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Bienvenido
Gorbachov
Miguel Saludes
El año 1988 entró en la vida del
pueblo cubano cargado de grandes esperanzas. Mijail
Gorbachov, primer secretario del Partido Comunista
de la URSS y líder del movimiento renovador
conocido mundialmente como perestroika y glasnost,
visitaba la Isla caribeña. Se esperaba
que, como había ocurrido en varias ocasiones,
la visita del presidente soviético, diera
-si no un vuelco- al menos una nueva dirección
a la marcha del proceso cubano, y esta vez para
bien.
Desde 1986 los cambios ocurridos en la Unión
Soviética tenían asombrados al mundo.
En Cuba la mayoría se mantenía atenta
a los acontecimientos de Moscú. Por vez
primera los impresos venidos del país de
los soviets apenas duraban horas en los estanquillos
de periódico, a diferencia de épocas
anteriores, en que, a excepción de Sputnik
(considerada la equivalente de Selecciones del
campo comunista), el material que no eran de utilidad
para los menesteres del hogar escaso de papel,
quedaba apilado en un rincón hasta que
un buen día se destinaba a los vertederos
de basura.
Ahora Novedades de Moscú, Tiempos Nuevos,
Literatura Soviética, y todo lo proveniente
de ese país tenía amplia demanda
entre la población. Los coleros acaparaban
cantidades de ejemplares que después revendían
a diez veces su valor. La misma atención
despertaban los filmes facturados por Mosfilm,
perseguidos por los cinéfilos. Algunas
de estas cintas provocaron gran afluencia de público
y hasta la intervención de la policía
para controlar la situación. Ese fue el
caso del laureado documental Éramos jóvenes,
que solamente fue expuesto en una tanda dentro
de la programación de la semana de cine
soviético y que no pudieron ver centenares
de personas. En esa ocasión la policía
reprimió a golpes y a base de gases paralizantes
la barahúnda de protesta que se formó
en el cine Chaplin, ubicado en una de las más
céntricas calles de la capital cubana.
Hasta los roqueros empezaron a disfrutar de las
agrupaciones venidas de Hungría, Alemania
del Este, Rumania y hasta de algunas que visitaron
La Habana entonando el rock en la nada agradable
lengua rusa. Para colmo, por vez primera Fidel
se veía eclipsado por un líder soviético
que le robó la escena internacional, incluso
la de su propio país, donde la gente esperaba
ansiosa por alguien que traía un mensaje
distinto y a su vez revolucionario.
Mientras todos estos detalles eran asimilados
con alegría por la gente del pueblo, los
fidelistas ignorantes, fanáticos o convencidos,
miraban con ojeriza los acontecimientos. Se sabía
de las diatribas del Comandante contra los cambios
que estaban ocurriendo en el Kremlin, aunque esos
discursos sólo eran pasados a la militancia
del partido. Se dice que en uno de ellos el gobernante
cubano acusó a Gorbachov de ser un agente
al servicio de la CIA. Los hasta entonces fieles
amigos soviéticos ya no gozaban de la misma
confianza que unos años atrás. Ahora
la amistad hacia estos técnicos y colaboradores,
ponía en alerta al sistema de vigilancia
establecido en Cuba. No se sabe aún si
entonces era preferible mantener relaciones con
un individuo proveniente del mundo capitalista
antes que de uno que procedente del campo socialista.
En este marco se produjo la histórica
visita de Gorbachov a Cuba. Sin compararla con
la de Juan Pablo II, fue una de las estancias
más esperadas en la Isla de una personalidad
extranjera. El primer signo que demostró
la inseguridad del gobierno fue la resolución
de que a la característica bienvenida multitudinaria,
que se ofrecía entonces hasta al menos
ilustre de los presidentes que asomaba su figura
por la Mayor de las Antillas, esta vez sólo
acudirían militantes del partido y de la
juventud comunistas, miembros del CDR selectos
y centros de trabajo, quienes estarían
alineados a lo largo del recorrido de la caravana
encabezada por el visitante y su anfitrión.
Simpatizante a voz en pecho de los cambios democratizadores
que ocurrían en la URSS, decidí
participar del recibimiento a Gorbachov y tuve
la idea de confeccionar un cartel a mano, donde
con letras grandes y pintadas en verde expresé
la frase: "Bienvenido Gorbachov, éxitos
a la Perestroika y al glasnost". De esta
manera pretendía patentizar públicamente
mi desacuerdo con las medidas restrictivas que
ya se venían tomando respecto a los contactos
e información procedente del país
europeo, así como mis simpatías
por la apertura democrática. Ni siquiera
pude abrirlo al paso de la comitiva. Unos muchachones
vestidos en guayabera blanca y con gafas de sol
me rodearon en la intersección de 100 y
Boyeros. Uno de ellos me ordenó que le
mostrara la pancarta para ver qué decía.
Al comprobar el mensaje escrito en la cartulina
me conminaron a acompañarles.
Así fue que pude conocer los interiores
de la fábrica de tabacos ubicada en las
cercanías de aquel sitio. Allí estaba
la dirección operativa de este grupo de
la policía política que había
habilitado el lugar para acontecimientos como
éste. Detrás de la mampara de la
oficina pude escuchar a los agentes enfrascados
en un concienzudo análisis de cada palabra
escrita. La razón del color verde, por
qué poner Glasnost además de Perestroika
y con mayúscula, y hasta el motivo de que
la hoz y el martillo aparecieran también
en verde. Mientras tanto, otro de los oficiales
se dedicaba a distraer mi atención hablando
mal de los soviéticos y sus reformas. Lanzaba
con soberbia un ejemplar de Sputnik diciendo que
ya no era aquella publicación tan buena
como la que nos llegaba antes.
Después vino el interrogatorio. Si alguien
me había ordenado escribir aquello, si
el autor era yo o existía otro, así
como los motivos que había tenido para
escribir la salutación en ese talante.
Finalmente me dejaron marchar con la condición
de que el cartel se quedaba con ellos, pues desentonaba
con la gran proclama levantada por el pueblo en
miles de pasquines en los cuales estaba inscrito
el único lema aprobado para el momento:
Saludos a la eterna amistad entre los pueblos
de Cuba y la URSS.
Después vinieron los problemas en el centro
de trabajo donde había sido notificada
mi detención y actitud poco confiable.
Las desgracias empezaron a caer con mayor velocidad
sobre mi persona. Pero esto ya es otra historia.
Hace apenas unas semanas pude estar en la recepción
ofrecida a Mijail Gorbachov en la Universidad
de Miami donde el ahora conferencista y premio
Nobel de la Paz, ofreció una charla que
culminó con una breve conferencia de prensa.
Mientras Gorbachov hablaba de aquellas jornadas
que cambiaron el panorama mundial, recordaba lo
acontecido en mi país desde aquella frustrada
visita suya. La radicalización del proceso
cubano, la postura de atrincheramiento y el desastre
económico seguidos por el incremento de
la represión. Más encarcelados,
menos información y una censura desatada
contra todo y contra todos. Los tonos esperanzadores
se fueron oscureciendo y la negrura de la noche
totalitaria nos quitó la alegría
de que la pesadilla estaba por concluir.
Escuchando a Gorbachov me invadieron sentimientos
que variaban desde la emoción hasta el
desencanto. Sobre todo fueron fuertes las palabras
del hombre demócrata justificando al dictador
y catalogando de actitud autoritaria, lo que en
realidad es totalitarismo. Me pareció ingenua
la consideración de amistad expresada por
el hombre más fuertemente criticado en
el círculo de poder en La Habana y contra
el que apostaron hasta la última carta.
Quizás hasta su muerte hubiera sido celebrada
de haber ocurrido en el marco de aquel coletazo
de los comunistas de extrema en la intentona golpista
de los noventa.
Pero a pesar de todas las inconveniencias e incomprensiones
volví a coincidir con Gorbachov, al menos
en dos cosas. La perestroika fue buena para el
mundo y la llegada de la democracia para Cuba
resulta inevitable. Fidel Castro, como Mijail
Gorbachov expresó en respuesta a una de
las preguntas, pasará pero el pueblo cubano
no, y éste será el gran autor de
su propio futuro. A pesar de todo, la perestroika
y el glasnost quedaron en la historia de la humanidad,
y para los cubanos es una experiencia que sigue
ardiendo en los corazones que esperan se produzca
una realidad similar que cambie el contexto nacional
de cara hacia la democracia.
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