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jueves, 23 de octubre 2014

Mis Navidades de 1958

Pocos se atrevían a ir al cine aterrorizados por los bombazos de los chicos de Acción y Sabotaje

MADRID, España, 29 dic.11 – A media mañana me encontraba jugando con los amiguitos en el patio sin cerca de los Yera, que quedaba casi frente a casa y era una especie de ‘playground’ abierto y democrático a la sombra de dos frondosas anacahuitas, esos árboles de fruto explosivo que jamás he vuelto a ver en ningún sitio. Y en eso llegó mi madre, muy nerviosa, y se puso a hablar con las vecinas Pura y Haydee. “Muchachos, a la casa, que esto pinta mal”, nos advirtieron al unísono. Los rebeldes estaban a punto de tomar Cumanayagua, y los guardias de Batista habían emplazado baterías de grueso calibre en los puntos más estratégicos del pueblo. Al fin la guerra de verdad, pensaba uno, anticipando emociones propias de las películas de tiros y vaqueros.

Era 24 de diciembre, pero no había Nochebuena. En cierta forma me alegraba por no tener que oír a mis hermanas, unos años mayores que yo, desafinando con el villancico de la cueva de Belén y su fin-fan-fun. La resistencia urbana del M-26-J había lanzado la consigna 0 – 3 – C: cero cena, cero cine y cero cabaret. En el pueblo no había ese tipo de centros nocturnos que en la época llamaban ‘night clubs’, pero había un cine al que pocos se atrevían a ir en los últimos tiempos por temor a los bombazos de los audaces chicos de Acción y Sabotaje. De hecho, las familias evitaban ir con niños a lugares donde hubiera aglomeraciones. “La cosa está de bala”, era el dicho de entonces, al que algunos le agregaban: “pero lo que no hay es que morirse”. En fin, que no había cena ni espíritu navideño. El terror revolucionario generaba más miedo que la Policía batistiana.

El 58 fue un año que marcó al niño de seis años que yo era entonces. Observaba lo que ocurría a mi alrededor sin comprenderlo del todo, pero entendiéndolo muy bien a mi manera. A comienzos de año un sobrino de mi abuela, primo favorito de mi mamá, se había alzado por embullo en las cercanas lomas del Escambray y poco tiempo después se arrepintió. Bajó al pueblo, lo prendieron y se dispararon todas las alarmas en la familia. Hubo que buscarle una buena palanca para sacarlo del calabozo en un par de días y enviarlo ‘exiliado’ a La Habana, tal y como recomendara el mismo político cienfueguero que había intercedido por su liberación.

Meses después, desde un tren en marcha, tirotearon a mansalva el cuartel de la Guardia Rural que se hallaba a una cuadra de la estación de ferrocarriles. Y de paso, no pocas balas hicieron impacto en las casas aledañas. De milagro no mataron ni hirieron a nadie,  ya fuera militar o civil. Quizás no hubo víctimas que lamentar porque todo el mundo andaba recogido a la hora del mediodía. El calor abrasaba en esa acera del sol por la que yo tantas veces había transitado. Una tía, que vivía cerca del cuartel, quedó profundamente afectada. Tanto, que se mudó de allí inmediatamente.

Pero lo que le puso la guinda al pastel fue lo que nos ocurrió en los primeros días del mes de diciembre. A mi abuelo, que no era batistiano y les pagaba a los rebeldes el ‘impuesto revolucionario’ para poder ir a la finca a ver sus vacas, le montaron algo bastante parecido a un acto de repudio. Mandó a pintar la casa, como era de costumbre por Navidades, al menos cada dos años, y una mañana se levantó para ver la fachada toda rayada a carbón. Y lo más atemorizante, un cartelito con una amenaza explícita aunque poco ortográfica: CASA PINTÁ — VIEJO ORCAO. La abuela se alteró como nunca se le había visto y hasta le subió la presión arterial. Aquello iba mucho más allá de la consigna, o si se quiere la amenaza, del 0 – 3—C.

Uno, que era apenas un fiñe, oía a los mayores y podía darse cuenta de que algo realmente tremebundo se nos venía encima. La verdad que el régimen apuntaba maneras autoritarias mucho antes de llegar al poder. Sin haber ganado todavía la guerra (que en realidad se concretó a unas cuantas escaramuzas), se sentían con derecho a decidir lo que se podía o no se podía hacer. Pero eso no era más que un avance de lo que vendría después, cuando tuvieran bien agarrada la sartén por el mango. Todo se andaría, y muy rápido.

Aquel 24 de diciembre, sin embargo, el drama apenas comenzaba. A eso del mediodía por fin hicieron su entrada triunfal las tropas de Morgan y Menoyo. Los rebeldes del Segundo Frente tomaron el pueblo como quien se toma un vaso de agua. La plaza había sido abandonada por los soldados del Ejército Nacional (más la Policía y la Rural) que cogieron las de Villadiego, o más exactamente, la carretera de Cienfuegos. No digo que Cumanayagua fuera una ciudad abierta, porque obviamente ese embrión de pueblo no era el París indefenso poco antes de la ocupación nazi. Pero fue igualmente un paseo militar. Sin contratiempos y sin resistencia. Sin pena ni gloria.

Muchas mujeres del barrio se vistieron de rojo y negro y se apiñaron en la esquina del Liceo para ver pasar a los guerrilleros. Pero se quedaron con las ganas porque no pasaron por allí. Para mí que no hubo ningún desfile militar. O si lo hubo, fue muy limitado. O en todo caso, no me acuerdo. Ya se sabe que la memoria funciona a través de filtros selectivos, de modo que uno recuerda unas cosas y olvida otras. Lejos de pretender el don de la ubicuidad o la omnisciencia, yo no era más que un muchachito con los ojos abiertos que de pronto se enteraba de que su pueblo era ya territorio libre de Cuba. Así mismo decían, aunque a la distancia de 53 años nos suene más ridículo que trágico.

Por la noche, nada de cena en la casa. Creo que ni siquiera se sirvió una comida como Dios manda. Para colmo, salí al portal y un rebelde que pasaba por la calle tuvo la ocurrencia, ante mis ojos y a menos de tres metros, de descargar un par de ráfagas al aire. De más está añadir que, del susto, salí corriendo despavorido hasta el fondo de la casa. Pero no lo culpo. Era su modo de celebrar la victoria, o de marcar su territorio a lo macho guerrillero. Y, en definitiva, era casi tan muchacho como yo.

Al día siguiente, 25 de diciembre, desde muy temprano empezaron a recibirse en casa las visitas de los rebeldes amigos o parientes de la familia. La verdad que ni me imaginaba entonces que tuviera varios primos que se alzaron en las montañas del Escambray. Quien más se destacaba por su estampa de cowboy al duro no tenía barba ni bigote. Era Ofelia la guerrillera, una prima de mi papá, muy delgada ella pero con don de mando y un pistolón al cinto para marcar distancias. Todos, menos Ofelia que se volvió ñángara, muy pronto se virarían contra el régimen, cumplirían años de prisión y partirían al exilio o al destierro en Pinar del Río. Pero de momento ninguno de ellos sospechaba que su alegría victoriosa iba a durar tan poco tiempo.

Al caer la tarde fui con mi papá a dar una vuelta por el centro del pueblo. Nos sentamos en un banco del Prado y desde allí contemplaba el ir y venir de los barbudos y sus numerosos admiradores y admiradoras. Le pregunté al viejo si no le daba miedo todo aquello. “Miedo, ¿a qué?”, me respondió riéndose, pero a mí no me engañaba. No se le veía nada contento con lo que estaba sucediendo.

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