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El
juicio contra los estudiantes de la UCI, la maquinaria
totalitaria en funcionamiento
Miguel Saludes
Cuatro estudiantes de la UCI, centro universitario
especializado en computación y la cibernética,
están siendo sometidos a uno de esos juicios
ejemplarizantes tan propios de los sistemas dictatoriales,
sobre todo en aquellos que afirman sostenerse
en los conceptos teóricos del marxismo
leninismo. La razón para montar el espectáculo
visto en la televisión de Miami es que
los jóvenes violaron ciertos códigos
dictados para impedir que se franqueen los límites
impuestos por el poder, en este caso para la navegación
sin autorización por las vías electrónicas
de la Internet, algo insólito teniendo
en cuenta que este es el objetivo de los estudios
que se realizan en ese centro de estudios.
Coincide este show con los momentos críticos,
que bien pudieran ser finales, en la vida del
opositor pacífico Guillermo Fariñas,
que a consecuencias de una larga estadía
en huelga total de hambre, está siendo
intervenido quirúrgicamente en un empeño
de los médicos por salvarle la vida. Precisamente
el motivo esgrimido por el activista cívico
para su acto de protesta extremo, es tener acceso
Internet desde su propio hogar. Ni siquiera está
pidiendo navegar libremente por cuantos vericuetos
facilita esta moderna y necesario medio comunicativo,
sino simplemente tener la posibilidad de escribir
desde su propia casa sin tener que depender del
arbitrio de los centros diseñados para
dar la apariencia de que los cubanos tienen facilidades
para el acceso al medio.
El periodista Jorge Cao, al anunciar las imágenes
que serían presentadas en el espacio noticioso,
decía a los televidentes que aquello era
una evidencia del control férreo de las
autoridades castristas donde además podía
verificarse como funcionaba el mecanismo de la
chivatería, palabra con la que en Cuba
denominan a los que descubren o entregan a sus
compañeros. Lo visto en el canal 41 de
Miami es un hecho bien conocido por los que han
convivido durante décadas dentro del sistema
impuesto en la Isla. La intervención de
los otros estudiantes, tal vez compañeros
de los encausados, haciendo acto de contrición
revolucionaria, dando prueba de fidelidad al régimen,
haciendo empleo del triste recurso de la autocrítica,
uno de los elementos absurdos que en la realidad
cubana ha hecho que las personas no distingan
entre lo que significa reconocer los errores con
sentido de honestidad y esta especie de autodefensa
que a la larga termina con revertirse contra el
que apela a ella pues con su uso se incentiva
la doblez y se aprende la falacia de la auto degradación,
la humillación, el rebajamiento ante la
injusticia haciéndose incluso cómplice
de ella. Lo que menos importa en casos como el
mostrado es el gesto traducido en un acto traicionero
entre los propios condiscípulos, que posiblemente
también violaron los acuerdos establecidos
de no traspasar las fronteras vetadas, y que ahora
para quedar bien con el Diablo escupen azufre
contra los implicados. Se trata de algo mucho
peor que el simple acto de chivatería:
el método de la sojuzgación colectiva.
Estamos en presencia de la repetición,
a pesar de tantos años transcurridos y
de las enseñanzas de los acontecimientos
de la historia contemporánea, del sacrificio
de los principios éticos que deben caracterizar
a una sociedad recta y que se pierde en estas
especies de mea culpa en la que los más
activos toman el sable del harakiri espiritual,
mientras el resto contempla pasivamente el panorama
sin emitir una palabra o un gesto reprobador.
Estos espectadores silenciosos conforman resultan
al mismo tiempo víctimas y cómplices
de la paralización en la que se hallan
mantenidos. Por escenas como estas, repetidas
infinitamente a lo largo y ancho del proceso cubano,
estamos sufriendo el aletargamiento de la vida
cívica que posibilita a la sociedad funcionar
libremente.
Las escenas del juicio mostrado en el noticioso
de Miami, me hace recordar un episodio similar
en el que estuve involucrado. Siendo estudiante
del instituto tecnológico Aracelio Iglesias
un grupo de alumnos que estaba en proceso de concluir
su tesis de grado sostuvieron un grave altercado
con el administrador del centro, un tipo realmente
corrupto. No obstante la actitud de aquellos condiscípulos
consistió en un acto de indisciplina. La
sanción aplicada contra ellos fue la expulsión,
lo cual provocó la reacción del
resto del estudiantado, que se dio a la tarea
de recabar firmas para pedir que la medida se
revocara por un castigo menos severo, sin que
se afectaran sus cuatro años de carrera
casi finalizada. En el lugar se personó
el vice ministro de Educación Superior
Técnica, aunque no para investigar lo notificado
en la carta acompañada por la firma de
la mayor parte del alumnado, sino para acusar
a los que encabezábamos la lista de promover
lo que el dirigente comunista calificó
de actos de campañismo y huelgas. Los sancionados
ahora serían los que habían protestado
por la expulsión de los estudiantes.
El hecho de que los jóvenes asumieran
una postura contestataria ante un determinado
acto, sin necesariamente ser político,
toma esta connotación. Y es que en Cuba
una de los cuidados que ha seguido el sistema
dictatorial es maniatar el vigor renovador de
las nuevas generaciones, aplastando ese espíritu
contestatario innato en los de menos edad y que
es el impulsor de la mayoría de los procesos
sociales en una nación. Por eso el juicio
en La Habana contra los que intentaron burlar
la censura informativa, dejando abiertas las expectativas
de que se procesen a otros infractores. Es un
aviso para aquellos que pretendan retar los dictados
del poder ante el que solo cabe la sumisión
o el silencio.
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