OPINIONES
Septiembre 23, 2007

Para que Cuba funcione bien

Miguel Saludes

¿Habrá cambios en Cuba bajo Raúl Castro? Y de haberlos ¿cómo serán? Son las dos grandes interrogantes planteadas en el drama cubano de acuerdo al escenario en que se está desarrollando. Mientras el Invisible en Jefe parece estar cada vez más próximo a dar el mutis definitivo, en la Isla se van perfilando las líneas de la política de su sucesor en el poder. El General Castro y algunas de las figuras que pudieran estar más identificadas con su persona, comienzan a trazar el derrotero de los que algunos consideran primeros pasos para un proceso de reformas.

Los ojos de gran parte del mundo están fijos en el personaje que pasó a representar el rol protagónico en los acontecimientos de Cuba. En sus manos se encuentra re escribir el libreto que pueda producir un desenlace imprevisto. Por el momento todo el argumento se mueve en torno a la economía. Lo expresó muy sintéticamente Enrique Iglesias, Secretario General Iberoamericano, cuando manifestó que en la Isla existe una mejoría en materia económica y que el país funciona, que es lo importante. Lo demás no parece serlo, al menos para el señor Iglesias.

En una entrevista concedida a la agencia EFE el presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), Carlos Lage Codorniu reafirmó que los esperados cambios llegarán por las puertas de la cocina. En su manera de enfocar el problema, la población necesita ver realizadas las bondades de la Revolución en el plato de comida. Según el dirigente estudiantil, el socialismo cubano no niega las ventajas de las cosas materiales y mucho menos está atado a dogmas. Una muestra de este criterio son las medidas aplicadas por la actual administración raulista. Mayor atención a los cooperativistas, descongelamiento de sus cuentas bancarias y aumento de pagos por la producción que ellos obtengan. A esto se añade la reciente flexibilización de regulaciones aduanales y un discurso crítico a la burocracia administrativa, responsabilizada con la falta de alimentos, como la leche o el abandono de los campos.

Ya en los ochenta se vio algo de todo esto. Cambios económicos, aperturas en la producción agrícola y cierto mejoramiento ostensible en la vida del cubano sencillo. Aparejadas a las mejoras nacieron las inquietudes de una sociedad que quería abrirse a otros horizontes. Eran tiempos de cambio en todo el mundo. Y vino la rectificación que significó un salto atrás, un retraso en años, ante la supuesta meta de las reformas. A poco se llega a los límites de Kampuchea, cuya sombra siniestra sobrevoló la Isla antillana en un planificado Período Especial, que por suerte no se cumplió en todos sus capítulos.

Dos décadas han pasado desde aquellos tiempos que parecían prometedores. Ahora el General se pronuncia sobre el reinado del marabú, señalado anteriormente por muchos de los que hoy cumplen prisión política. Aunque Castro promete romper con las espinas que simbolizan la ineficacia de la administración totalitaria, nada dice sobre las aspiraciones de libertad ciudadana. Más lentejas pero sin quitar las cadenas.

Por otra parte una incontenible marea de compatriotas sigue poniendo todas sus esperanzas en un éxodo que se muestra interminable. El propio Lage Codorniu expresó su preocupación al respecto, cuando consideró a la emigración más peligrosa que la contrarrevolución. Y tiene razón. La salida masiva de cubanos es fruto de un sistema que se contradice a sí mismo. Es fatal para el país, porque de continuar esta sangría el futuro queda seriamente comprometido. Las ansias por emigrar en personas que poseen un modo de vida desahogado, comparativamente, demuestran que las cosas no se resuelven con mejorar el contenido del plato de comida. Tampoco llenado los bolsillos con más dinero y mucho menos con más adoctrinamiento ideológico.

Se puede coincidir con lo planteado por el joven Lage sobre la solución a esta problemática. Según dijo esta se encuentra en la discusión y el análisis para hacer los cambios necesarios. Solo faltó señalar que en el debate se precisa la participación de todos los que han sufrido esta problemática. Los encarcelados por ejercitar el derecho a la libre expresión. Los marginados por no concordar con los parámetros de la ideología imperante. Los que pueblan rincones impensables del planeta y que por una razón u otra han tenido que abandonar la tierra en que nacieron. Los que aplauden al socialismo y los que no comparten esa doctrina. El reto mayor que debe afrontar la futura dirigencia de la Isla es asumir el gran diálogo de toda la Nación, si se quiere de una vez recomponer las fibras rotas de la sociedad. La puesta de esa mesa, y no la de la cocina, será la que determine el camino hacia las transformaciones que necesita Cuba. Hasta entonces sus hijos seguirán viviendo en la incertidumbre, a pesar de que la economía funcione.

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