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viernes, 31 de octubre 2014

Vigencia de un dicho centenario

No hay que dudar que el deterioro socioeconómico sea imparable en la etapa final del tardocastrismo

MADRID, España, julio, 173.203.82.38 -“Lo bueno que tiene esto… es lo malo que se está poniendo”. Así lo decía mi abuelo, y posiblemente también mi bisabuelo, con una pausa intermedia a modo de cesura. Hay dichos que se desgastan al paso del tiempo, pero este no ha perdido su filo en más de cien años y, hoy por hoy, sigue teniendo en Cuba la actualidad que siempre tuvo en los momentos más difíciles de su historia republicana.

La frase, que ha sobrevivido a tanto dicharacho de moda, sorprende por el arraigo en la tradición oral. ¿Será por ese modo de decir sin hacer que lleva la marca del choteo cubano? Tal vez por eso y por la rotundidad misma del enunciado, ideal como pocos para alimentar la oralidad transgresora de la cultura de la resistencia. Si, por un lado, el tono algo socarrón de la frase se potencia con su gracia sentenciosa, por otro lado la construcción antitética provoca un efecto humorístico, dada la incongruencia resultante de afirmar que una cosa implica su contrario. Es una suerte de comicidad producida por la contradicción entre los dos términos de la proposición. Decir que lo malo trae lo bueno equivale a formular un pronóstico optimista a partir de un diagnóstico grave. A primera vista, un disparate que desafía la lógica más elemental.

Sin embargo, el contrasentido de cifrar las esperanzas de mejoría en el deterioro mismo de la situación no deja de tener sentido dentro de una dinámica de fin de régimen, aparte de poseer un espacio propio en el refranero. “No hay mal que por bien no venga”, reza el viejo refrán que en ocasiones nos ha servido para cambiar de rumbo y hallar un mejor camino; o bien, en último caso, para encajar el golpe como mecanismo de defensa frente a la adversidad. “Cuanto peor, mejor”, suele oírse a menudo en España, sobre todo para apuntar al desgaste político del partido en el poder. Y seguramente que en diferentes lenguas y culturas habrá innumerables razonamientos por el estilo, si se quiere concebidos a partir de una visión reduccionista, cercana a la falacia, que da pie al llamado pensamiento positivo. Pero nada como la gracia de nuestro dicho, que niega la premisa mayor y al mismo tiempo la confirma, enfocando la crisis no como callejón sin salida sino como punto de inflexión hacia el cambio deseable. De ahí la coherencia, amén del sabor criollo, de un enunciado que aparentemente desafía las reglas de los silogismos.

El humor, de todos modos, no suele ajustarse a patrones cartesianos. Más bien al contrario, los desborda, especialmente bajo la mordaza del totalitarismo, que es cuando la desmesura del chiste subversivo adquiere su máxima función catártica. Una práctica que sirve para renovar las esperanzas y la fe en el futuro. Y un modo de apostar al cambio en son de guasa característico de la resistencia pasiva, tal y como se puede apreciar en otro refrán también muy socorrido: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. La diferencia estriba en que este se emplea en todo el mundo hispano y pertenece al patrimonio común de la lengua española, mientras que la frase que aquí nos ocupa se distingue por su cubanía de pura cepa. Lo cual de ningún modo significa que surgiera espontáneamente como en la ceiba el curujey, puesto que, a pesar de ser tenido por anónimo, nuestro dicho no es huérfano de padre y cuenta con autor reconocido.

De acuerdo con Max Henríquez Ureña, esa salida ingeniosa se le ocurrió en el fragor de un mitin a Rafael Fernández de Castro, un profesor, orador y político autonomista que fue elegido tres veces diputado a Cortes, pero más que en el parlamento o la cátedra, brilló sobre todo por la agudeza de sus ocurrencias en la tribuna popular. Sus comentarios sarcásticos sobre la actualidad política cubana sonaron mucho en su tiempo y algunos se volvieron muy populares. Según Henríquez Ureña, “frases suyas, restallantes como latigazos, se hicieron famosas, como aquella de: ‘Lo único que hay de bueno es lo malo que esto se va poniendo’”.* Fue en 1893, al constatar que las reformas políticas prometidas por España se quedaban solamente en promesas incumplidas, cuando el autonomista Fernández de Castro pronunció esa feliz valoración sobre la realidad de la nación embrionaria frente a la tozudez de una metrópolis sin visión de futuro. La frase, al final, quedó simplificada como “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”.

Manuel Machado explicaba el carácter supuestamente anónimo de la poesía popular a través de esta estrofa tantas veces citada: “Hasta que el pueblo las canta / las coplas, coplas no son / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe su autor”. Y lo mismo cabría afirmar con respecto al dicho de Fernández de Castro, que pasó a ser “anónimo” desde el mismo instante en que el cubano de la calle se lo apropió. Quizás porque sintiera como suya la chispa de la frase o su tono entre cínico y sentencioso, tirando un poco a choteo.

Pero lo malo que tiene esto –o aquello, según de dónde se mire– es que en más de medio siglo no haya valido de nada el dicho que caló tan hondo en el imaginario cubano. Algunos suponen que ello se debe a que el embargo de Estados Unidos no ha dado resultado, como si el “sin embargo” del resto del mundo hubiera surtido algún efecto, a no ser el de apuntalar al castrismo con créditos e inversiones. Pero la realidad, por más vueltas que le demos, es que con los Castro nos ha fallado desde Santa Bárbara hasta la ley de gravitación universal, como alguna vez se ha dicho aludiendo al rayo de Changó o a la caída del régimen como una penca de guano que se desprende por gravedad.

El pueblo, sin embargo, ha ido perdiendo hasta cierto punto el miedo, que es lo único que le queda por perder. Y la frase centenaria vuelve a cobrar renovada vigencia en Cuba. En definitiva, no deja de seguir en pie la premisa de partida, pues lejos de mostrar señales de prosperidad a corto o medio plazo, aquello va de mal en peor, digan lo que digan los ilusos entusiastas del raulismo. Se halla al borde del abismo, según reconoce hasta el propio Raúl Castro. O “está en candela”, como suele decir el cubano de la Isla en su jerga expresiva pero medio conformista.

No importa que a última hora el régimen haya prometido autorizar la compraventa de casas y automóviles antediluvianos, o que ya permita montar timbiriches del quinto mundo. Esas pretendidas reformas, tardías y de corto alcance, son medidas paliativas con las que solo persiguen perpetuarse en el poder. Por más parches que pongan, la situación seguirá agravándose sin remedio, porque al modelo inviable hay que añadirle el gafe de una gerontocracia ineficiente, salvo para la represión. A los históricos del desaguisado nada les sale bien, ni ahora que van siendo octogenarios ni cuando exhibían la fotogénica inexperiencia de los treinta. Según la ley de Murphy, que es la única que se cumple en el país de la ciguaraya, todo es siempre empeorable por más malo que parezca estar. De modo que no hay que dudar que el deterioro socioeconómico sea imparable en la etapa final del tardocastrismo. Además de las pocas afeitadas que les quedan a los fósiles del Politburó, lo bueno que tiene aquello es lo malo que seguirá poniéndose.

*HENRÍQUEZ UREÑA, MAX. ‘Panorama histórico de la literatura cubana’ (Tomo II, p. 37). La Habana, 1979.

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