|
La
reconciliación merece más de una Misa
Miguel Saludes
"A la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona
de Cuba, confiamos todo cuanto nos preocupa en
esta hora de la historia de nuestra patria con
un hondo deseo de paz y de fraterna convivencia
entre todos los cubanos, que no puedan ser perturbadas
por ninguna situación externa o interna",
de la Misa oficiada por Jaime Ortega y Alamino
el pasado 6 de agosto en la Catedral de La Habana.
Hace algunos años escuché el comentario
de un amigo que había escrito una carta
muy dura al Arzobispo de La Habana Jaime Ortega
y Alamino, por ese tiempo aún sin la distinción
cardenalicia. Entre las críticas formuladas
en la carta al prelado, estaba la recriminación
por la ausencia de su oración en favor
de los presos, los perseguidos y la falta de apoyo
a ciertos proyectos de la oposición pacífica.
Según lo narrado por aquel católico
práctico cuyo nombre me reservo, el obispo
le citó a sus oficinas para dar respuesta
a la misiva. En la entrevista, Jaime Ortega le
preguntó a su acérrimo crítico
si en verdad tenía constancia del tiempo
que él dedicaba a orar por tantos problemas
y situaciones adversas que a diario llegaban a
su persona.
...pero tú cuando reces, entra en tu pieza,
cierra la puerta y ora a tu Padre que está
allí a solas contigo
.Mt 6,6
Ciertamente los obispos, sacerdotes, diáconos
y religiosas de la Iglesia Católica en
Cuba son los que más en contacto están
con la ardua vida de la gente común, en
mayor medida aún con aquellos desfavorecidos
por el régimen que no tienen otro lugar
al que acudir que no sea las puertas de un templo
o un monasterio. El Cardenal cubano puede ser
señalado por llevar una vida diferente,
hasta plena de ciertas comodidades que fuera del
contexto nacional apenas pueden resultar llamativas.
Pero es innegable que la residencia donde vive
Ortega está enclavada en una de las zonas
más pobres de La Habana. Al vetusto edificio
capitalino llegan las voces del vecindario o de
los transeúntes ocasionales, con toda la
carga de lamentos, quejas y frustraciones diarias.
Pero aún en el interior del recinto religioso
puede escucharse a cada minuto la problemática
vivida por los empleados que trabajan en aquel
sitio que con las mismas carencias e iguales añoranzas
toman el mismo camello del que se sirve el resto
de los ciudadanos. Igualmente decenas de personas
son acogidas todos los días por el personal
que ayuda a su Eminencia en las labores caritativas.
Ellos van en busca de alimentos para un preso,
tratar de paliar su difícil situación
económica o simplemente para que alguien
escuche de sus tribulaciones.
Nada de la sociedad cubana le es ajeno a la
Iglesia que durante años ha acompañado
a la gente, creyentes, ateos, comunistas convencidos
o arrepentidos, que en un momento dado han acudido
buscando algún tipo de consuelo. Nadie
pude negar que los bancos de las iglesias han
sido lugar donde los perseguidos han encontrado
consuelo y asistencia. Pero también las
provocaciones han estado dirigidas a complicar
ese lugar sagrado. Por citar un caso, en los pasillos
del arzobispado habanero aún se recuerda
la presencia de un personaje gris con nombre de
rey hebreo y sobrenombre de arcángel, que
con la misma vocación traidora de Judas
hacia grandes esfuerzos para involucrar a una
revista católica en la telaraña
de la difamación aniquiladora.
Cuando en el escenario nacional ocurre cualquier
evento todos los ojos se vuelven hacia la Iglesia
Católica y sus representantes. Ha ocurrido
infinidad de veces en estas cuatro décadas
de totalitarismo. Muchas veces la excesiva prudencia
de los obispos ha terminado en apuntarles un tanto
en su contra, pero otras tantas esa paciencia
les ha valido para no cometer errores imperdonables.
Ahora pareciera que la pifia viene de las misas
oficiadas por varios obispos (la de Jaime no fue
la única en celebrarse) en petición
por la salud del gobernante cubano y el comunicado
pidiendo calma y lucidez en medio de las circunstancias
que vive la Isla. Cualquiera, incluidas las iglesias
cristianas de diferentes denominaciones y las
asociaciones yorubas, puede permitirse el lujo
de cometer el crimen de orar por la salud de Castro,
de pedir para que la tranquilidad del país
no sea perturbada, para que cese el embargo o
por cualquier motivo de los que hace campaña
constante el sistema político vigente en
el país. Pero si esa postura es asumida
por el representante de la iglesia católica
los gritos de protesta y recriminaciones no tardan
en escucharse.
En cierta medida esto es sano, pues indica el
peso moral que tiene la palabra de la institución
religiosa en el seno de la sociedad cubana. Por
otro lado resulta indicativo de lo enferma que
se encuentra esa misma sociedad, al punto de que
muchos que se identifican con la fe de Cristo
se niegan al perdón, perseverando en reclamos
de venganza y en la propagación del odio
antes que su erradicación definitiva. No
es esa la enseñanza que se desprende de
los Evangelios, tampoco la que nos han legado
grandes cristianos en la Historia de la humanidad.
La imagen de un Juan Pablo II perdonando a quien
le disparó llevándole a las fronteras
de la muerte, o las del sacerdote Popielusko dando
la oblea sagrada a los soldados destacados para
reprimir a los obreros de Solidaridad, nos transmiten
un mensaje distinto.
El sentido de la Misa, acción eucarística
en la que se repite el acto de Jesús que
por propia voluntad se entrega como cordero propiciatorio
del sacrificio pascual, es precisamente la de
actualizar ese amor sin límites ofrecido
en la Cruz. La oración de la misa es para
todos, creyentes o no creyentes, buenos y malos,
honrados y pecadores, pero en mayor medida para
los que más necesitan de ella y que parecieran
ser los más indignos de recibirla: los
alejados del Padre, asesinos, perseguidores, torturadores
y dictadores. Precisamente la oración de
los fieles que se hace en cada Eucaristía
dedica una de sus peticiones a los gobernantes,
implorando la iluminación divina para su
labor y la apertura de su entendimiento.
No es la gente sana la que necesita médico,
sino los enfermos. No he venido a llamar justos
sino a pecadores. Mc 2,17
No obstante, creo que efectivamente muchas críticas
tienen razón de ser. Se dice que por prudencia
y para evitar mayores problemas o el cierre de
aquellos pocos espacios logrados en la única
institución que en Cuba ha podido subsistir
de manera independiente a los dictados del gobierno,
es que se toman actitudes que pueden parecer timoratas
y hasta cómplices con el sistema. Esto
es algo que debe cambiar radicalmente en la Iglesia
cubana.
El Espíritu del Señor me ha ungido
para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar
la libertad a los cautivos y a los ciegos que
pronto a ven a ver
Lc 4,18
Desde la realidad externa es menos traumático
expresarse respecto a los que detentan el poder
en Cuba. Para la Iglesia, a la que acuden simpatizantes,
contrarios y neutros del gobierno, las cosas son
mucho más complejas y delicadas. Ver en
un mismo sitio al que hasta ayer escribió
un informe denunciándote a las autoridades,
comulgar en la misma fila con un personero oficialista
o tener que darle el signo de la paz a quienes
están en el lugar para acosarte, no puede
ser asumido de la misma manera por tantas personas.
No resulta nada fácil ser propuesta de
equilibrio en una situación donde prácticamente
uno de los extremos goza de toda la fuerza a su
favor, mientras la otra parte está urgida
del contrapeso que le permita recuperar una equidad
justa. Pero además hay que reconocer que
esa iglesia ha crecido en un terreno hostil donde
muchos fieles siguen mirando al proceso revolucionario
como un acto de salvación. La Iglesia no
puede simplemente tomar partido para decidirse
a favor de unos u otros. Lo mejor que puede hacer
es jugar el rol de la reconciliación. Para
ello tiene que orar para la tranquilidad y la
serenidad, aunque no sea comprendida.
La mejor justicia que se puede reclamar en esta
hora es la que proclame el sufrimiento vivido
por tantas personas durante tantos años,
las vejaciones, las condenas injustificadas y
desmedidas, sin abogar por más derramamiento
de sangre sino por el cierre definitivo de este
voluminoso tomo donde se inscriben tantas páginas
de terror, miedo, muertes y exilios. La Iglesia
tiene la suficiente capacidad de autoría
para escribir el nuevo libro que supere esta problemática
nacional y cuyo título tentativo pudiera
ser Nunca Más.
Estando en Cuba critiqué muchas veces
a Jaime Ortega. En algunos casos tuve razones
convincentes para hacerlo y quizás en otros
la pasión se impuso a la realidad. Pero
cuando los ánimos se enfrían y se
reconoce la misma naturaleza opresiva gravitando
sobre todos, uno termina por compadecer la difícil
misión y la responsabilidad enorme que
pesa sobre los hombros de un simple mortal que
tiene que transmitirle el amor de Dios a su prójimo,
un prójimo que en su mayoría no
entiende y ni siquiera conoce lo que nos propone
ese Dios misericordioso.
Ahora, desde mi condición de exiliado,
sólo me queda pedir a los que en mi patria
llevan el báculo de un pastoreo tan delicado
no duden en alzar la voz por la más sencilla
de las ovejas puestas a su cuidado. Esos miembros
del rebaño nombrados Guillermo, Arturo,
Oscar Mario, José Miguel, Elías,
Regis, Antonio o Efrén, merecen la misma
dignidad que la más encumbrada personalidad.
Tal vez aquí radica la fe de errata que
requiere pronta enmienda y no en la oración
por los cambios que nos traigan a una Cuba reconciliada
y reconciliadora, en la que todos tengamos espacio.
Esa Misa bien vale la pena.
|