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El
bonsái social cubano
Por Miguel Saludes
En los años noventa un humorista cubano
recreó en el espacio de un popular programa
televisivo lo que pudiera ser la imagen ilustrativa
de la sociedad cubana actual. Matute, personaje
encarnado por el actor Ulises Toirac, provocó
la risa en millones de hogares en la Isla a la
vez que llevó a reflexionar a muchos telespectadores
sobre la verdad del sistema que gobierna el país.
El episodio satírico versaba sobre una
entrevista hecha por cierto medio informativo
a un campesino criollo creador del primer bonsái
que prescindía de la poda de ramas y raíces,
ni de transplantes a macetas. La respuesta de
cómo las plantas se mantenían en
su sitio de origen sin crecer una pulgada contenía
una de las mejores agudezas utilizadas para criticar
al régimen totalitario o al menos casi
todo el mundo lo vio de esa manera.
El personaje ficticio expuso su método,
al que calificó de más humanizado
por evitar que las plantas escogidas para permanecer
enanas tuvieran que sufrir los hasta entonces
inevitables cortes. Basada en la persuasión,
su técnica consistía en advertirles
a los pequeños árboles lo adecuado
de dejar de crecer y mantenerse a una altura pareja.
Esta advertencia era seguida por amenazas sobre
todos los males que les acarrearía la osadía
de alargar sus tallos algunos milímetros.
En caso de reincidencias se aplicaba el bochorno
colectivo, haciendo que el infractor se sintiera
disminuido ante sus compañeros de plantación
y reconsiderara seguir en su empeño de
crecer. Matute también empleaba carteles
que ponía alrededor de todo el terreno
en los que advertía que cualquier crecimiento
mínimo sería considerado un acto
de traición y que el infractor sería
arrancado de raíces y echado a los cerdos.
Los resultados obtenidos eran palpables. Ni las
palmas se atrevían a imponer su estatura,
igualándose a los más insignificantes
arbustos.
Muchos hoy todavía se cuestionan sobre
la razón de que el pueblo cubano parezca
adormecido, incapaz de alzar la voz ante tanta
injusticia, mostrando lo que parece ser un miedo
paralizante. Rodeada de una muralla de mitos humanos
e históricos de donde apenas logran salir
personas con criterios demasiado independientes
la sociedad cubana apenas ha podido crecer con
plenitud. La parodia de las plantas tratadas a
la manera del ingenioso Matute, se ajusta muy
bien al proceso acontecido en Cuba durante más
de cuatro décadas.
La sobreprotección de un Estado fuertemente
impuesta a los retoños humanos que quiere
amoldar según sus criterios masificadores,
donde supuestamente quedarían eliminadas
las diferencias, pero con el costo de mantener
un mismo tamaño, no trajo por consecuencia
el logro de una persona mejor. La proliferación
de sentimientos tan perjudiciales como la envidia
y el desdén hacia quienes mostraban capacidad
a hacerse diferentes por su empeño, vino
acompañado de un no menos nocivo apacentamiento
de humildad e inferioridad ante el resto, que
debería asentir con alegría que
nadie tuviera una estatura mayor que la establecida
por los cánones oficiales para el ciudadano
socialista modelo. Aburguesados, intelectualoides,
siquitrillados burócratas, confundidos
y hasta amorales ideológicos, fueron las
expresiones utilizados por el Matute en Jefe para
reducir a quienes demostraban un crecimiento fuera
de lo común. Como en el bonsái del
cuento, también se aplicaron las amenazas
y castigos a quienes descubrieron su naturaleza
independiente. Las celdas, el destierro o la disposición
ante la turba es la mejor comparación con
la explicación de la imagen del arbusto
que ha dejado de crecer aún con todas sus
partes en función. Es una técnica
muy efectiva la de sembrar el miedo a desarrollarse
con libertad, así como el sometimiento
colectivo ante los reglamentos establecidos para
decir como escribir, pensar o hablar.
Al final, aunque se cumplieran las bondades del
hacedor del árbol pigmeo, el resultado
siempre hubiera sido triste y desesperanzador.
Una planta original metida en la frialdad de una
maceta, dependiente de las dosis de agua, abono
y sol que le corresponden en ese estado artificial,
tal vez libre del peligro de los rayos, sequías,
ciclones, pero sin belleza natural. Así
viven las personas bajo el totalitarismo, que
proclama tenerles garantizado un futuro tranquilo,
estudios, salud y alimentación gratuitos.
Todo dado por dosificación gubernamental.
Si se cumplen las disposiciones del bondadoso
jardinero no hay nada que temer, siempre y cuando
no se intente salir del espacio diseñado
para mantener el formato del pueblo o sociedad
"ideal". El árbol crecido en
libertad, al igual que las sociedades libres,
puede ser afectado por los avatares externos,
pero su crecimiento se produce en toda dimensión,
sin artificios, adornos y mentiras.
Quizás el enanismo artístico de
resultado con ciruelos, naranjos y otros árboles.
Pero no con los hombres. Aunque bajo licencia
poética se les compare con sus hermanos
vegetales, se busquen similitudes y hasta se haya
comprobado que estos últimos son capaces
de responder a estímulos exteriores, existe
una diferencia vital entre ambos y es que el ser
humano ha sido creado para la libertad. Los peligros
y los miedos ante lo desconocido constituyen más
bien un estímulo para que el hombre siga
buscando, avanzando y creciendo en su desarrollo.
Este espíritu es el que impulsa a toda
la comunidad humana cuya misión es caminar,
aunque sea en el mismo sitio.
Aquel chiste fue costoso para el actor, quien
estuvo varios meses sancionado sin salir en la
pequeña pantalla. Todo porque su broma
encerraba la demoledora verdad sobre un sistema
que ha querido convertir a la sociedad que domina
en un gigantesco bonsái al que pretendido
mostrar como obra perfecta del endiosamiento de
un régimen que quiso diseñar a su
manera el crecimiento de la nación cubana.
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