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jueves, 21 de agosto 2014

Respuesta de un cubano no tan joven que también se fue

Si nuestro vino se pone cada vez más agrio, son los dirigentes actuales los que lo ponen así.

Estimado Sr. Rafael Hernández,

Acabo de leer su “Carta a un joven que se va”. También leí la respuesta que le dio Iván López, un joven cubano emigrado en Bulgaria, donde explica diáfana y sinceramente una postura que comparto porque refleja el pensar de muchísimos cubanos de varias generaciones.

Pero, por supuesto, otros que nos hemos ido de Cuba en épocas anteriores podemos añadir muchas cosas más.

En particular, un cubano como yo, que nació en los años 60, recuerda perfectamente la caída del muro de Berlín, conoce de cerca casi todos los sinsabores y la mala estrella que padecimos los nacidos en uno de los países protagonistas de la Guerra Fría. Precisamente por la época en que cayó ese muro, cayó también el muro metafórico que me impedía ver las posibilidades de explorar el mundo, aprender todo lo posible de este y ayudar a mis familiares a que no pasaran hambre y necesidades durante el “período especial” (y también después).

Incluso en la Cuba más cerrada de finales de los años 80 y principios de los 90, los jóvenes encontrábamos maneras de saltar los muros y hacer realidad nuestros sueños y aspiraciones, sin importarnos la manipulación ideológica ni lo que pensaran los demás. En aquellos días, cuando decidí buscar la manera de irme a Estados Unidos, fui lo suficientemente iluso como para creer que, al cabo de unos años, mi aventura terminaría con el regreso a una Cuba tal vez mejor. Pero han pasado 20 años y aún estoy esperando. Pensé que, al regreso, podría seguir aportando a mis familiares y a mi sociedad no solo un poco de sostén económico, sino conocimientos profesionales, cívicos, sociales e incluso espirituales, adquiridos o desarrollados en esta otra parte del mundo que el gobierno de Castro se empeñaba tanto en que yo nunca conociera.

En lo que se refiere a la calidad de la educación en Cuba, solo deseo puntualizar que esta se debe ante todo a la dedicación, el sacrificio y la profesionalidad de muchos maestros y profesores cubanos (más apreciable en unas épocas que en otras). Algunos de ellos habrán creído en el proceso revolucionario y otros no, pero lo más importante es que lo dieron todo por enseñarnos. No todos eran buenos, pero siempre me quitaré el sombrero ante los que sí lo fueron y los recordaré con gran admiración. Lo triste es que muchos de ellos, ahora jubilados, dependen para su supervivencia de las remesas que tal vez algún familiar o amigo les mande desde el exterior.

Por cierto, a lo largo de su carta usted cita acontecimientos históricos pasados que han marcado a varias generaciones, excepto a las más jóvenes. Siempre me ha resultado curioso cuando los mayores usan ese tipo de referencias para, de forma implícita o subliminal, dar a entender a los más jóvenes que son unos inexpertos por no haber estado en primera o segunda fila cuando sucedieron ciertos acontecimientos. Sería un recurso muy astuto si no fuera tan evidente la intención: ponerlos fuera de combate “por cronología”.

Por supuesto que los más jóvenes no coexistieron con esos hechos o no percibieron debidamente su alcance porque aún estaban en pañales. Pero no hay que afanarse ni preocuparse por eso, pues a cada cual le tocarán sus propios momentos memorables. Los jóvenes de hoy no hablarán tanto del muro de Berlín ni del Che, pero sí podrán recordar dónde estaban, por ejemplo, cuando Estados Unidos eligió a su primer presidente negro, cuando Bin Laden fue ajusticiado, o cuando la crisis de la diminuta economía griega hizo que toda la zona del euro y la economía mundial se tambalearan. Otros, posteriores a ellos, rememorarán acontecimientos tan importantes como estos, o más, que aún están por suceder.

La rueda del tiempo sigue girando y los hitos del pasado importan cada vez menos a las nuevas generaciones. Además, como señaló Iván, hay gestas y epopeyas que se registran en la historia, pero hay otras más personales, aunque no por ello menos trascendentales, que cada uno ha vivido individualmente. Muchas nunca serán conocidas, ya sea porque sus protagonistas no las contarán o no serán escuchados o, en el caso de algunos cubanos, porque no las pueden contar debido a que perecieron en el intento de irse de Cuba. Sea como sea, el mundo sigue adelante… y Cuba se queda atrás. Si nuestro vino se pone cada vez más agrio, son los dirigentes actuales los que lo ponen así y es el pueblo cubano el que lo tiene que beber.

En cambio, los horizontes de muchos cubanos que nos hemos ido se nos han ampliado y diversificado de maneras impensables e imprevistas. Quizás ese es uno de los principales beneficios de la diáspora. De hecho, los pueblo y gobiernos más adelantados del mundo dejan ir y venir a su gente, los ven hacerse ciudadanos del mundo y tal vez luego celebran su regreso como hijos pródigos, pues saben lo mucho que pueden aportar a su tierra natal después de haberla “abandonado”, incluso durante décadas. Ya lo dice usted: “Salir de Cuba, además de probar fortuna, te da el chance de crecer por ese lado. Nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros, para darse cuenta de dónde uno está”.

Si es así, ¿a qué vienen tantas limitaciones para entrar y salir de Cuba?

Por otra parte, no sin acierto, dice usted: “En todo caso, no quieres invertir tu vida intentándolo, (…) y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear para irte de vacaciones (…). Piensas que la única manera de asegurarte esa vida es saltar por encima de este horizonte y buscar otros”.

En efecto, el destino de muchos cubanos ha consistido en saltarnos el horizonte preestablecido. Pero hablo por mí y por muchos otros cuando digo que no nos fuimos simplemente para cumplir ciertas aspiraciones y poder vacacionar en distintas partes del mundo. Nos fuimos ante todo para ayudar a los nuestros, para no asfixiarnos y para no enloquecer con un sistema absurdo. Como dicen en Estados Unidos, “votamos con los pies” al marcharnos. Así expresamos nuestro profundo rechazo a la alucinada disyuntiva de “Socialismo o Muerte” que nos endilgaron sin consulta previa. En lugar de ello, escogimos “Capitalismo y Vida”, “Socialdemocracia y Vida”, “Progreso y Vida”, “Tolerancia y Vida”… en fin, cualquier cosa que significara “vida” y no “muerte”. Paradójicamente, al hacerlo, muchos estuvimos dispuestos a dejar la vida en el intento, o a sacrificarla por nuestros seres queridos. Otros incluso han llegado a arriesgarla o sacrificarla por la patria, pero por la patria real. “Morir por la patria es vivir”, pero morir por el socialismo es morir.

También da usted a entender que “un joven que se va” toma esta decisión quizás por imitar a otros que se han ido antes. Es cierto que mucha gente actúa por pura imitación pero, en mi caso y en el de muchos otros, le puedo asegurar que no fue por imitación, sino por frustración, desesperación y desengaño. Como usted dice, porque simplemente necesitábamos respirar otro aire… un aire que fuera respirable.

Reconozco su derecho a no pensar nunca en irse, pero ese no es más que el mismo derecho que tenía Dega, el amigo de Papillón, a quedarse criando sus puerquitos en la Isla del Diablo y a no arriesgar su vida sobre una balsa de cocos en la séptima ola. No juzgo una decisión ni la otra: cada uno tiene sus prioridades y sus instintos.

Pienso que incluso Cuba puede y debe ir cambiando hacia un sistema más acorde con las verdaderas aspiraciones de sus ciudadanos. Pero no me creo que en estos momentos el gobierno y las estructuras de poder estén muy dispuestos a escuchar mis opiniones. No obstante, si usted insiste en afirmar que “Cuba es el espacio real donde compartimos cosas tangibles como riesgos y resultados, costos y aspiraciones, entre todos”, debo al menos aprovechar esta misiva para enumerar unas cuantas cosas en las que se podría ir ocupando la Asamblea Nacional para que Cuba se encamine a ser una sociedad “con todos y para el bien de todos”:

- Renunciar a la ideologización unilateral de la vida cotidiana y, por lo tanto, a la mentalidad de consignas, más propia de la Guerra Fría, que hace dos décadas terminó en todas partes, menos en Cuba y Corea del Norte. Aquí en Miami también hay que hacer esos cambios. Celebraré con champán el día en que desaparezca el contrapunto ofuscado de la Mesa Redonda y Radio Martí, del Noticiero de las Ocho y Radio Mambí, del periódico Granma y la prensa de Miami. Ninguno de ellos me representa ni me sirve de guía y quiero que así lo sepan.

- Tratar de acercarse más a los estándares internacionales de libertad de movimiento y abandonar la mentalidad implícita de que los ciudadanos pertenecen al Estado (léase: eliminar de una vez la “tarjeta blanca”, las prórrogas de estancia en el extranjero y otras limitaciones similares de estilo feudal). El propio pueblo ha tomado la delantera a este respecto: hoy por hoy, muchísimas familias cubanas son verdaderamente internacionales, con hijos, nietos y bisnietos nacidos en cualquier parte del mundo. Eso estaba reservado antes para diplomáticos y para algunos privilegiados, pero ya es un fenómeno generalizado en todo el mundo gracias a la globalización. Cuba no puede seguir dando la espalda a estas realidades.

- Seguir avanzando en materia de no discriminación, pero no solamente con “lineamientos”, sino con verdadera legislación. De esta y otras maneras se podrá consolidar un estado de derecho, donde impere la ley y no los decretos, discursos, reflexiones o favores entre miembros de la élite.

- Dejar de hablar del capitalismo y de Estados Unidos como “el enemigo” y abandonar la mentalidad de que “no se le puede dar ni un tantico así”. Un país, a menos que esté en guerra, no puede definirse permanentemente como lo opuesto de su “enemigo”. Tiene que trazar su propio rumbo y, si este llega a coincidir con el del “enemigo”, debe asumir las consecuencias sin histeria ni parálisis.

- Seguir desarrollando las redes de comercio mayorista y minorista en el país, sean estatales, privadas o semiprivadas, de forma que se asegure cierto nivel de abastecimiento y precios más acordes con los ingresos nacionales y con la realidad internacional. Esto debería contribuir a la disminución de los robos y “desvíos de recursos”, rampantes en la Cuba actual.

- También relacionado con el punto anterior, crear las condiciones necesarias para que las nuevas generaciones no tengan que acostumbrarse a robar al Estado o a sus empleadores. Este es uno de los daños mayores del desabastecimiento y las escaseces que han caracterizado a la Cuba de las últimas cinco décadas. Para colmo, cuando al fin emigran, muchos cubanos llevan esas malas costumbres a sus países de acogida y se convierten en la vergüenza de todos los que no actuamos como ellos.

- Tomarse más en serio la protección del medio ambiente, pues esto repercute en todos los aspectos y actividades de la sociedad cubana, desde la salud hasta el turismo. Me refiero, entre otras cosas, a la invasión de marabú y claria por todo el país y la contaminación del aire en las ciudades. Una sociedad no puede tildarse de excepcional y progresista si no es capaz siquiera de reconocer la pésima calidad del aire que respiran muchos de sus ciudadanos.

- Proporcionar a los cubanos mayores posibilidades de acceso a internet, la innovación tecnológica más importante de las últimas dos décadas.

- Para cuando al fin cedan ese “tantico así”, sería bueno que el pueblo cubano empezara a comprender que la libertad no equivale a anarquía. Se ha dicho que “la libertad es el respeto al derecho ajeno” y que “mi libertad termina donde empieza la libertad del otro”. Un pueblo y una sociedad capaces de interiorizar estos principios estarían preparados para lidiar con cualquier supuesta “invasión” de extranjeros o exiliados poderosos. La legalidad lo es todo en una sociedad libre.

Vuelve a acertar usted cuando menciona que “de otros países (…) se va más gente que de esta isla y no pasa nada (…) Y que en definitiva, las remesas de los que se han ido mantienen a flote la economía de sus parientes y de su país. ¿Por qué tanto trauma con el caso de Cuba, si eso le pasa a otros muchos? (…)” La actitud de algunos cubanos (y del gobierno) a este respecto me hace recordar el caso de una familia judía de Nueva York que se repatrió en Israel. Cuando se establecieron en casa de los abuelos en Tel Aviv, estos reaccionaron con consternación al ver que sus nietos estaban acostumbrados a celebrar la Navidad. Me imagino que ya los habrán adoctrinado y que a estas horas los niños no piensen en Santa Claus ni en arbolitos de Navidad. Esas son las camisas de fuerza que los seres pensantes del siglo XXI nos negamos a dejarnos poner. Son reliquias de un pasado que aún persiste en algunas partes, pero que afortunadamente va quedando atrás. Poco a poco se irá liberando así toda la energía que algunos ideólogos del siglo XX invierten en perpetuar su estrecha visión del mundo. Una vez liberada, esa energía se podrá invertir en lo que verdaderamente vale la pena, o sea, en “progreso y vida”.

Termina usted diciendo: “Lleva con orgullo que eres un ciudadano de este país (…)”. Coincido con esa idea, pero es que para poder llevar la cubanía con pleno orgullo, y no ser objeto del escarnio de otros pueblos, uno debe gozar de plenos derechos en el país que le vio nacer. Dicen que viene una reforma migratoria integral… pero no acaba de llegar. Empiecen, aunque sea con pequeños pasos. Después de todo, tratar de endulzar nuestro vino no es una meta despreciable.

Sinceramente,

Juan Bernardo Abreu

Miami, FL

9 de septiembre de 2012

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