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Cierre
por obras
William Navarrete
Por vez primera desde su fundación hace
sesenta años, en 1946, la Comisión
de Derechos Humanos, adjunta al Consejo Económico
y Social de Naciones Unidas (ECOSOC) no se reunirá
en Ginebra. Su disolución corresponde a
la aspiración del alto ejecutivo de la
ONU en materia de Derechos Humanos de crear una
nueva estructura, el Consejo de Derechos Humanos
(CDH), aprobado el pasado 15 de marzo. Dicho Consejo
entrará en vigor a partir del próximo
19 de junio tras las elecciones que para estos
efectos se desarrollaron el 9 de mayo en la ciudad
de Nueva York, durante el sexagésimo período
de sesiones de la institución.
Debilitada en el transcurso de décadas
por su ineficiencia y dudosa legitimidad en materia
de composición, la antigua Comisión
de Derechos Humanos se había convertido
en la antesala de un auténtico mercadillo
de domingo en que salían impunes aquellos
que lograban vociferar más alto su pretendida
inocencia, secundados por quienes, como ellos,
resultaban los violadores de derechos humanos
más connotados del planeta.
En numerosas ocasiones, organizaciones no gubernamentales
e incluso representantes de otras instancias públicas
relacionadas con los derechos humanos habían
destacado el carácter moribundo e incompetente
de dicha Comisión, donde países
como Sudán, China, Zimbabwe o Siria, violadores
permanentes de estos derechos, no sólo
salían indemnes en las resoluciones, sino
que cabildeaban para que otros Estados cómplices
en este mismo ámbito lograran escapar a
un dictamen desfavorable de la Comisión.
Visto desde esta perspectiva, la Comisión
no tenía, desde hace varios años,
razón de ser. De modo que su desmantelamiento
y reestructuración en aras de la creación
de un nuevo órgano no podía menos
que alegrar a los demócratas del mundo
que se habían desentendido desde hace mucho
tiempo del imbroglio burocrático y fantasioso
que representaba la Comisión ginebrina.
Más cuando las pocas condenas o resoluciones
que advertían a un Estado violador de Derechos
Humanos no constituían garantía
alguna para que ese mismo Estado enmendara o revisara
su política, arrogándose incluso
éste (como en el caso de Cuba) el derecho
de impedir el ingreso en el país de un
observador o relator designado al amparo de la
resolución.
El nuevo Consejo de Derechos Humanos
Resultado de una amplia votación a favor,
en la cual sólo Estados Unidos, Israel,
las Islas Marshall y Palau se opusieron, quedó
aprobada la constitución del Consejo de
Derechos Humanos que contará con 47 miembros
elegidos por tres años (sin posibilidad
de ser reelegidos inmediatamente), tras una votación
de simple mayoría regida por un sistema
de cuotas regionales definido por áreas
geográficas continentales.
Dicho Consejo incluye dos novedades: por una
parte, dependerá exclusiva y directamente
de la Asamblea General de Naciones Unidas, y por
otra, prevé la suspensión de un
país que cometa violaciones si se obtiene,
por votación, una mayoría de dos
tercios de sus miembros. En lo restante, las esperanzas
cifradas en este nuevo órgano se han desvanecido
aun antes de su puesta en funcionamiento.
Irregularidades crónicas
Lo que ha sucedido es que los cambios introducidos
en el novedoso CDH no son más que mero
maquillaje para, durante el tiempo que se desconozca
su verdadera esencia, crear la ilusión
de un ajuste positivo en la antigua Comisión
que satisfaga las exigencias de la sociedad contemporánea
en materia de Derechos Humanos. Por otra parte,
es de suponer que su creación (poco importan
los magros resultados) ha dado trabajo para justificar
salarios a no pocos de los efectivos permanentes
de este capítulo en Naciones Unidas.
Se trata, una vez más, de irregularidades
crónicas de la Comisión que son
justamente las que más sobresalen en sus
pretensiones de justicia. Basta con que se analicen
superficialmente las cláusulas electorales
del CDH para que salte a la vista que su talón
de Aquiles continuará siendo el mismo que
arriesgaba la existencia de la Comisión
anterior.
Ahora, tras el maquillaje operado, los mismos
Estados violadores de derechos humanos podrán
continuar campeando en el seno de la institución
llamada a salvaguardar la aplicación de
los derechos humanos en el planeta. Será
suficiente que una mayoría de Estados,
igualmente violadores de estos derechos los elijan
para que tengan, por tres años, la dicha
de ser los que lleven la voz cantante en este
delicado tema.
A ello se suma el hecho de que la asignación
de cuotas por áreas regionales implicará
que trece países de Asia formen parte del
CDH; o sea, se le ha concedido a esta área
del planeta, particularmente afectada por la violación
de derechos humanos, dos escaños suplementarios,
con lo cual se garantiza que China, Pakistán,
Birmania, Corea del Norte, Vietnam o Siria se
conviertan en los jueces de Naciones Unidas en
materia de estos derechos.
Las nuevas asignaciones incluyen también
dos escaños suplementarios para el área
de Europa del Este, donde candidatos como Bielorrusia
y la propia Rusia podrán afilarse los dientes
a la espera de ver satisfechas sus aspiraciones
de reguladores de derechos humanos a escala mundial.
Esta nueva distribución escamotea de tres
escaños al área de Europa Occidental
y países que la propia Comisión
cataloga como "el Grupo de los restantes",
en los que se encuentran Canadá, Estados
Unidos, Australia y Nueva Zelanda, que ven así
reducidos a siete sus diez puestos originales.
Para colmo, en el documento fundacional la noción
de libertad de expresión brilla por su
ausencia, no así la de respeto y tolerancia
ante religiones y creencias religiosas (este último
es un aspecto de muy difuso contenido, por cuanto
una creencia religiosa puede ser todo y nada a
la vez, en dependencia del número de adeptos
que logre captar para sus fines, cuales sean estos).
Reporteros Sin Fronteras, en un comunicado dirigido
al CDH, señala que dicha formulación
recuerda a la que puede leerse en la Constitución
y leyes de prensa de muchos de los países
musulmanes más represivos del orbe.
Tampoco contempla el nuevo CDH la acreditación
de Organizaciones No Gubernamentales en el foro
oficial del Consejo, condenando una vez más
la labor de seguro más eficaz
de cientos de organizaciones que velan por el
respeto de los Derechos Humanos a participar indirectamente,
a través de Foros Paralelos, en las cartas
y actas de denuncia. De una protesta ante esta
arbitrariedad se hace eco justamente una declaración
del 6 de abril de 2006, encabezada por la ONG
cubana M.A.R. por Cuba, durante el V Foro Paralelo
de Derechos Humanos, en Ginebra.
Las aspiraciones cubanas
Nadie debe haber olvidado que el pasado año,
durante la sesión 59 de la Comisión
de Derechos Humanos en Ginebra, el gobierno de
Cuba, a sabiendas de que su condena resultaría
inevitable, expresó mediante una arenga
de su máximo representante, Fidel Castro,
"que la Comisión le [importaba] un
bledo", recordando la poca importancia de
esta planta rastrera carente de interés
nutritivo.
Ahora bien, si se consulta la lista de Estados
que se apresuraron en proponer sus candidaturas,
se podrá apreciar que el gobierno de la
Isla fue uno de los primeros en hacerlo a través
de un documento oficial emitido por su Misión
Permanente ante la ONU, en que se aclara que el
país "reafirma su voluntad de continuar
trabajando sin descanso en la consecución
de la meta común del disfrute de todos
los derechos humanos por todas las personas y
todos los pueblos del mundo, sobre la base del
respeto a la Carta de las Naciones Unidas".
En ese mismo documento, fechado en la ciudad
de Nueva York, el 4 de abril de 2006, La Habana
añade que "Cuba espera que su membresía
en el más importante órgano especializado
de las Naciones Unidas en materia de derechos
humanos, tenga un impacto muy positivo no sólo
para su propio pueblo, también para el
resto de la comunidad internacional". Para
añadir luego: "Compartiremos nuestras
experiencias; aprenderemos de todos aquellos que
tengan buenas prácticas que transmitir".
Castro no sólo desmiente la declaración
anterior de que la "Comisión le importase
un bledo", sino que revela el fortalecimiento
de la esencia totalitaria del régimen en
un contexto regional (América Latina) en
que no cesa de aumentar el número de Estados
secuaces de la dictadura más antigua del
hemisferio occidental.
Esta situación no parece preocupar a la
Alta Comisionada de Naciones Unidas en Ginebra,
Louise Arbour, quien declaró recientemente,
tras los cambios cosméticos de la Comisión,
que "nada debía impedir que el nuevo
CDH fuera fuerte y robusto". La señora
Arbour deberá seguramente entender el concepto
de robustez y fortaleza desde la perspectiva de
la legalidad para reprimir y violar que legitimará
en lo adelante a Estados que, como el cubano,
han sido elegidos "democráticamente"
para ocuparse de la aplicación en el mundo
de los principios que el CDH cree defender.
Kofi Annan, que recomendaba desde inicio de 2005
una reestructuración de
la Comisión, ha pronunciado, ante la evidencia
de que el CDH no cumplirá
tampoco el cometido que se espera, la enigmática
frase: "no debemos dejar que lo mejor sea
enemigo de lo bueno". Evidentemente, a estas
alturas, ya ni sabe qué es lo mejor ni
qué es lo bueno, pues ninguno de los dos
organismos lo han sido ni lo son.
Ante el escepticismo del embajador norteamericano
ante la ONU, John Bolton, Annan y la propia Amnistía
Internacional se han entusiasmado con la posibilidad
de que con el nuevo CDH el historial de un país
en materia de derechos humanos pueda ser tenido
en cuenta.
Pero, ¿de qué historial se está
hablando si las mayores democracias del planeta,
las que mejor historial tienen en este sentido,
han sido relegadas a un rango participativo inferior
con respecto a regímenes totalitarios que
ahora tienen vía libre para ocupar la mayoría
de los escaños? ¿De qué historial,
si países como Canadá, Estados Unidos
o la propia Australia aparecen incluidos en un
grupo que la misma ONU llama "países
restantes"?
Ginebra igual
Si en algo parece no equivocarse la carta geográfica
del CDH es en haber incluido, océanos de
por medio, a estos "países restantes"
en el área de influencia democrática
de Europa Occidental. Con lo cual, dicho sea de
paso, escamotean asientos a los pocos que pueden
dar lecciones en este sentido.
Una vez más, la sección de Derechos
Humanos de la ONU deja en manos de los delincuentes
el poder para decidir cuáles gobiernos
cometen delitos y cuáles no. En estas circunstancias
cualquier resolución presentada por un
consejo de países que violan sistemáticamente
los derechos humanos contra otro que construye
con eficacia una democracia justa, podrá
tener cabida en el nuevo CDH. Y, por supuesto,
el historial delictivo de cualquier Estado miembro
contará muy poco si sus aliados en este
ámbito le sirven de comodines para escapar
de las condenas.
Nada ha cambiado en Ginebra. Por lo pronto, lo
único que ha logrado la antigua Comisión
ha sido, tras un año de cierre por obras,
que en 2006 ningún país sea condenado
y que el capítulo de los Derechos Humanos
a escala internacional haya quedado reducido a
una barahúnda de cotilleos de la que siempre
salen victoriosos los más tenebrosos y
asalariados, los ineptos funcionarios de siempre.
Y lo peor, tras un cierre anual por obras se correrá
el riesgo de que las leyes que regirán
el Consejo, después de las elecciones del
9 de mayo, queden fijadas por la carta de la ONU
justiciera por unos sesenta años más.
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