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El
discurso de Pérez Roque ante el Consejo de Derechos
Humanos. La cara triunfalista de la moneda
Miguel Saludes
Un discurso lleno de prepotencia fue el saludo
dedicado por Felipe Pérez Roque al recién
creado Consejo de Derechos Humanos. Las palabras
del representante de la diplomacia castrista estuvieron
dirigidas fundamentalmente contra el gobierno
de Estados Unidos al que calificó de imperio
arrogante. Igualmente la intervención del
canciller sirvió de marco para realzar
la política exterior de su gobierno, eficaz
campaña en la que se emplean cuantiosos
recursos, muchos de los cuales están fuera
del alcance de su pueblo, para agenciarse victorias
como esta elección que ha colocado al gobierno
de Cuba entre los miembros fundadores del nuevo
Consejo, donde Estados Unidos es el gran ausente.
El apoyo abrumador de 135 países, dos tercios
de los que componen la Asamblea General de Naciones
Unidas, a la única dictadura de corte estalinista
establecida en occidente no parece tener explicación
lógica.
Dos razones han sido fundamentales para este
espaldarazo de más de cien naciones que
hizo posible que Cuba ocupase un puesto en el
Consejo. Ambas están claramente reflejadas
en el discurso de Pérez Roque. La primera
se explica en el resumen que hizo del activismo
propagandístico desplegado por el gobierno
cubano a lo largo de estos años. La otra
es el enfrentamiento con Estados Unidos, que una
vez más ha beneficiado a los intereses
de la dictadura caribeña, entronizada en
el poder desde hace más de cuatro décadas.
No por gusto el funcionario cubano aprovechó
la apertura del Consejo para remarcar esta situación,
atacando duramente la política de su vecino
del Norte y haciendo galas de las diferencias
que ambos países mantienen en sus relaciones
internacionales. El cuadro comparativo desplegado
por Pérez Roque es parte de la clave que
explica el apoyo presentado por la diplomacia
cubana y que muchos todavía se niegan a
comprender. Este ha sido otro fruto cosechado
tras tenaz empeño del régimen de
La Habana en asegurarse el reconocimiento de los
pueblos y gobiernos del Tercer Mundo, sin importar
la política que estos mantengan en el orden
interno y externo.
Para el gobierno cubano sólo existen dos
horizontes en la palestra internacional: Estados
Unidos junto a los que llama sus lacayos, países
casi todos del norte desarrollado, y los pueblos
del mundo subdesarrollado. Aunque el poder económico
y militar está a favor del primer grupo,
lo que cuenta para la dirigencia partidista cubana
es el número y ese está en el segundo
bando. De éste obtiene los votos, el arma
más eficaz que presenta Castro a su pueblo
como prueba de la solidez de su gobierno y del
respaldo que tiene a nivel mundial, así
como cierta demostración de fuerza ante
el poderoso estado norteño, algo que le
brinda un toque de invulnerabilidad ante los ojos
de los ciudadanos que viven dentro de Cuba y no
pocos prosélitos fuera de ella, algo que
resultan decisivos en momentos como estos. En
tanto para los que luchan a favor de la democracia
en la Isla se convierte en un signo aplastante
y frustrante de la razón que les asiste
en su justa causa.
El régimen cubano se presenta victorioso,
pues la elección indica que posee la verdad
y que la Humanidad distingue su labor como guardián
mundial de los principios y la ética, además
del valor por lo que llama resistencia anti imperialista.
Como consecuencia de ello presenta eufórico
esta elección, que se acredita de justa
premiación, mientras proclama que Norteamérica
y sus aliados han sido castigados por la comunidad
de naciones.
La comparación, fríamente expuesta
por Felipe Pérez Roque es verdaderamente
irresistible de discusión: miles de combatientes
cubanos muertos en África luchando contra
el apartheid, contrastando con el apoyo que Estados
Unidos daba al sustentador de esa política
cruel. Miles de médicos enviados a decenas
de países contra miles de soldados norteamericanos
sembrando muerte y destrucción por doquier.
Multitud de enfermos provenientes de diferentes
partes del planeta recibidos con los brazos abiertos
en Cuba para ser atendidos por sus facultativos,
frente a tantos civiles muertos en Irak y Afganistán
debido a la guerra. Jóvenes de 120 países
del Tercer Mundo estudiando gratuitamente en las
universidades cubanas versus la descripción
de la base de Guantánamo convertida en
campo de detención de prisioneros terroristas.
La visión de aviones cubanos transportando
equipos de de emergencia a lugares tan alejados
como Pakistán, gobierno con el cual incluso
no mantiene relaciones diplomáticas, sale
ventajosa a la de los aviones militares estadounidenses
trasladando armas, efectivos militares y presos.
El remate es la presentación de Cuba como
vocero de los derechos de todos los pueblos oprimidos
del mundo, incluido el norteamericano haciendo
un alarde de adalid de los discriminados y excluidos
del mundo, para lanzar el eslogan de que la Cuba
antidemocrática lucha por un mundo mejor,
en contrapartida con la proclamación hecha
por el gobierno norteamericano de que quien no
luche con ellos está en su contra.
Pérez Roque no sólo la emprende
contra el poderoso enemigo, sino que dirige su
descarga retórica contra Europa, sin hacer
especificaciones, poniendo a los representantes
del viejo continente entre los beneficiarios principales
del orden mundial injusto que como antiguas metrópolis
coloniales quieren seguir sustentando. Pero para
estas últimas mantiene una actitud condescendiente
de buen hermano, esperando su rectificación
sobre sus votos anteriores respecto a la situación
de derechos humanos en Cuba y en otros temas,
siempre dentro de la agenda conflictiva que mantiene
con Estados Unidos. Claro que no conviene algo
mayor en su retórica, pues estas naciones
mantienen una buena parte de las inversiones económicas
dentro de la depauperada economía cubana.
Para la actitud europea respecto a su gobierno,
el canciller de la demagogia aplica sin titubear
el principio raigal de la Declaración Universal
de Derechos Humanos que reza que "todos los
seres humanos nacen libres e iguales en dignidad
y derechos".
El compromiso manifestado por Felipe Pérez
Roque no pudo dejar de ser igualmente altanero
y falto de un basamento que justifique su estancia
dentro de la flamante Comisión de Derechos
Humanos al declarar su negativa rotunda a cooperar
con el mandato de cualquier enviado, representante
o relator impuesto para verificar la situación
de derechos humanos en su país. No obstante
citó una larga lista de cosas en las que
se comprometería su gobierno, por ejemplo
en lograr una verdadera revolución en las
concepciones y métodos de la antigua Comisión,
luchar por la verdad y la transparencia, defender
el derecho a la independencia, a la libre determinación,
a la justicia social, a la igualdad. En definitiva
a la defensa de la democracia real, la participación
verdadera y del disfrute verdadero de todos los
derechos humanos. Aquí se halla precisamente
el boomerang de su discurso.
El mensaje de despedida que dirigió a
los amigos y enemigos es simplemente del mismo
corte: para los que apoyan la política
de su país y que por tanto califica de
progresistas, lanzó el optimista grito
de guerra ¡Hasta la victoria siempre! Y
para los que no se alinean con la dictadura que
reina en Cuba, por tanto agresores o cómplices
de estos, el mensaje es igual al que desde hace
tantos años reciben los cubanos: Patria
o Muerte. Lo que puede ser traducido como nosotros
o nada.
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