OPINIONES
Diciembre 19,2005

Cuando no se puede más que dar gracias

Miguel Saludes

En aquella calle de Juanelo existían tres hogares que no eran bien vistos por los revolucionarios del lugar. Corrían los últimos años de la década del sesenta y la noticia de muerte del Che iba siendo desplazada por la del comienzo de una zafra azucarera de proporciones gigantescas que cambiaría la suerte del país.

En una de las casas residía un preso político recién salido de la cárcel que escandalizaba al barrio con la Voz de las Américas. La inconfundible marcha que identificaba a la emisora norteamericana contaminaba la pureza ideológica del ambiente, llenando de ira a los miembros del CDR. Pero el fiel oyente de la repudiada emisora apenas se inmutaba y cada noche seguía escuchando las noticias emitidas desde el exterior. A pocos pasos y en la misma acera, vivía un núcleo familiar cuyos miembros pertenecían a los Testigos de Jehová. Cruzando la calle estaba el tercer hogar problemático. Sus integrantes tal vez eran los únicos que practicaban a cara descubierta el catolicismo en aquella barriada, y a pesar de que sus vecinos ponderaban su bondad y decencia, se les tildaba de elemento extraño del vecindario.

Años más tarde uno de los hijos del hombre que ponía a todo volumen la radio extranjera se reencontraba con su convecino católico. Después de largo tiempo sin verse, Omar Rodríguez Saludes y Manolo García se reconocían en un pasillo del Arzobispado de La Habana. La vida había trazado para ellos senderos diferentes pero nada distantes de los que conocieron en la niñez. Omar era disidente y miembro de la prensa independiente cubana y Manolo economista devenido en administrador de la sede archidiocesana.

No pasaron muchos meses de ocurrido el encuentro cuando Manolo supo que Rodríguez Saludes estaba entre los sentenciados en los juicios políticos del 2003. Cada vez que coincidíamos en la casona católica habanera Manolo comentaba lo absurdo y tremendo de la sanción dictada contra Saludes. Desde el principio se puso a disposición del condenado, y tan pronto me veía cortaba cualquier asunto que estuviera tratando para saber de la situación del preso y su familia. Al despedirse siempre dejaba en el aire una constante propuesta en la que enfatizaba su disposición de ayudar al recluso en cualquier cosa que fuera necesaria. Nunca la familia del prisionero utilizó aquel generoso ofrecimiento, pero el gesto solidario era más que suficiente para ellos.

Hace unos días supe que Manolo falleció afectado por no sé que repentina enfermedad. Pocas horas antes de salir de Cuba lo vi en sus ajetreos administrativos, animoso y aparentemente saludable. Le acababa de nacer un nieto y ese hecho le hacía visiblemente feliz. La muerte es un asunto cotidiano desde que nacemos a la vida, pero su realidad siempre nos resulta dura de aceptar, mucho más cuando se presenta de manera inesperada y en los momentos en que no contamos con su impronta. Nunca pensé que en un futuro e hipotético viaje de regreso a mi ciudad, sería precisamente ésta una de las personas que no volvería a encontrar.

La noticia se hace más lamentable por la ausencia que hizo imposible compartir el dolor con su familiares y así retribuir de alguna manera la bondadosa cercanía que él demostró con los que sufrían una especie de muerte en vida. Sólo me queda escribir estas palabras, elevar al cielo una oración y vivir con la esperanza de que en algún momento no lejano estaré de vuelta junto con Omar Rodríguez por esos pasillos desandados en su diligente labor, y allí mismo darle nuestro tributo y agradecimiento a Manolo García.

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