OPINIONES
Agosto 25, 2006

La reconciliación merece más de una Misa

Miguel Saludes

"A la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, confiamos todo cuanto nos preocupa en esta hora de la historia de nuestra patria con un hondo deseo de paz y de fraterna convivencia entre todos los cubanos, que no puedan ser perturbadas por ninguna situación externa o interna", de la Misa oficiada por Jaime Ortega y Alamino el pasado 6 de agosto en la Catedral de La Habana.

Hace algunos años escuché el comentario de un amigo que había escrito una carta muy dura al Arzobispo de La Habana Jaime Ortega y Alamino, por ese tiempo aún sin la distinción cardenalicia. Entre las críticas formuladas en la carta al prelado, estaba la recriminación por la ausencia de su oración en favor de los presos, los perseguidos y la falta de apoyo a ciertos proyectos de la oposición pacífica. Según lo narrado por aquel católico práctico cuyo nombre me reservo, el obispo le citó a sus oficinas para dar respuesta a la misiva. En la entrevista, Jaime Ortega le preguntó a su acérrimo crítico si en verdad tenía constancia del tiempo que él dedicaba a orar por tantos problemas y situaciones adversas que a diario llegaban a su persona.

...pero tú cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí a solas contigo….Mt 6,6

Ciertamente los obispos, sacerdotes, diáconos y religiosas de la Iglesia Católica en Cuba son los que más en contacto están con la ardua vida de la gente común, en mayor medida aún con aquellos desfavorecidos por el régimen que no tienen otro lugar al que acudir que no sea las puertas de un templo o un monasterio. El Cardenal cubano puede ser señalado por llevar una vida diferente, hasta plena de ciertas comodidades que fuera del contexto nacional apenas pueden resultar llamativas. Pero es innegable que la residencia donde vive Ortega está enclavada en una de las zonas más pobres de La Habana. Al vetusto edificio capitalino llegan las voces del vecindario o de los transeúntes ocasionales, con toda la carga de lamentos, quejas y frustraciones diarias. Pero aún en el interior del recinto religioso puede escucharse a cada minuto la problemática vivida por los empleados que trabajan en aquel sitio que con las mismas carencias e iguales añoranzas toman el mismo camello del que se sirve el resto de los ciudadanos. Igualmente decenas de personas son acogidas todos los días por el personal que ayuda a su Eminencia en las labores caritativas. Ellos van en busca de alimentos para un preso, tratar de paliar su difícil situación económica o simplemente para que alguien escuche de sus tribulaciones.

Nada de la sociedad cubana le es ajeno a la Iglesia que durante años ha acompañado a la gente, creyentes, ateos, comunistas convencidos o arrepentidos, que en un momento dado han acudido buscando algún tipo de consuelo. Nadie pude negar que los bancos de las iglesias han sido lugar donde los perseguidos han encontrado consuelo y asistencia. Pero también las provocaciones han estado dirigidas a complicar ese lugar sagrado. Por citar un caso, en los pasillos del arzobispado habanero aún se recuerda la presencia de un personaje gris con nombre de rey hebreo y sobrenombre de arcángel, que con la misma vocación traidora de Judas hacia grandes esfuerzos para involucrar a una revista católica en la telaraña de la difamación aniquiladora.

Cuando en el escenario nacional ocurre cualquier evento todos los ojos se vuelven hacia la Iglesia Católica y sus representantes. Ha ocurrido infinidad de veces en estas cuatro décadas de totalitarismo. Muchas veces la excesiva prudencia de los obispos ha terminado en apuntarles un tanto en su contra, pero otras tantas esa paciencia les ha valido para no cometer errores imperdonables. Ahora pareciera que la pifia viene de las misas oficiadas por varios obispos (la de Jaime no fue la única en celebrarse) en petición por la salud del gobernante cubano y el comunicado pidiendo calma y lucidez en medio de las circunstancias que vive la Isla. Cualquiera, incluidas las iglesias cristianas de diferentes denominaciones y las asociaciones yorubas, puede permitirse el lujo de cometer el crimen de orar por la salud de Castro, de pedir para que la tranquilidad del país no sea perturbada, para que cese el embargo o por cualquier motivo de los que hace campaña constante el sistema político vigente en el país. Pero si esa postura es asumida por el representante de la iglesia católica los gritos de protesta y recriminaciones no tardan en escucharse.

En cierta medida esto es sano, pues indica el peso moral que tiene la palabra de la institución religiosa en el seno de la sociedad cubana. Por otro lado resulta indicativo de lo enferma que se encuentra esa misma sociedad, al punto de que muchos que se identifican con la fe de Cristo se niegan al perdón, perseverando en reclamos de venganza y en la propagación del odio antes que su erradicación definitiva. No es esa la enseñanza que se desprende de los Evangelios, tampoco la que nos han legado grandes cristianos en la Historia de la humanidad. La imagen de un Juan Pablo II perdonando a quien le disparó llevándole a las fronteras de la muerte, o las del sacerdote Popielusko dando la oblea sagrada a los soldados destacados para reprimir a los obreros de Solidaridad, nos transmiten un mensaje distinto.

El sentido de la Misa, acción eucarística en la que se repite el acto de Jesús que por propia voluntad se entrega como cordero propiciatorio del sacrificio pascual, es precisamente la de actualizar ese amor sin límites ofrecido en la Cruz. La oración de la misa es para todos, creyentes o no creyentes, buenos y malos, honrados y pecadores, pero en mayor medida para los que más necesitan de ella y que parecieran ser los más indignos de recibirla: los alejados del Padre, asesinos, perseguidores, torturadores y dictadores. Precisamente la oración de los fieles que se hace en cada Eucaristía dedica una de sus peticiones a los gobernantes, implorando la iluminación divina para su labor y la apertura de su entendimiento.

No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino a pecadores. Mc 2,17

No obstante, creo que efectivamente muchas críticas tienen razón de ser. Se dice que por prudencia y para evitar mayores problemas o el cierre de aquellos pocos espacios logrados en la única institución que en Cuba ha podido subsistir de manera independiente a los dictados del gobierno, es que se toman actitudes que pueden parecer timoratas y hasta cómplices con el sistema. Esto es algo que debe cambiar radicalmente en la Iglesia cubana.

El Espíritu del Señor me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto a ven a ver…Lc 4,18

Desde la realidad externa es menos traumático expresarse respecto a los que detentan el poder en Cuba. Para la Iglesia, a la que acuden simpatizantes, contrarios y neutros del gobierno, las cosas son mucho más complejas y delicadas. Ver en un mismo sitio al que hasta ayer escribió un informe denunciándote a las autoridades, comulgar en la misma fila con un personero oficialista o tener que darle el signo de la paz a quienes están en el lugar para acosarte, no puede ser asumido de la misma manera por tantas personas. No resulta nada fácil ser propuesta de equilibrio en una situación donde prácticamente uno de los extremos goza de toda la fuerza a su favor, mientras la otra parte está urgida del contrapeso que le permita recuperar una equidad justa. Pero además hay que reconocer que esa iglesia ha crecido en un terreno hostil donde muchos fieles siguen mirando al proceso revolucionario como un acto de salvación. La Iglesia no puede simplemente tomar partido para decidirse a favor de unos u otros. Lo mejor que puede hacer es jugar el rol de la reconciliación. Para ello tiene que orar para la tranquilidad y la serenidad, aunque no sea comprendida.

La mejor justicia que se puede reclamar en esta hora es la que proclame el sufrimiento vivido por tantas personas durante tantos años, las vejaciones, las condenas injustificadas y desmedidas, sin abogar por más derramamiento de sangre sino por el cierre definitivo de este voluminoso tomo donde se inscriben tantas páginas de terror, miedo, muertes y exilios. La Iglesia tiene la suficiente capacidad de autoría para escribir el nuevo libro que supere esta problemática nacional y cuyo título tentativo pudiera ser Nunca Más.

Estando en Cuba critiqué muchas veces a Jaime Ortega. En algunos casos tuve razones convincentes para hacerlo y quizás en otros la pasión se impuso a la realidad. Pero cuando los ánimos se enfrían y se reconoce la misma naturaleza opresiva gravitando sobre todos, uno termina por compadecer la difícil misión y la responsabilidad enorme que pesa sobre los hombros de un simple mortal que tiene que transmitirle el amor de Dios a su prójimo, un prójimo que en su mayoría no entiende y ni siquiera conoce lo que nos propone ese Dios misericordioso.

Ahora, desde mi condición de exiliado, sólo me queda pedir a los que en mi patria llevan el báculo de un pastoreo tan delicado no duden en alzar la voz por la más sencilla de las ovejas puestas a su cuidado. Esos miembros del rebaño nombrados Guillermo, Arturo, Oscar Mario, José Miguel, Elías, Regis, Antonio o Efrén, merecen la misma dignidad que la más encumbrada personalidad. Tal vez aquí radica la fe de errata que requiere pronta enmienda y no en la oración por los cambios que nos traigan a una Cuba reconciliada y reconciliadora, en la que todos tengamos espacio. Esa Misa bien vale la pena.

 

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