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Vivencias
y reflexiones de una espaņola en La Habana
Luz Modrono. 06 de septiembre
de 2005.
¿Cómo hacer llegar la amarga visión
que de la realidad cubana se obtiene en cuanto
se traspasa el umbral de los circuitos turísticos
y la planificación gozosa de esa bella
isla que, para el consumo placentero del turista,
ha desarrollado un gobierno infame que humilla,
prohíbe, persigue y ha llevado a su pueblo
a la condición de meros supervivientes?
Por fin he llegado a Madrid, pero en mi retina,
en mis oídos y en mi memoria persiste vivamente
la realidad de un país enajenado, olvidado,
justificada la barbarie y la pobreza, la humillación
permanente en aras de no sé qué
principios que nada tienen que ver con las legítimas
aspiraciones de una sociedad libre. Sentir la
mirada turbia por el miedo y la desconfianza de
los cubanos, el ansía de escapar de una
isla que ha sido lugar de origen y alumbramiento
y que hoy es una cruel cárcel en la que
irremisiblemente están atrapados, sin saber
ciertamente el tiempo de condena que aún
queda por cumplir, es una experiencia que Poe
posiblemente no se atreviera a imaginar.
Los cubanos declaraban en mis entrevistas sentir
que son "culpables de algo", que han
hecho algo mal a lo largo de la historia, y que
son castigados por fuerzas incontroladas, sienten
que agonizan entre podredumbre y vejaciones. El
pueblo en Cuba ha sido desposeído de sus
señas identificativas para verse transformado
en masa hostigada y con capacidad de supervivencia
en la medida en que son obedientes y sumisos a
las órdenes transmitidas desde el poder.
Un poder autodenominado "revolucionario"
y que lleva casi medio siglo entronizado. Y contemplando
indiferente, la agonía de su propio país.
País en el que la apostasía se paga
con largos años de presidio.
La libertad de pensamiento, la independencia
de criterios, la expresión crítica
del análisis de la realidad son meras falacias
contrarrevolucionarias que ponen en peligro la
supuesta estabilidad del régimen. Estabilidad
en la que -no me cabe duda alguna tras la observación
y conversaciones mantenidas con los cubanos de
toda índole y condición- no cree
ni el propio Fidel. Porque Cuba es hoy una sociedad
descompuesta, hambrienta, agonizante. Y de ello
son prueba los actos de terror que sistemáticamente
la Seguridad del Estado inflige a la población.
Y que van desde los impedimentos legales para
resolver cualquier trámite administrativo,
a la amenaza, la exclusión social, el despido
laboral... y que irán in crescendo en la
medida en que los integrantes de la masa condicionada
por el poder más vayan individualizándose
hasta alcanzar los grados de paroxismo colectivo
que son los actos de repudio, los avasallamientos
y registros domiciliarios, las detenciones injustificadas,
los interrogatorios en la tétrica Villa
Marista, la suspensión de juicios, las
palizas y las torturas, las condenas por delitos
que no tienen visos de realidad, porque en Cuba
el gobierno niega la prisión por delitos
de conciencia.
El pillaje, la mentira, la extorsión,
la prostitución... marcan la personalidad
de las calles de La Habana. Y la población,
en la que los valores morales y éticos
ha sufrido una alteración lingüística,
denomina a todo ello "estar en la lucha".
Está en la lucha el que roba, el que tima,
el o la que se prostituye para poder malalimentarse,
el que trafica... Está en la lucha el que,
en definitiva, se ha visto obligado por la fuerza
del hambre y un sistema político decadente
a sobrevivir. Es decir, "roban todos, todos
lo hacen. Lo único es que hay que tener
cuidado con que no te pillen, pues son cinco años
de cárcel", declara uno de mis entrevistados,
joven de 23 años hijo de médicos
fundadores del PCC y hoy sobreviviente que, de
vez en cuando, y "cuando me sale" conduce
un viejo "almendrón" de su familia
y se dedica a traficar con puros habanos.
Es la lucha cotidiana contra un mundo que se
derrumba pero que no acaba de hundirse. Cuando
habla, Alejandro se lleva un dedo a los labios,
baja la voz y mira desconfiado hacia sus cuatro
costados.
Porque en Cuba nadie es inocente, para serlo
hay que demostrarlo, y el gobierno tiránico
de un enajenado lleno de odio y poder se encarga
de que no sea así como arma arrojadiza
contra los no-ciudadanos, contra el que se atreve
a moverse, a no participar en los actos de repudio,
a declararse contrario a tanto despropósito.
Para el gobierno cubano y sus agentes esbirros
de la Seguridad del Estado, yo tampoco fui inocente.
La Seguridad se presentó en la casa en
la que me alojaba y mancilló y violentó
mis pertenencias, mis escritos, mi intimidad.
Ante mi protesta y petición de una orden
de registro que les diera la capacidad de avasallar
mi rincón, respondieron con un lúgubre
"nosotros no la necesitamos".
Ahí comenzó una experiencia que
me ayudó mejor a comprender la valentía,
la dignidad, el orgullo de un pueblo que no quiere
ser masa. Medió la amenaza contra mí
y contra los que me rodeaban y con los que me
relacionaba. Bajo la acusación de ser "agente
extranjero al servicio de la contrarrevolución",
dejando claro el significado de esta frase y la
amenaza bien de la tenebrosa Villa Marista o la
expulsión del país como "persona
non grata", se me exhortó a seguir
mi estancia en Cuba como turista y visitando los
recorridos turísticos preparados por la
revolución.
Fue mi castigo y mi penitencia. Tenía
que visitar la tarjeta postal para uso y disfrute
de los turistas, confeccionada con hilos de mentiras
y falsedades. Me convertí en persona non
grata por rodearme de amigos que se habían
movido de la foto, por gente que no cabía
en la tarjeta postal. Aunque en realidad, ningún
cubano cabe hoy en ella.
Por hablar e intentar moverme, olvidando que
en la tierra del secuestro nada es permisible
sin el conocimiento de su excelencia, por tratar
de conocer esta isla desde el otro lado del espejo.
Y me transformé en una disidente extranjera,
en una opositora, pasando a engrosar la larga
lista de personas que, violando el principio universal
de libre movilidad, no podrán regresar
a Cuba y que, anhelantes, esperaremos que la pesadilla
termine para regresar y celebrar en la calle,
juntos el fin de una larga dictadura. Y poder
abrazar a quienes encontramos en un camino lleno
de escollos y prohibiciones, pero valientes y
dignos y que nos impidieron abrazar. A pesar de
Castro y sus secuaces, mi alma quedó en
La Habana y dejé mi corazón llorando.
Las páginas que siguen son un retrato
de la Cuba fidelista que tuve la suerte, o la
desdicha, de conocer. Retrato que no se queda
en la descripción de unas calles o unas
gentes sino que pretenden ser una crónica
y a la vez una reflexión, testimonios de
un mundo decadente, que agoniza. Son el resultado
de mis andanzas en la isla, de mis contactos y
conversaciones no sólo con miembros de
la oposición, sindicalistas o periodistas,
médicos, profesores o taxistas... son producto
también de mis diálogos con gente
común, con gente de la calle, anónima,
con mujeres, hombres, niños o adolescentes,
estudiantes y trabajadores, excluidos o aparentemente
adaptados al sistema. Gente pronto dispuesta a
ser fotografiada para sentir que su alma escapa
de la isla de las mil cárceles y una sola
cara pública, gente deseosa de hablar con
quien esté dispuesto a escuchar, para que
todos sepan que esta tierra es el reino de la
mentira, del engaño, de la burla, para
gritar al mundo el estado de oprobio y abandono
en el que viven, para que los que venimos de países
libres, democráticos donde no nos jugamos
nuestra libertad por decir lo que pensamos, sepamos
que no es posible vivir con 10 ó 15 dólares
mensuales sin convertirse en un ladrón,
un estafador o un jinetero. Que ésa es
la máxima conquista tras una inamovible
dictadura que va camino del medio siglo,
Y es también un grito unánime de
socorro porque les hemos dejado a su suerte, porque
escondido tras un discurso demagógico,
mientras el pueblo perecía, esta dictadura
ha sabido encontrar apoyos y justificaciones más
allá de sus propias fronteras. Cuba llora
y parapetada tras un rítmico son, grita
solidaridad.
Dos características comunes definen hoy
a todo cubano: el permanente miedo en las miradas,
en las actitudes corporales, en el dedo índice
llevado a la boca rogando bajar el tono de voz
hasta hacerlo apenas perceptible. Miedo a ser
oído, a ser detenido, a ser expulsado del
trabajo, a que les quiten la licencia de cuentapropista,
a no poder comer, a ser vistos en compañías
no gratas para el régimen... Miedo que
se vence a duras penas pero, que al cabo se vence,
porque es mayor la fuerza de la libertad ansiada.
Y que se traduce en un deseo de ser fotografiados
para conseguir escapar aun de forma virtual, atrapados
tras una imagen que ellos no verán.
Y "la visa". Materialización
del deseo legítimo de salir de un país
que les mantiene atrapados. Visado que es la legitimación,
la carta blanca que les permitirá la huida
de forma legal. Todo cubano ve en cada extranjero
el potencial poseedor de su carta blanca, y no
importa la diferencia de edad, el lugar de origen,
el dominio de la lengua, la comunión de
costumbres o culturas... el objetivo es salir,
salir y si es posible evitar el riesgo a ser devorado
por tiburones o hundida la barca que, en la desesperación,
se contempla en muchos casos como última
salida tras agotadas todas las posibilidades,
se aferrarán a ella. Sólo hace falta
valor. Entre tanto, seguirán llorando y
ocultando su amargura tras una cerveza nacional
o el son de su ritmo.
Muchos me confesaron que van sonriendo por la
calle porque se niegan a que si algún miembro
del Partido o de la policía les ve, o les
toma una imagen, tras ella quede atrapada la imagen
real de la desesperación y la amargura.
Triste país éste en el que el disimulo
y el miedo viven entronizados dándose la
mano.
Cuba sobrevive a pesar de sí misma. El
escandaloso estado de abandono y ruina, de devastación
de casas, calles y espacios públicos -bien
escasos, por cierto, ya que apenas existen parques
o centros de ocio- es la imagen de la devastación
anímica de la mayoría de la población.
Cuba resiste a pesar de la incomprensión
de una buena parte del mundo exterior, de la insolidaridad
mostrada por los que justifican la existencia
de un estado psicópata, consumido en el
abandono.
Muchos de los que hoy aún siguen defendiendo
la dictadura cubana no han recorrido las calles
del país, no han traspasado las fronteras
de la ausencia de libertad, no han visto ni oído
a un pueblo castigado y humillado. Qué
fácil es defender utopías cuando
se vive en países donde la amenaza, en
todas sus formas y en todas sus manifestaciones,
no es la moneda de cambio para seguir subsistiendo.
Donde el miedo físico y psicológico
no se han adueñado de la convivencia y
la propia existencia de sus moradores.
La autora es integrante del Grupo Internacional
por la Responsabilidad Social en Cuba.
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