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Un
brindis por Luis Cino
Carlos Wotzkow
Llegará el día en que todos mis
amigos que aún viven en Cuba y yo podamos
sentarnos a discutir el por qué de mis
dudas sobre esos mal llamados periodistas independientes.
Llegará, estoy seguro, pero ya para entonces
muchos ya habrán perdido la careta. De
momento, les hablaré hoy de un buen amigo,
un amigo increíble al que conocí
en la casa donde la conspiración sana (la
música) nos ayudaba a evadir la terrible
realidad isleña. Le llamábamos "El
Vaquerito", pues como a mí, le encantaba
la música "Country". WQAM, ¿quién
no la recuerda?
Los recuerdos son extremadamente vagos, pero
es como si lo estuviera viendo: Rubio, delgado,
pequeño (en estatura, solamente), sentado
frente al inigualable HI-FI de Agustín,
con su vaso gratuito de "ron" en la
mano (en realidad un "Gordillo Añejo",
creado a partir del alcohol para lagartos de un
museo habanero y la alquimia del azúcar
quemado), y escuchando el "Stardust"
del Willie (Nelson) junto a los amigos del barrio.
¿Era el Stardust, o sería "We
the People" de Ellen Mc Illwayne? Tal vez
era "One quarter moon in a ten cent town"
de Emmylou Harris, un disco ideal para un país
donde la vida no vale los 10 centavos.
Lo repito, los recuerdos son vagos, pero me parece
estarlo escuchando ahora mismo: Conversando con
calma (y fuego interior) con el brillante negro
Neboro, con el diminuto héroe de Angola,
el Gran Albertico, con Vilma y su esposo Wilfredo,
con el Maestro Gori, con un segundo vaso del mismo
"Gordillo Añejo" esta vez "a
la roca", servido no sin preocupación,
por los más bellos ojos verdes de aquella
casa. Y lo sigo mirando, partido de la risa, lamentando
la inflamación de sus puños después
de haber abollado a pescozones la carrocería
de aquel horrible camión amarillo que tanto
jodía la existencia visual de la Calle
10.
Él, no hace mucho, en uno de sus comentarios
de amigo, me recuerda con mis fusiles al hombro
allá por el Aeropuerto, sin siquiera saber
que aquellos fusiles fueron los que me llevaron
de visita a Villa Marista el mismo día
en que Fidel Castro y yo coincidimos (por azar)
en un mismo lugar, y yo era él único
que iba armado. A Luís, lo recuerdo como
un verdadero rebelde innato, forrado de un valor
y una entereza que ni yo creo poseer. Entonces
Agustín, el Gordi, el mejor anfitrión
que he conocido en toda mi vida, decide irse.
Decide dejarnos solos, decide abandonarnos.
Indescriptible la sensación de pérdida
en aquella fiesta de despedida. Indescriptible
la impotencia de tener que reconocer la necesidad
de cualquiera para dejar detrás a Cuba.
Indescriptible la mirada triste y muda del Peyi.
El rostro sombrío de Neboro. Los ojos verdes
más bellos de Capdevila convertidos de
repente en los ojos más tristes de Altahabana.
Indescriptible la sensación de sentir que
el grupo de amigos es amputado por un siniestro
régimen asfixiante. Indescriptible, ver
al Vaquerito Cino, entre los amigos de siempre
en tiempos sin fiesta, regresando a aquella casa
de Altahabana, dado ánimo a una dulzura
hecha Penélope.
Por eso en Miami, en la mejor casa de Miami Springs
para ser exacto, rodeado de los mejores amigos
de Altahabana, junto al héroe Albertico
y a la bella Masty, junto a Vilma y su esposo
Wilfredo, junto al Maestro Gori y su hijo hecho
hombre, en ausencia de Neboro, pero con el perfecto
substituto de un Padre "nuestro", negro
como el académico de la CUJAE, y tan brillante
como el primero, hemos brindado por Luis (el Vaquerito)
Cino. Lo hemos recordado con anécdotas
de risa, carne de contrabando, camiones destartalados
y épocas de ley seca. Pero también,
con la tristeza que acompaña el abrazo
perdido.
Para mí, y estoy seguro que también
para el resto, resulta un privilegio haber conocido
y compartido con un hombre que ha sabido hacer
de su coraje no sólo un modo de vida, sino
una combinación peligrosa (en Cuba) de
humor, entereza, y buena sabiduría. Si
alguna vez en el periodismo rebelde de Cuba alguien
entendió lo magnífico que es contar
con el valor en medio de tanta desesperanza, ese
periodista independiente de la Cuba de hoy, se
llama Luis Cino. Un amigo que, para vergüenza
de algunos "insignes", todavía
no ha aprendido a administrar su miedo en Cuba,
pues, carece de él.
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