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Para
que Cuba funcione bien
Miguel Saludes
¿Habrá cambios en Cuba bajo Raúl
Castro? Y de haberlos ¿cómo serán?
Son las dos grandes interrogantes planteadas en
el drama cubano de acuerdo al escenario en que
se está desarrollando. Mientras el Invisible
en Jefe parece estar cada vez más próximo
a dar el mutis definitivo, en la Isla se van perfilando
las líneas de la política de su
sucesor en el poder. El General Castro y algunas
de las figuras que pudieran estar más identificadas
con su persona, comienzan a trazar el derrotero
de los que algunos consideran primeros pasos para
un proceso de reformas.
Los ojos de gran parte del mundo están
fijos en el personaje que pasó a representar
el rol protagónico en los acontecimientos
de Cuba. En sus manos se encuentra re escribir
el libreto que pueda producir un desenlace imprevisto.
Por el momento todo el argumento se mueve en torno
a la economía. Lo expresó muy sintéticamente
Enrique Iglesias, Secretario General Iberoamericano,
cuando manifestó que en la Isla existe
una mejoría en materia económica
y que el país funciona, que es lo importante.
Lo demás no parece serlo, al menos para
el señor Iglesias.
En una entrevista concedida a la agencia EFE
el presidente de la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU), Carlos Lage Codorniu reafirmó
que los esperados cambios llegarán por
las puertas de la cocina. En su manera de enfocar
el problema, la población necesita ver
realizadas las bondades de la Revolución
en el plato de comida. Según el dirigente
estudiantil, el socialismo cubano no niega las
ventajas de las cosas materiales y mucho menos
está atado a dogmas. Una muestra de este
criterio son las medidas aplicadas por la actual
administración raulista. Mayor atención
a los cooperativistas, descongelamiento de sus
cuentas bancarias y aumento de pagos por la producción
que ellos obtengan. A esto se añade la
reciente flexibilización de regulaciones
aduanales y un discurso crítico a la burocracia
administrativa, responsabilizada con la falta
de alimentos, como la leche o el abandono de los
campos.
Ya en los ochenta se vio algo de todo esto.
Cambios económicos, aperturas en la producción
agrícola y cierto mejoramiento ostensible
en la vida del cubano sencillo. Aparejadas a las
mejoras nacieron las inquietudes de una sociedad
que quería abrirse a otros horizontes.
Eran tiempos de cambio en todo el mundo. Y vino
la rectificación que significó un
salto atrás, un retraso en años,
ante la supuesta meta de las reformas. A poco
se llega a los límites de Kampuchea, cuya
sombra siniestra sobrevoló la Isla antillana
en un planificado Período Especial, que
por suerte no se cumplió en todos sus capítulos.
Dos décadas han pasado desde aquellos
tiempos que parecían prometedores. Ahora
el General se pronuncia sobre el reinado del marabú,
señalado anteriormente por muchos de los
que hoy cumplen prisión política.
Aunque Castro promete romper con las espinas que
simbolizan la ineficacia de la administración
totalitaria, nada dice sobre las aspiraciones
de libertad ciudadana. Más lentejas pero
sin quitar las cadenas.
Por otra parte una incontenible marea de compatriotas
sigue poniendo todas sus esperanzas en un éxodo
que se muestra interminable. El propio Lage Codorniu
expresó su preocupación al respecto,
cuando consideró a la emigración
más peligrosa que la contrarrevolución.
Y tiene razón. La salida masiva de cubanos
es fruto de un sistema que se contradice a sí
mismo. Es fatal para el país, porque de
continuar esta sangría el futuro queda
seriamente comprometido. Las ansias por emigrar
en personas que poseen un modo de vida desahogado,
comparativamente, demuestran que las cosas no
se resuelven con mejorar el contenido del plato
de comida. Tampoco llenado los bolsillos con más
dinero y mucho menos con más adoctrinamiento
ideológico.
Se puede coincidir con lo planteado por el joven
Lage sobre la solución a esta problemática.
Según dijo esta se encuentra en la discusión
y el análisis para hacer los cambios necesarios.
Solo faltó señalar que en el debate
se precisa la participación de todos los
que han sufrido esta problemática. Los
encarcelados por ejercitar el derecho a la libre
expresión. Los marginados por no concordar
con los parámetros de la ideología
imperante. Los que pueblan rincones impensables
del planeta y que por una razón u otra
han tenido que abandonar la tierra en que nacieron.
Los que aplauden al socialismo y los que no comparten
esa doctrina. El reto mayor que debe afrontar
la futura dirigencia de la Isla es asumir el gran
diálogo de toda la Nación, si se
quiere de una vez recomponer las fibras rotas
de la sociedad. La puesta de esa mesa, y no la
de la cocina, será la que determine el
camino hacia las transformaciones que necesita
Cuba. Hasta entonces sus hijos seguirán
viviendo en la incertidumbre, a pesar de que la
economía funcione.
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