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Cuba,
donde la miseria toma carta de ley
Luz Modroño, Representante en Europa
del Grupo Internacional por la Responsabilidad
Social Corporativa (GIRSC)
Tras cuarenta y siete años de imposición
férrea de la supremacía ideológica
y política sobre cualquier otro componente
moral, social o económico, Cuba es hoy
un país que salió de la pobreza
para entrar en la miseria. El poder absolutista
de una dictadura que ha supeditado sus bases de
producción y el desarrollo del país
a un hipotético y falaz igualitario reparto
de la riqueza sobre la base del aislamiento y
la autarquía, anulando todo intento de
iniciativa privada y de estímulo social,
no puede sino engendrar miseria y destrucción.
Las miradas perdidas en un futuro sin esperanza
de los cubanos que día a día sobreviven
buscando cómo conseguir unos pesos de más,
lo ponen bien en evidencia. Rebuscar entre basuras,
que en su amontonamiento por calles y plazas dan
un toque de colorismo a las calles habaneras,
susurrar al oído del turista aparentemente
necesitado cualquier producto que pueda ser vendido
o al del turista incauto la necesidad de leche
o vitaminas que tiene un hijo pequeño o
enfermo acompañado de un largo discurso
sobre la imposibilidad de adquirirla...- el turista
le acompañará a la tienda más
cercana, a la que ellos tienen difícil
acceso, comprará la leche, o las vitaminas...
y verá si queda observando como ésta
es revendida en pequeñas cantidades o es
devuelta al propio establecimiento donde se adquirió,
saliendo con la cara radiante por los pesos conseguidos
en el intercambio comercial- son prácticas
habituales.
Un futuro anémico de ilusiones que compite
con la amenaza permanente y la corrupción.
Si la caída del muro de Berlín mostró
al mundo la cara real del comunismo y los efectos
que el control estatal de todos los medios de
producción produjo sobre la descomposición
de sociedades antaño prósperas y
avanzadas, Cuba, hoy último reducto de
aquella utopía, que sufrió en los
noventa las devastadoras consecuencias de su pervivencia
en el aislamiento, no ha hecho sino acrecentar
hasta los niveles de destrucción y corrupción
actuales los efectos de una sociedad y una economía
regidas por la ley de la intolerancia y el pensamiento
único. Desde la caída del muro han
pasado dieciocho años. Dieciocho largos
años que han supuesto para el pueblo cubano
la acentuación imparable de una larga agonía.
El bloqueo americano no ha servido sino para
endurecer las medidas internas de control y represión.
Ha sido la excusa que, como anillo al dedo, ha
servido a Castro para justificar los actos de
violencia contra su propio pueblo y ha sido la
explicación bajo la que se ha parapetado
una parte de la opinión internacional que
se niega a ver la responsabilidad directa del
dictador.
Y, entre tanto, el empobrecimiento, la economía
sumergida, la corrupción, el engaño,
el robo o la mendicidad han ido entronizándose.
Cuba es hoy, tras cuarenta y siete años
de poder absoluto acumulados en un solo hombre
un país que marcha inexorable hacia su
propia ruina. Una agonía para los gobernados
y una vergonzosa complicidad para esa parte del
mundo libre y democrático que, bajo los
efectos propagandísticos del propio caudillo
cubano ha asistido y, en ocasiones justificado,
a tal despropósito histórico.
Bajo el icono del antinorteamericanismo se ha
venido justificando desde distintos sectores de
la opinión internacional, una demagogia
que ha querido presentar al sistema como único
superviviente de un mundo que hace tiempo demostró
su inviabilidad. Y niega, mirando hacia otro lado
o no queriendo mirar a la realidad de frente,
el sufrimiento de un pueblo víctima de
obsesiones caudillistas que se ve obligado al
aplauso bajo amenazas de exclusión social.
Hasta que consigue huir. Las cifras de los que
han abandonado el paraíso cubano rondan
los dos millones de exiliados, aún con
las enormes dificultades que salir del país
supone en una legislación que niega y viola
el artículo 13 de la Declaración
de Derechos Humanos que reconoce el derecho a
la libre movilidad de los ciudadanos. Atrás
quedan familias, amigos, compañeros de
juego o de café, cuyos rasgos el tiempo
inexorable se encargará de empañar.
El pueblo cubano huye también del hambre.
Cuba ha adquirido una deuda internacional que
ronda los 70.000 millones de dólares y
que Castro intenta pagar a costa de la explotación
de su propio pueblo. Baste como demostración
de ello, el dato de que los trabajadores de empresas
turísticas, hoy primera fuente de entrada
de divisas, cobran sus sueldos en devaluados pesos
nacionales y a través de empresas empleadoras
gubernamentales que retienen hasta el 98% de los
salarios que corresponderían a dichos trabajadores.
Los salarios finales de los trabajadores de este
sector rondan los 250 pesos nacionales -cuatro
pesos nacionales equivalen a uno convertible,
correspondiendo a éste último un
valor semejante al euro- en un país donde
los precios se equiparan a los europeos. El sector
turístico es considerado un sector privilegiado
por el resto de los trabajadores.
La conjunción del alto coste de la vida
en Cuba y los misérrimos salarios ha engendrado
una doble economía instaurada en el país
con características rayanas en la corrupción.
Binomio peligroso tanto para la supervivencia
del pueblo como para la del propio poder. Sólo
el control acérrimo de la población
mediante la vigilancia policial continua y la
negación constante de los derechos humanos
tanto como la persecución implacable sobre
el que osa una queja pública o una crítica
al sistema garantizan el silencio y la resignación.
La Ley 88 también llamada, tan gráficamente,
Ley Mordaza, por la que son juzgados, encontrados
culpables y condenados todos los que traspasan
la frontera de la aceptación servil del
sistema subraya esta afirmación. Y no son
pocos los que, a pesar de ella, continúan
arriesgando vidas y haciendas por lograr el tan
ansiado cambio.
El Estado, aquí inevitablemente identificado
con el gobierno, es el empresario único.
Y como tal dueño absoluto de los modos
y medios de producción así como
de los puestos de trabajo que distribuye entre
la población. El salario queda jerarquizado
en veintitres categorías o escalas cuya
última revisión no completada ha
provocado la paradoja de que niveles superiores
perciban menor cuantía salarial que escalas
más bajas. El sueldo de un médico,
un abogado o un ingeniero ronda los seiscientos
pesos nacionales, esto es el equivalente a 150
euros. Por ello, muchos desertan de sus empleos
oficiales para dedicar sus esfuerzos a la economía
sumergida. Aunque ésta sea vender limonadas
a los turistas.
Atrás, años de estudios, de preparación,
de renuncias que no han servido sino para comprobar
que en Cuba es imposible vivir con el salario
que el gobierno da a sus trabajadores, sea éste
cual sea. No es difícil encontrar a adolescentes
que han renunciado a seguir ningún tipo
de preparación superior y, a cambio, dedican
sus mejores años a conducir un "almendrón",
dedicarse a la venta clandestina, medrar en cualquier
campo de la economía sumergida o clandestina
mientras suspiran por un horizonte de escapatoria.
El futuro les ha sido negado.
La precariedad, el paulatino y siempre constante
empobrecimiento, la miseria, la lujuriante escasez
de productos en las tiendas nacionales a la vez
que la abundancia y la variedad quedan reservados
para el que puede pagar en pesos convertibles
-divisas- y que son derivados al consumo para
turistas y exhibidos en hoteles y paladares, los
sueldos misérrimos... ha generado un sistema
perverso de economía sumergida en la que
a modo de engranaje bien engrasado el cubano sobrevive.
Porque en Cuba sobrevivir es sinónimo de
vivir. Machaconamente, la expresión "No
es fácil, no es fácil" sale
de forma constante de los labios de los cubanos.
Basta poco tiempo de estancia en la isla para
hacerla propia.
Prohibida la propiedad privada, los tímidos
intentos de algunos sectores de la población
por montar un pequeño negocio, son a menudo
abortados por el gobierno. Los "cuentapropistas",
así llamados los que sorteando las trabas
burocráticas que dificultan sobremanera
todo intento de generar riqueza se atreven a sacar
adelante su iniciativa privada, son constantemente
perseguidos y amenazados. Propietarios de viejos
coches de los años cincuenta, llamados
"almendrones", que utilizan como taxis
colectivos y que solucionan en gran medida el
grave problema del transporte público,
coco-taxis, bici-taxis, carromatos...; propietarios
de casas que alquilan habitaciones a turistas;
paladares o restaurantes de comida criolla que
en tantos discursos de Castro son responsabilizados
de problemas como los derivados del abastecimiento
energético o culpados de la desestabilización
del régimen; vendedores de galletas artesanales;
de ron elaborado clandestinamente; de manís
envueltos en sofisticados cucuruchos de papel
y que son cantados a lo largo del Malecón;
vendedores de cigarrillos sueltos o de puros -que
previamente han ido confeccionándose con
el robo de las hojas en las fábricas estatales-
... ponen la nota colorista en las calles de La
Habana.
Pero todos, obviamente si no son clandestinos
que también abundan, necesitan para su
pequeño negocio una licencia gubernamental.
Licencia que sería lógica si no
supusiera una forma más de coacción
y amenaza. Porque, por un lado su concesión
es arbitraria y responde fundamentalmente al grado
en que demuestran afección al régimen
y, por otro, porque igual de aleatoria es su retirada.
Los cuentapropistas, esto es los trabajadores
por cuenta propia, viven en un estado permanente
de zozobra temiendo que la próxima renovación
de su licencia no les llegue. La existencia de
los "cuentapropistas" es tan sólo
una muestra más de la supremacía
de lo político e ideológico sobre
lo económico. Castro como buen dictador
necesita tenerlo todo "atado y bien atado".
Palabras cuyo significado muchos españoles
conocieron bien.
Frente a esta escasa economía privada,
de la que Castro obtiene, no obstante, seguros
y constantes ingresos al no estar regulada por
los dividendos que el propietario obtenga de la
explotación de su negocio sino a impuestos
inmutables e independientes del beneficio producido
-el sistema fiscal es inexistente- y ajenas por
tanto a las ganancias o pérdidas obtenidas
y a las fluctuaciones del mercado, otra más
soterrada y generalizada se extiende paralela
a la actividad económica de las empresas
estatales. De ello hablaremos en otra ocasión.
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