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Cuando
no se puede más que dar gracias
Miguel Saludes
En aquella calle de Juanelo existían tres
hogares que no eran bien vistos por los revolucionarios
del lugar. Corrían los últimos años
de la década del sesenta y la noticia de
muerte del Che iba siendo desplazada por la del
comienzo de una zafra azucarera de proporciones
gigantescas que cambiaría la suerte del
país.
En una de las casas residía un preso político
recién salido de la cárcel que escandalizaba
al barrio con la Voz de las Américas. La
inconfundible marcha que identificaba a la emisora
norteamericana contaminaba la pureza ideológica
del ambiente, llenando de ira a los miembros del
CDR. Pero el fiel oyente de la repudiada emisora
apenas se inmutaba y cada noche seguía
escuchando las noticias emitidas desde el exterior.
A pocos pasos y en la misma acera, vivía
un núcleo familiar cuyos miembros pertenecían
a los Testigos de Jehová. Cruzando la calle
estaba el tercer hogar problemático. Sus
integrantes tal vez eran los únicos que
practicaban a cara descubierta el catolicismo
en aquella barriada, y a pesar de que sus vecinos
ponderaban su bondad y decencia, se les tildaba
de elemento extraño del vecindario.
Años más tarde uno de los hijos
del hombre que ponía a todo volumen la
radio extranjera se reencontraba con su convecino
católico. Después de largo tiempo
sin verse, Omar Rodríguez Saludes y Manolo
García se reconocían en un pasillo
del Arzobispado de La Habana. La vida había
trazado para ellos senderos diferentes pero nada
distantes de los que conocieron en la niñez.
Omar era disidente y miembro de la prensa independiente
cubana y Manolo economista devenido en administrador
de la sede archidiocesana.
No pasaron muchos meses de ocurrido el encuentro
cuando Manolo supo que Rodríguez Saludes
estaba entre los sentenciados en los juicios políticos
del 2003. Cada vez que coincidíamos en
la casona católica habanera Manolo comentaba
lo absurdo y tremendo de la sanción dictada
contra Saludes. Desde el principio se puso a disposición
del condenado, y tan pronto me veía cortaba
cualquier asunto que estuviera tratando para saber
de la situación del preso y su familia.
Al despedirse siempre dejaba en el aire una constante
propuesta en la que enfatizaba su disposición
de ayudar al recluso en cualquier cosa que fuera
necesaria. Nunca la familia del prisionero utilizó
aquel generoso ofrecimiento, pero el gesto solidario
era más que suficiente para ellos.
Hace unos días supe que Manolo falleció
afectado por no sé que repentina enfermedad.
Pocas horas antes de salir de Cuba lo vi en sus
ajetreos administrativos, animoso y aparentemente
saludable. Le acababa de nacer un nieto y ese
hecho le hacía visiblemente feliz. La muerte
es un asunto cotidiano desde que nacemos a la
vida, pero su realidad siempre nos resulta dura
de aceptar, mucho más cuando se presenta
de manera inesperada y en los momentos en que
no contamos con su impronta. Nunca pensé
que en un futuro e hipotético viaje de
regreso a mi ciudad, sería precisamente
ésta una de las personas que no volvería
a encontrar.
La noticia se hace más lamentable por
la ausencia que hizo imposible compartir el dolor
con su familiares y así retribuir de alguna
manera la bondadosa cercanía que él
demostró con los que sufrían una
especie de muerte en vida. Sólo me queda
escribir estas palabras, elevar al cielo una oración
y vivir con la esperanza de que en algún
momento no lejano estaré de vuelta junto
con Omar Rodríguez por esos pasillos desandados
en su diligente labor, y allí mismo darle
nuestro tributo y agradecimiento a Manolo García.
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