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lunes, 20 de octubre 2014

Manipulación religiosa: extremismos e intolerancias

La práctica destructiva islamista parece ser un hecho generalizado y no obra individual de una pandilla

MIAMI, Florida, septiembre, 173.203.82.38 –

La uniformidad es la muerte, la diversidad es la vida.
Mijail Bakunin

MIAMI, Florida, septiembre, 173.203.82.38 -Tras el atentado terrorista en Bengazi en el que resultaron muertos el embajador y tres funcionarios de la delegación norteamericana, las protestas violentas contra locaciones diplomáticas de Estados  Unidos continúan verificándose con virulencia en diferentes países musulmanes. El contenido anti islámico de una película producida en California sirve de pretexto a unas demostraciones injustificadas toda vez que la factura del filme se atribuye a dos personas de origen egipcio que profesan el cristianismo copto y residen en Los Ángeles.

A pesar de los descargos de responsabilidad y las disculpas del gobierno estadounidense mostrando su rechazo a este hecho, la quema de banderas y fotos de Obama junto a los reclamos agresivos de manifestantes dispuestos a demoler las edificaciones diplomáticas siguen siendo  noticia. Las protestas, dirigidas también hacia Alemania e Israel, pudieran cobrar nuevas dimensiones luego que dos revistas humorísticas europeas la emprendieran con el Profeta de la religión musulmana, elevando las tensiones ya bastante candentes.

El ayatolá Alí Jamenei, Guía Supremo iraní pidió que Estados Unidos “castigue” a los autores de una película considerada insultante para el islam. Pero renglones seguidos responsabilizó al gobierno estadounidense y al sionismo de lo que califica un crimen. Por su parte una marcha organizada por el grupo chií Hezbolá en la ciudad libanesa de Sidón, enarboló los lemas de “¡Muerte a Estados Unidos! y ¡Muerte a Israel!”.

No es la misma respuesta de todos los musulmanes. El partido islamista que gobierna en Túnez, condenó las caricaturas como un acto de “agresión” contra Mahoma pero a su vez instó a evitar caer en una trampa diseñada por “partidos sospechosos para poner fin a la Primavera Árabe y llevarla a un conflicto con Occidente”.

Es extraordinario este giro de unos acontecimientos surgidos a partir de un hecho, lamentable ciertamente, pero difícil de evitar en una sociedad como la occidental, y en particular la norteamericana, precisamente en una de las ciudades más cosmopolitas de esa nación en la que conviven emigrantes de todo el planeta con diferentes puntos de vista religioso y cultural, destacando en el variado mosaico la comunidad musulmana.

Una larga lista de acciones cometidas por el ala más extremista del islamismo muestran una cara que poco se corresponde con el respeto que piden sus líderes para la religión y valores que profesan. Los actos sangrientos contra la comunidad copta en Egipto en fecha reciente o los ocurridos en Nigeria contra los cristianos de esa nación africana ponen de manifiesto una alta intolerancia de grupos musulmanes radicales cuyo accionar preocupante no puede reducirse al de minorías extremistas.

El respeto hacia la fe reclamado de manera justa por la población musulmana en diferentes partes del mundo no ha funcionado cuando se trata de su observancia en la parte reclamante de esa turba integrista que lanza insultos y amenazas contra Occidente.  Así la mayor estatua de un Buda, tallada en las rocas afganas de Barmiyán, fue destruida por los talibanes que se ensañaron con una reliquia milenaria de la cultura universal usando misiles, tanques y cañones para destruirla.

La práctica destructiva parece ser un hecho generalizado y no obra individual de una pandilla insignificante. Radicales islamistas barrieron varias tumbas de la famosa mezquita Djingareyber en Tombuctú. El monumento del siglo XIV calificado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, fue demolido a golpes de pico. Igual suerte corrieron al menos ocho de los 16 mausoleos de la legendaria ciudad africana y una puerta sagrada de la mezquita Sidi Yahya, al ser consideradas una idolatría no islámica.

El hecho también se verificó en Libia en el pasado agosto cuando se usaron excavadoras para destruir una parte del mausoleo dedicado al sabio Al Shaab al Dahmani. Su tumba, lugar de peregrinación para los propios musulmanes, fue profanada por quienes se oponen a su veneración. La misma historia ocurrió a 160 km al este de Trípoli en la tumba del jeque Abdesalem al Asmar, un teólogo sufí del siglo XVI, o en los actos de vandalismo contra una biblioteca y la universidad que llevan el nombre del jeque Al Asmar.

Pero no solo las obras inanimadas reciben la furia del fanatismo religioso. Quizás uno de los hechos más elocuentes es lo ocurrido recientemente con Rimsha, una joven analfabeta de apenas 14 años de edad y problemas mentales, detenida en Islamabad tras haber sido acusada de quemar unos papeles que contenían versículos del Corán, una falta castigada con cadena perpetua en Pakistán. El caso dio un vuelco cuando la policía detuvo al imán de la mezquita cercana a la residencia de la muchacha cristiana y lo acusó de haber introducido él mismo las páginas del Corán en las hojas quemadas para provocar la expulsión de los cristianos de la zona. Grupos de derechos humanos han documentado en los últimos años ataques sufridos por las minorías religiosas de Pakistán que han sido objeto de ataques violentos, acusaciones de blasfemia y asesinato. Rimsha fue liberada finalmente bajo una fianza equivalente a unos diez mil dólares, según informes de fuentes noticiosas.

Salman Rushdie es otro ejemplo de esta forma tan peculiar de reclamar respeto para la fe propia por métodos criminales. El escritor británico lleva desde 1989 un precio sobre su cabeza impuesto por el decreto religioso del imán Jomeiny, jefe de la revolución islámica iraní, que llamó a todos los musulmanes a matar al autor de “Los Versos Satánicos”’, solo por considerar que este libro es blasfemo. Al calor de las recientes protestas la recompensa fue incrementada del medio millón a más de tres millones de dólares.

Los hechos ocurridos en estos días ponen de manifiesto varias cuestiones. La primera es la ganancia que con estos vientos cosechan los extremistas de todas las creencias e ideologías, aprovechando la ignorancia y explotando sentimientos para desviar cuestiones culturales hacia el terreno de la confrontación, un sitio cómodo para establecer un control que nada tiene que ver con conceptos religiosos basados en el amor y el respeto. Otro detalle que salta es la realidad que confronta el mundo Occidental visto como un enemigo potencial por quienes ven en su modelo de cultura, vida y democracia un peligro para la supervivencia de sus tradiciones, un efecto que en el mundo globalizado de hoy resulta difícil de impedir y que tiene como agravante que ese mismo espacio satanizado recibe a millones de emigrantes musulmanes que buscan refugio, trabajo, posibilidades de estudios y mejores condiciones de vida. No es infrecuente que muchos de ellos no solo sigan sin aceptar la experiencia en la que conviven, sino que la rechacen con mayor fuerza sin siquiera intentar comprenderla.

Corresponde a esos mismos emigrados que hoy se asientan en una tierra que no les pregunta por sus creencias y valoraciones culturales que de alguna manera contribuyan para servir de puente que posibilite la comprensión entre dos mundos con diferencias contrastantes. Resultaría  paradójico el silencio y la pasividad de quienes en momentos de tensión como los actuales pudieran hacer un aporte al entendimiento buscando que sus hermanos de fe entiendan, sin menoscabo  para sus criterios, el funcionamiento de una realidad en la que no viven. Permanecer al margen sería dar pábulo a la distorsión que provoca el fanatismo alentado por oscuros intereses y falsos presupuestos.

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