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sábado, 30 de agosto 2014

Pablo de la Torriente Brau y su ‘remolino silencioso de la muerte’

“He tenido una idea maravillosa, me voy a España, a la revolución española”- Pablo de la Torriente Brau

Pablo de la Torriente Brau

MADRID, España, agosto, 173.203.82.38 -“He tenido una idea maravillosa, me voy a España, a la revolución española”, escribía Pablo de la Torriente Brau en carta fechada en Nueva York el 6 de agosto de 1936. Y poco después se embarcaba para la España republicana para “ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha… A contemplar incendios y fusilamientos. A estar junto al gran remolino silencioso de la muerte….”.

Confieso que hace cuarenta años me cautivaba la agilidad del estilo de Pablo de la Torriente. No reparaba entonces en esos espasmos izquierdistas que van del choteo al regodeo en lo macabro, de la idea fija de la revolución sangrienta a la obsesión con la muerte. Cuando leí por primera vez sus cartas y crónicas sobre la Guerra Civil Española no sentí el sabor amargo de ahora releyendo el pasaje citado al inicio. El cronista parece tragarse el mundo con su entusiasmo militante, pero en un par de líneas le da un giro brusco a su alegre aventurerismo para caer en ese culto a la muerte tan propio de la necrofilia revolucionaria.

Como tantos intelectuales de entonces (de hoy), el escritor cubano de origen puertorriqueño tendía a relativizar los crímenes cometidos en nombre de la revolución y el socialismo con el argumento de que es el precio a pagar por el avance del “proceso”. Una coartada a la que tanto se recurrió para racionalizar los desmanes del totalitarismo comunista en el siglo XX.

Pablo de la Torriente, sin embargo, va mucho más allá de la mera racionalización. El cronista no se queda en el papel pasivo del outsider, del intelectual que teoriza de lejos sobre la supuesta bondad de los fines para justificar los medios violentos, sino que se entrega al rol activo del miliciano ávido de aventura y sangre fresca enemiga. De ahí su fruición por adelantado en el espectáculo de las ejecuciones sumarias y su falta de pudor a la hora de confesar que se iba a España “a contemplar incendios y fusilamientos”. Huelga aclarar que se refería a las ejecuciones del bando rojo y a las atrocidades perpetradas en nombre de la dictadura del proletariado.

En el contexto de crispación que imperaba en España durante la II República, sobre todo en la última etapa del Frente Popular, la radicalización al rojo se encaminaba a marchas forzadas hacia la sovietización del país. Con decir que hasta a la emblemática Gran Vía le cambiaron el nombre para rebautizarla como Avenida de la Unión Soviética. Un homenaje a una potencia extranjera, totalitaria por más señas, en el que se mezclaba el servilismo con el mal gusto de los comisarios para renombrar las cosas. Pero lo de menos sería la cuestión del nombre desafortunado en comparación con los demás horrores.

Las garantías procesales habían quedado totalmente relegadas como rezagos de la justicia burguesa, en tanto que al imperio de la ley le sucedía el reino de la arbitrariedad en esa república sectaria que los nostálgicos del totalitarismo
siguen añorando aún. No pocas veces bastaba con llevar un crucifijo o una corbata —incluso ¡un sombrero de paño!— para ser acusado de fascista y terminar siendo fusilado sumariamente. El Estado de derecho era menos que una entelequia en aquella sociedad tan dolorosamente polarizada, especialmente tras el recrudecimiento de la represión en la retaguardia republicana durante la guerra. Lo que, según la imagen tenebrosa de Pablo de la Torriente, no dejaba de tener el irresistible atractivo del “gran remolino silencioso de la muerte”.

Mas no vale la pena condenar taxativamente al corresponsal de guerra devenido comisario y muerto en combate a los 35 años en las trincheras de  Majadahonda, apenas tres meses después de su llegada a España. El malogrado narrador y periodista no rebasó la edad romántica. No sobrevivió al conflicto bélico ni dispuso de tiempo para reflexionar sobre sus excesos. Fue en definitiva un hijo de su tiempo y, como tal, vivió y murió bajo el signo de una época en que muchos escritores creían como un artículo de fe que la esclavitud al estilo soviético era el súmmum de la felicidad proletaria.

Más que someter su figura al juicio a posteriori, lo que más nos interesa es señalar ese doble rasero moral que ha llevado a tantos intelectuales a condenar la más mínima injusticia bajo el capitalismo mientras justifican y respaldan las tropelías del terror revolucionario. Hoy el del régimen castrista, como ayer, en España, el de aquella república sectaria de unos contra otros, tan alejada del ideal martiano de una república “con todos y para el bien de todos”.

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