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miércoles, 23 de julio 2014

Rememorando el 24 de septiembre

Recuerdo el 24 de septiembre de 1986, en la Iglesia de la Merced, como experiencia personal extraordinaria

MIAMI, Florida, septiembre, 173.203.82.38 -La agrupación Damas de Blanco denunció este domingo 23 de septiembre las diferentes acciones emprendidas por agentes de la policía política para desestimular  e impedir su participación en los festejos por el día de la Merced.  La celebración tiene lugar cada 24 de septiembre en la iglesia situada en el barrio habanero de Jesús María, en la parte vieja de la ciudad.

Igualmente como cada año la presencia de la represión ha sido una constante en este festejo religioso que no puede desvincularse de una parte importante que representa la imagen de la virgen mercedaria, patrona de los presos y la libertad.

La noticia recogida por agencias internacionales me hace retornar por breves minutos a mi Habana a través de un viaje por los recuerdos y una realidad que continúa repitiéndose en el presente.

La Iglesia de la Merced fue el primer templo católico al que dirigí mis pasos en mi decisión de encontrar a Jesús. Antes había estado en otros. El Carmen, Sagrado Corazón de Reina o la Iglesia del Ángel. Pero la Merced, con su extrema belleza oculta entre los edificios semiderruidos del vecindario y apenas visible desde la parte más gris del puerto habanero fue la que atrajo definitivamente mis pasos. Una premonición de las ansias de libertad que aleteaban en mi corazón.

Recuerdo el 24 de septiembre de 1986 como experiencia personal extraordinaria. Eran tiempos en los que soplaban vientos esperanzadores de perestroika y glasnost. La emoción de rostros llenos de lágrimas rogando ante la imagen mariana libertad para un preso, salud para un enfermo o la posibilidad de un viaje por fraguar. Escenas que se multiplicaron y se hicieron patéticas con la llegada de los difíciles días del Período Demencial (Especial), el sufrimiento de la neuropatía o la crisis de balseros del 94.

Lejos estaba de suponer que aquella Iglesia se convertiría en mi recinto de libertad durante muchos años. Tantos como para permitirme permanecer en mi patria sin apremios de un exilio emergente. Al amparo de esa Virgen pude ver los años duros cuando las cadenas se cerraron sin escrúpulos y los gritos se alzaron con fuerza en reclamo de libertades. También fui testigo de la presencia de la policía política que detenía a participantes, introducía a sus oficiales de civil en  los predios eclesiales o rodeaba el exterior con una presencia evidente de efectivos y turbas traídas para dar lugar a la imagen de pueblo indignado y revolucionario. Incluso cuando trataban de cerrar a la fuerza las puertas de acceso al templo.

De allí vi sacar a Paula Valiente por los pelos, en plena misa oficiada por el obispo Ortega y casi antes los ojos perplejos de la concurrencia. Conocí a las mujeres del Comité Leonor Pérez (un adelanto de las Damas de Blanco) con sus rogativas por los familiares presos. Escuché las oraciones por María Elena Cruz Varela y los miembros de Criterio Alternativo, encarcelados durante la primera avalancha represiva que inauguró la década castrista de los noventa. Dieciocho 24 de septiembres que me hicieron vivir momentos inolvidables, trágicos algunos, tristes otros; esenciales todos para dar sentido a un propósito de liberación civilista.

A veces me llegan fotos de la celebración. Casi no reconozco los rostros. Algunos ya no estarán más. Unos por haberse marchado definitivamente de este mundo. Otros, un grupo cada vez mayoritario, desperdigados por ese mundo situado tras los mares que rodean la Isla. Pero la gente sigue acudiendo como cada año a llevar flores a la Virgen. No importa si le llaman Merced u Obatalá. Todos le piden libertad a su manera, un deseo que por sencillo no deja de ser esencial.

Por desgracia hay otra realidad que persiste en repetirse cada año en el entorno de semblantes crispados en su intento de evitar el clamor de un deseo tan generoso como el que motivó a un hombre cambiar su armadura por el tosco  hábito del predicador que en nombre de Cristo abrió puertas de liberación a los esclavos de su tiempo.

Para entender esta identidad protectora de los cautivos que promueve liberación hay que remontarse a los orígenes de la devoción mariana. Ir a la Barcelona de los tiempos medievales del 1218 cuando el capitán español Pedro Nolasco recibió en una visión el místico mensaje que lo llevó a conformar una hermandad que procurara la liberación de los miles de cristianos cautivos de los árabes. Muchos eran militares enrolados en las Cruzadas. Junto a ellos una mayoría de mujeres, niños y ancianos, quedaron en poder de los musulmanes cuando estos ocuparon las ciudades de dominio cristiano. Lo verdaderamente grandioso de esta misión radica en que el iluminado Nolasco no recibió como encomienda la conformación de un ejército libertador, cosa muy natural para un militar como  él.  La fe y la entrega sacrificial iban a ocupar el lugar de las armas a través de la labor de los hermanos mercedarios. Estos se  encargarían de ir en pos de  víctimas inocentes y desprotegidas comprando su libertad con oro, llegando incluso a cambiar la propia por las de los oprimidos. Cuentan que el gesto conmovió a no pocos de los jefes sarracenos que concedieron sin condiciones la liberación de sus esclavos europeos.  Un hecho extraordinario para un tiempo donde el pacifismo era una quimera y las espadas tenían la potestad de la palabra, incluso para predicar a Dios.

Ojalá los uniformados de esta hora, entrampados en otro tipo de guerra donde la religión no cuenta, comprendan la razón del llamado que hizo cambiar radicalmente la vida de personas endurecidas por la violencia  y el envilecimiento del odio hacia el contrario. Una razón que se basa en la misericordia a favor de los marginados de la sociedad, presentes en el apelativo de La Merced, advocación de María que es sinónimo de piedad, compasión, devoción, clemencia. Valores humanos que tanto necesita este mundo de hoy en el que Cuba no constituye una excepción.

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