzos que los grupos aficionados de música rock, imposibilitados de ser profesionales por estar ese tipo de música bajo el veto oficial. Ni siquiera los Beatles escaparon a la censura en la Isla caribeña. Conseguir los instrumentos vitales, dos guitarras y una batería, era una verdadera odisea. Pero aquellos muchachos lograban su objetivo y formaban agrupaciones musicales que amenizaron las más populares fiestas donde la música prohibida logró imponerse a pesar de la represión y los operativos policiales para acabar con los “peluos.” Cada cuadrilla se conformaba alrededor de su propio líder y asumía variados nombres. Los Chicos de la Flor, los del Crucifijo, los de la Rosa, eran algunos de los más mencionados. De la misma forma los líderes se identificaban con un seudónimo. El Conde fue tal vez el más conocidos. Con ese sobre nombre el cantante del grupo Los Kent, pasó a la historia popular como uno de los más famosos de aquellos años dentro de Cuba. Las Almas Vertiginosas, Los Nomos, Los Signos y otras agrupaciones hicieron bailar a los muchachos en las fiestas quinceañeras de La Habana. Ese era el único escenario que se les abría a estas agrupaciones aficionadas. Los Kent era la más cotizada, no solo por la factura de sus interpretaciones, sino además por las excentricidades de El Conde, un Mike Jager tropicalizado. Como la mayoría de los cantantes del patio. El cantante “fusilaba” las canciones del apasionante grupo Rolling Stones. Los “forros” cometidos en el uso del inglés no eran tenidos en cuenta por la fanaticada, que agradecía la impostura sin parase a mirar las impurezas idiomáticas. Han pasado mucho tiempo desde que dejé de ser aprendiz hippie. De la melena que entonces mostraba orgulloso, solo queda un cabello ralo que cada vez adquiere mayores tonos grises. La rebeldía no es la misma, pero sigue latente. Cambió el sentido y ahora tiene una causa determinada. El Conde, los Kent y otros grupos de rock de los sesenta y setenta pasaron a los registros de aquella década prodigiosa. Por ellos seguimos siendo jóvenes en nuestros corazones. Gracias al Conde y a todos aquellos que rompieron o se negaron a aceptar las cadenas imposiciones por ser de alguna manera libres cuando intentaban robarnos la juventud, esa generación sigue bailando al compás de la música que una vez quisieron quitarnos. Los Kent siguen tocando en el recuerdo de los que permanecen en Cuba, fuera de ella y en el Cielo. |