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El
legado de Rosa Berre
Diosmel Rodríguez
Hay personas que sin proponérselo dejan
un gran legado, ese es el caso de Rosa Berre.
Modesta en extremo y de una sencillez tremenda,
casi de forma silente dejaba día a día
todas sus energías en el trabajo por la
libertad de Cuba. No con esa retórica de
la patria incorporada, sino de forma práctica
a través de la sociedad civil, algo en
que creía desmedidamente.
No quiero hacer un recuento de sus virtudes,
algo que la haría sonrosarse, ni nunca
esperé tener que escribir esta nota, pero
en justicia a su esfuerzo tengo que escribirla,
con la emoción de un poema, más
que de un simple artículo, porque la vida
de Rosa, más que todo, era poesía.
Mi vida personal está llena de ella,
de su cariño y lealtad incondicional, o
condicional a sus principios que respaldaban los
míos, porque nunca padeció de esa
ambición personal que la hacía temer
del talento ajeno. Confiaba en el suyo propio
y con él enfrentaba a sus posibles enemigos.
Eso me enseñó a mí también
Rosa.
En los momentos estériles de un exilio,
que a veces se torna hostil, siempre tuve el apoyo
emocional y comprensivo de Rosa. Hoy siento ese
temor e inseguridad que experimenta el ser humano
cuando pierde a sus padres, entonces para mi,
ella era uno de ellos.
No se llena el vacío de Rosa con una
simple nota de dolor, ni se puede sustituir su
amistad con una nueva, sólo me queda para
aliviar ese dolor que me oprime el pecho y me
quiebra la garganta, retomar sus energías
y esparcirlas por los campos de Cuba, en busca
de nuevas rosas blancas, o de white rose, como
ella solía llamarse.
Un hasta pronto hermana, y seguiré luchando
hasta que pueda alcanzarte.
Miami 23 de octubre, 2006.
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