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Julio
San Francisco (Matanzas, Cuba, 1951). Poeta, prosista y periodista
cubano desterrado hacia España en 1997 por cofundar y codirigir
la agencia independiente Habana-Press y luchar por la libertad de
expresión en su patria.
Tiene
nueve libros inéditos, el último escrito entre La
Habana y Madrid, durante 5 años, y titulado HABANA
PRESS (memorias de un periodista desterrado), el primero en
el que uno de sus protagonistas cuenta, y reflexivamente, en 380
folios la historia del Movimiento Cubano de Periodismo
Independiente que él prefiere llamar libre y que contiene
la mayor cantidad de información reunida hasta hoy sobre
este capítulo de la lucha por la libertad de prensa en
Cuba, como parte de la lucha por los Derechos Humanos, la
Libertad y la Democracia en ese país. La novela HABANA
PRESS está en trámites de ser llevada al celuloide.
También
ha terminado 20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas
del mismo periodista desterrado). Todos debidamente registrados.
Julio
San Francisco no perteneció nunca a ninguna institución
oficial de escritores, no participó en ningún
concurso auspiciado por el gobierno, no editó ningún
libro en editoriales cubanas, no hizo vida literaria en su
patria.
Es obligatorio citar la fuente en caso de utilizar o reproducir por
cualquier medio la información contenida en este material.
habana
press red
tabanotierno@yahoo.es
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Ejercer
como periodista oficial en Cuba es una realidad que sólamente
quienes hemos vivido podemos comprender, explicar y quizás--
justificar, pues se practica en medio de una brutal tiranía.
No es mucho
menos culpable el arquitecto que diseñó la heladería
Coppelia o el ingeniero que trazó la represa Zaza del Medio
o el maestro que enseña que el Día Nacional Cubano
es el 26 de Julio. Todos estaban ganándose la vida apenas,
a trancos, como sabían y podían.
En una sociedad/sistema
donde la norma es mentir hay que tener mucho valor para descubrir
la verdad y más, después, para decirla. No a todo
ser humano se le puede convocar a la heroicidad.
No estuve en
la heroicidad, pero le pasé cerca y es para salir en estampida.
Hay que tener una gran entereza ética para que, con las manos
esposadas a la espalda y sentado en un pupitre de preescolar, la
policía política le diga a uno: "Si esas
octavillas hubieran provocado una revuelta social en La Habana,
gusano de mierda, teníamos la orden de fusilarte esa
madrugada frente a tu oficinita de Habana Press"; y seguir
adelante a pesar del miedo.
La libertad
de prensa llegará a Cuba, no por lo que hicimos nosotros,
los fundadores del Movimiento Cubano de Periodismo Libre, sino porque
el ser humano la necesita. Yo lo sé ya muy bien.
EL INICIO
En primer lugar
por las circunstancias más normales del mundo un día
nos vimos escribiendo y recibimos el primer salario que nos permitió
comer y dar de comer a nuestra familia, mientras que, a la vez,
realizábamos la labor que siempre nos había gustado
y, en algunos casos, apasionado.
Éramos
felices, sobre todo mucho, el día que por primera vez vimos
nuestro crédito (nombres y apellidos) encabezando el texto
que había salido de los 10 dedos de nuestras manos y las
más de 40 teclas de nuestras máquinas de escribir.
En el principio,
y parafraseando al gran periodista Ernest Hemingway, escribir era
una fiesta. Estábamos en la etapa inicial, casi siempre juvenil
o como juvenil, del sueño cumplido, del entusiasmo, del
inicio de una profesión que, por alguna razón,
considerábamos útil y bella.
Así
comenzaron las cosas. Empezamos a aprender a movernos en una redacción,
a descubrir las funciones diarias de un redactor de mesa, de un
reportero, de un columnista, de un editorialista, de un jefe de
equipo y de página, del jefe de redacción y del de
información, de los subdirectores, del director, del
linotipista.
Empezamos a escribir en
un salón de redacción donde había un millón
de máquinas dejando
escuchar simultáneamente su peculiar sonata de tipos en el
cual, de momento en momento, entraba algún colega con "la
última" del día y nos reuníamos dos o
tres -los intelectualmente más afines-- para discutir
el título que proponía uno de ellos como cara de su
próximo artículo hasta que, después del debate,
se llegaba a la conclusión de que el título propuesto
no era el periodísticamente mejor, y aparecía, quizá
con la búsqueda de todos, el titular ideal. ¡Qué
felices entonces !
Ya sabíamos
lo que era la hora de cierre. Ya entrábamos por la tarde
o por la noche a la redacción, si teníamos alguna
información de última hora, apurados, rápidos,
importantes, seguros de que nadie se atrevería a detenernos,
convencidos de que un periódico completo esperaba por la
cuartilla y media más importante del mundo, la nuestra, y
nos aflojábamos la corbata y nos remangábamos las
mangas y empezábamos a escribir y a sudar y nos sentíamos
como los imprescindibles hombres del The New York Times o como los
galanes protagonistas de la famosa película Los hombres del
Presidente. ¡Qué jóvenes entonces !
Un día,
claro, empezaron a llegar cartas de lectores al periódico
en las cuales se mencionaban nuestros nombres y dijimos ¡Al fin,
ya tenemos lectores ! ¡Ya hay gente que nos sigue día a día
! Ya somos realmente personajes importantes para el mundo y se
las mostrábamos a nuestros colegas, a nuestros amigos, a
nuestros familiares, a nuestros vecinos, a la novia que teníamos
y que nos iba a dejar, incluso aunque a veces no fueran
elogiosas, pero esas cartas eran las pruebas que nos faltaban
para demostrar que éramos periodistas porque, mientras
esto no le ocurre a un profesional de la información, se
tiene la impresión de que nuestras palabras fueron y
cayeron al vacío.
Pero no eran
sólo las cartas, ya cualquiera nos paraba en plena calle
y nos decía "Periodista, leí su artículo,
el que critica el sistema de distribución de viviendas mediante
la microbrigada. Me gustó mucho. Menos mal que alguien se
atrevió a decir eso". Y uno se hacía el modesto,
se mostraba tímido, y tímido y modesto decía
"Bueno, gracias, no es para tanto, hombre, se hace lo que se
puede, gracias, muchas gracias".
Empezábamos
a guardar, primero, todos los periódicos en los cuales salía
algo nuestro, aunque fuera una simple notita, siempre que llevara
nuestro nombre de un extremo a otro de la provincia o del país,
después, sólo los periódicos en los cuales
salía un artículo que, por la calidad de su contenido
y redacción, nos parecía bueno, más tarde sólo
el recorte de otro artículo con similares características
y, finalmente, no guardábamos nada y, muchas veces, ni leíamos
al otro día lo que había salido y habíamos
escrito el día anterior.
Estábamos
entrando en la rutina. Todavía nos faltaban unos cuantos
túneles que ni siquiera sabíamos que existían
y en los que tendríamos que entrar forzosamente.
Cuando, al
principio, el jefe de equipo o de redacción o de información
nos tachaba con lápiz rojo, rojísimo, una palabra
o una frase o un párrafo completo o nos viraba el comentario
o artículo para que lo hiciésemos de nuevo, era que
nosotros también éramos nuevos, que no sabíamos,
que no teníamos experiencia, que estábamos
aprendiendo, pero tenía que llegar el momento, y llegó,
en que nos dimos cuenta de que no se trataba de que éramos
nuevos, de que no sabíamos, sino de que estábamos,
día a día y noche a noche, ante la censura, ante la
confrontación de nuestro pensamiento real con el
pensamiento oficial, la contradicción entre la realidad de
la vida y la ficción de la prensa, y, lo peor, nos dimos
cuenta de que estábamos atentando contra nuestra propia
conciencia personal y contra la conciencia nacional.
Surgió,
entonces, el conflicto ético, pero justamente en esta estación
del camino personal es cuando los periodistas cubanos de estos últimos
43 años nos dividimos en cinco grupos bien delineados.
Diariamente, unos nos convertimos en protagonistas sombríos
de tragedias personales, otros en protagonistas sonrientes de
personales comedias. Todos coincidíamos en que el
periodismo era nuestra forma de ganarnos el pan, pero algunos no
estábamos dispuestos a ganárnoslo toda la vida sin
dignidad, mientras que parecía que a los otros no les
importaba -y en efecto creo que no les importaba-- nada de
este asunto de la dignidad, de enfrentarse cada día contra
sí mismo y decidir autovencerse en nombre de una rebanada.
No fue fácil
llegar al gran descubrimieto de la estafa ideológica. El
periodista en el comunismo, como toda la ciudadanía, está
rodeado de una muralla antinformativa, no tiene acceso -por
los canales oficiales que son los que están a su alcance--
a ningún manual, libro, medio, o a un simple comentario
que cuestione la argumentación teórica del sistema,
ni denuncie sus atrocidades. Esto va unido a un perfecto plan de
entrenamiento ideológico --comenzó en la guardería--
, los celebérrimos círculos de estudios políticos,
que, sin información veraz y alternativa, consiguen un
verdadero lavado de cerebro.
Y un añadido
más: el periodista se mueve siempre en círculos afines,
o sea, oficiales e igualmente adoctrinados. (Todavía no
había ocurrido la perestroika ni se había caído
la omnipotente Unión Soviética, no existía
el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, no teníamos
acceso a Internet, no existía Radio Martí, no habíamos
fundado Habana Press y el Movimiento Cubano de Periodismo Libre).
El que sea
sorprendido con un libro como La Gran Estafa o con un magazine como
Selecciones pierde el derecho a continuar ejerciendo la amada profesión
por pasar a la categoría de diversionista ideológico.
Si nos llegaba,
por purísima casualidad, a las manos uno de estos materiales
"subversivos" la expresión generalizada era "¡eso
es propaganda anticomunista!". Y no se le daba crédito.
Descubrir, pues, los entresijos de una realidad tan bien
entramada que, por otra parte se vivía desde muy lejos (¡nada
menos que desde la redacción de un periódico
comunista que es lo más alejado de esta realidad junto con
el resto del aparato político-ideológico-militar-burocrático!)
llegaba a convertirse en una real proeza intelectual que, a la
vez, sólo te causaría frustración, amargura,
dolor. No todos tenían ni tienen el valor de salir de la
burbuja pefecta y segura hacia la intemperie azarosa. Pocos nos
atrevimos y, desde luego, encontramos el verdadero concepto y
sentido de la libertad, pero estamos pagando, aunque sin
arrepentirnos, el precio de ese salto hacia la honestidad, la
responsabilidad y esa libertad.
VERSIÓN
EN BLANCO, NEGRO Y OTROS COLORES
Estoy convencido
siempre lo he estado- de que la libertad de prensa tiene sus
propias restricciones en cada medio. Llega hasta donde no afecta
a los intereses del dueño. Y siempre hay y habrá un
dueño. No es absoluta. La manipulación es una ley,
pero, en la Democracia, existen muchos medios y muchos dueños,
por tanto, cada uno ofrece, o puede ofrecer, una versión
distinta de la realidad y sus hechos. Entre todas las
manipulaciones se encuentra la verdad aunque, por razones éticas
o profesionales, en todo hecho noticioso hay algo, lo intrínseco
noticioso, en lo que todos los medios coinciden aunque eso, "lo
intrínseco", aparezca al principio o al final de la
noticia dada por uno u otro medio según le convenga a su línea
editorial. Este requerimiento de diversidad es la razón
por la cual considero muy peligrosa para nuestra profesión,
para los periodistas, para la ciudadanía y para la
seguridad del propio sistema capitalista la fusión de
medios o grupos mediáticos. El sistema, por su necesidad
de mecanismo de protección y por su instinto de conservación,
debería regular urgentemente este fenómeno que
empieza a parecer una peligrosísima tendencia, finalmente
autodestructora.
Esta coincidencia
y esta diversidad sin que el periodista que la transgreda vaya
a la muerte, la cárcel o el destierro- es justamente la
libertad de prensa, pero en la tiranía comunista hay un
solo dueño, aunque existan muchos medios, con un solo
interés: mantener a ese dueño en el poder por lo
cual todos dicen lo mismo nada-: noticia sin noticia, opinión
sin opinión.
Diferentes
días, iguales reportes. La información es una de las
grandes propiedades del Gran Dueño comunista. En el caso
de mi país, el flamante Órgano Oficial del Comité
Central del Partido Comunista de Cuba -que así se identifica
al gran periódico de 12 páginas- nombrado Granma,
el gracejo popular lo ha denominado con un nombre que expresa la
esencia de su contenido : Mentirita, por tanto, cuando un cubano
le pregunta a otro sobre lo que dijo el matutino acerca de algún
hecho del día, dice : ¿Qué dijo Mentirita hoy ?
El siguiente
es el esquema del periodismo comunista, de escribir sin decir, que
llamo periodismo lavado, exprimido y secado:
TÍTULO:
Miembro del Partido Comunista D recibe a miembro del Partido Comunista
K
El compañero
3, miembro del Comité Central del Partido Comunista D y jefe
de su departamento de Relaciones Internacionales, recibió
en la tarde de ayer al compañero 14, miembro del Comité
Central del Partido Comunista K y jefe de su departamento de
Relaciones Internacionales, quien se encuentra de visita en La
Habana como parte del intercambio existente entre ambos pueblos y
partidos.
Durante el
encuentro, desarrollado en el ambiente cordial y amistoso que siempre
ha caracterizado a las relaciones entre el Partido D y el Partido
K, se trataron diversos aspectos de las relaciones bilaterales entre
nuestros pueblos y partidos, así como temas de interés
común referidos a la situación internacional y la
colaboración bilateral.
Ambas partes
coincidieron únanimemente en todas las cuestiones de principio
y ratificaron la amistad desinteresada e indestructible que existe
entre los glorisos Partidos Comunistas de nuestros países
AKM y AKM-1.
En el importante
encuentro también estuvieron presentes los compañeros
133, primer vicejefe del departamento de Relaciones Internacionales
del Partido Comunista K, el compañero 121, primer vicejefe
del departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista
D, los embajadores de ambos países, K14 y D3, y otros
funcionarios de los partidos hermanos." No es un chiste. Me
cansé de redactar notas de este corte.
De estos cinco
grupos que he mencionado y después de haber estado años
entre ellos- pienso que hay dos que realmente merecen respeto
aunque uno crea con respecto al otro que está equivocado y
se pidan la cabeza: los que han actuado según sus
conciencias y no según intereses mesquinos y rompimos a
toda costa y posteriormente nos enfrentamos desde allá
adentro, y los que se mantienen honestamente creyendo y
pregonando que Fidel Castro es el Mesías que ha salvado a
Cuba y que son "cuatro gatos" en cada medio.
Los otros dos,
los que bailan al son del castrismo mientras pueden y cualquier
día se quedan aquí o acullá por cierto, tienen
suerte pues puede leérseles en importantes periódicos
de Madrid y Miami- y los que se mantienen mintiendo sabiendo que
mienten, hasta que se jubilen, también, desde luego, merecen
algo, merecen compasión porque la deshonestidad
intelectual y la complacencia indeseada, la nulidad, gana pasaje
para ningún lugar.
El grupo restante,
el de los oportunistas, no tiene perdón de Dios. Tampoco
lo tendrá del Diablo.
Entre los periodistas
de estos cinco grupos pueden encontrarse tres cualidades que, en
definitiva, marcan la conducta de cada persona ante esta realidad:
el miedo incontrolable, la ambición desmedida y la
honestidad pujante, a veces entrelazadas.
LOS CINCO GRUPOS
DE PERIODISTAS OFICIALES
Ahora intentaré
caracterizar a cada uno de estos cinco grupos. No debo dejar de
advertir que se trata de un esquema convencional y que, por tanto,
carece de matices, pero lo utilizo, primero, por una razón
metodológica y, segundo, porque resulta ilustrativo.
El primer grupo,
el pequeño, pero pequeñísimo, de periodistas
cubanos que existe es el de los que creen realmente en Fidel Castro
y piensan que será eterno, que no morirá nunca, el
de los que creen en la historieta de la revolución cubana,
-¡ah, revolución, partido, hay que escribirlos en la prensa
oficial siempre con mayúsculas!-, el de los que no se han
enterado que la Unión Soviética se esfumó
como todo fantasma, el de los incondicionales sin precio, el de
los leales sin argumentos, en fin, el de los fanáticos,
generalmente de destacada pobreza intelectual.
El segundo
es el de los oportunistas o arribistas o trepadores, el de esos
que siempre saben y pueden acomodarse al sillón que se les
ponga y hoy son capaces de estar con Dios, mañana con el
Diablo, pasado mañana nuevamente con Dios y, así,
sucesivamente, infinitamente. Son los peores de todos y no merecen
ni respeto ni compasión . Merecen el asco que provoca toda
amoralidad interesada porque nunca dudan y lo hacen día
a día- en decir lo que se les pida y en aplastar a quien
toque aplastar. Son los mejores testaferros y guillotinadores cotidianos
en nombre de nada o, mejor dicho, en nombre de su ambición
personal que es el peor de los ideales cuando para lograrla se recurre
a las asquerosidades del poder.
El tercer grupo
es el de los que siguen escribiendo contentamente todo lo que se
les ordena nunca equivocan la tonadilla de actualidad, nunca
seleccionan el adjetivo prohibido- y cuyos textos salen cada
amanecer, son más castristas que Castro, no conocen la
censura en carne propia porque se autocensuran y, como decía
el poeta Heberto Padilla en Fuera de Juego, aplauden cuando hay
que aplaudir, que es siempre. Es el de los que incluso ocupan
cargos de dirección en los medios o dan clases en las
universidades o hacen ambas cosas. Estos desertarán en el
primer viaje a Miami o a Madrid.
Estos tres
primeros grupos dominan la situación, dominan la redacción.
Son los que elaboran y mantienen la atmósfera de control.
Constituyen el poder fáctico.
El cuarto grupo
es el de los que, pensando como los del tercero o el quinto, o sea,
escribiendo sin sentir lo que escriben, se morirá en las
redacciones o sus pasillos porque ni están dispuestos a desertar
ni están dispuestos a oponerse. No se hacen sentir. No
existen. Ni vomitan ni comen fruta. Ni quitan ni ponen. Ni tachan
ni pintan. Sombras que escriben. Esperan pacientemente el histórico
día de su jubilación.
Los que nos
hemos tirado de este tren en plena marcha y conocíamos las
consecuencias que tal decisión acarrearía para nuestras
vidas y la de nuestra familia (1) podemos, como mínimo, comprender
a quienes no son capaces de saltar y "enjuiciarlos" con
indulgencia. Mentir para comer en medio de una férrea
tiranía no es, en mi opinión, a fin de cuenta el
peor pecado ni para un hombre de prensa y se sabe que el instinto
de conservación es uno de los más fuertes.
Esto no nos
niega, desde luego, la libertad de hacer un juicio moral al final
del cual cada uno quedará en su lugar, en un lugar distinto
ante sí mismo, ante su pueblo y, acaso, ante la historia.
Creo comprender
tan bien este fenómeno, humano como tantos, que cuando trataba
de ampliar el staff de Habana Press jamás fui capaz de decirle
a un periodista "incorpórate a nuestra agencia".
Yo les daba llanamente la información de lo que hacíamos.
Decirme que se incorporaba o no, o sencillamente callar, entraba
en su libre decisión personal. Respeto mucho al ser humano
para violar, o instarlo a que viole, su instinto de conservación.
Y así actúe hasta con mis mejores y más
queridos amigos.
El quinto grupo
es la quinta columna que empezaría a tratar de "colar",
valiéndose de cuanta artimaña fuera posible, algún
comentario, alguna frase, alguna palabra que pudiera decirle al
lector algo contra el gobierno o, simplemente, dejarlo dicho entre
líneas, en tanto que empezaba a cuestionarse si continuaba
o no haciendo periodismo. El de los que primero fueron "raros",
después "problemáticos" o "conflictivos"
y, por último, disidentes u opositores. Este "rebaño
de ovejas negras" y me referiré sólo a
mis amigos, pues algunos rompieron antes y otros romperán
después- se honra con nombres como el de Reynaldo Escobar,
que fue expulsado de Juventud Rebelde en 1988 por escribir un
cuestionador artículo titulado: "30 años después,
¿de qué se quejan los jóvenes en Cuba?, José
Antonio Évora, que tuvo una actitud de una valentía
política, una honestidad intelectual y ofreció una
prueba de amistad nunca antes vista en ese vespertino, en el
mitin de repudio contra Escobar. Rafael Solano, Raúl
Rivero, Néstor Baguer, Ana Luisa López Baeza, José
Rivero, Olance Nogueras, Roxana Valdivia.
De parte de
este grupo surgirían las prestigiosas agencias Habana-Press,
CUBAPRESS, el BPIC..., y, consiguientemente, lo que se extendería
a toda Cuba como el Movimiento Cubano de Periodismo Independiente
(Libre) que tantas cefaleas le ha dado a Castro, sobre todo porque
no tiene antecedentes en la lucha anticomunista y no sabía
cómo combatirnos sin escándalo "periodista preso"
con su pago no sólo en crítica internacional, sino
y es lo que supongo que le preocupa- en "caída
de convenios económicos".
Pienso que
el "Caso Solano", fundador y director de Habana Press
desterrado, por ejemplo, le sirvió a la Seguridad del Estado
para experimentar y aprender qué podría hacerse con
los periodistas independientes de prestigio que le resultaran realmente
incómodos o insoportables: ponernos ante la disyuntiva de
cárcel o destierro. Después cumplieron también
conmigo la macabra advertencia que me hicieron cuando reporté
la noticia de las Octavillas sobre La Habana lanzadas por Hermanos
Al Rescate: "¡O te vas de aquí en 20 días,
gusano de mierda, o te pudres en la cárcel" y,
posteriormente, con Héctor Peraza, el segundo subdirector
de Habana Press.
Todos salimos
con esta dolorosa y honrosa inscripción en nuestros pasaportes:
"Permiso en calidad de permiso salida definitiva por un término
de definitivo".
UN ACUERDO
HEROICO: NO ESCRIBIR EL NOMBRE DE FIDEL CASTRO
Una tarde,
mucho antes de romper con el periodismo oficial, tres amigos del
quinto grupo, R. E., que permanece en Cuba, José Antonio Évora,
que está en Miami, y yo, tomamos en el Hurón Azul el
bar de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba- el "trascendente
y heroíco acuerdo" de no volver a escribir jamás
en nuestros textos el nombre de Fidel Castro. Nunca habíamos
hecho algo tan histórico. Y lo cumplimos. Esto era grave
por el culto a la personalidad que ha establecido y, aprovecho la
ocasión para comentar algo interesante sobre el
tratamiento que hay que darle a Castro en la prensa cubana. Está
sólidamente orientado e implantado que al gran tirano los
periodistas cubanos oficialistas tienen que denominarlo únicamente
y sólo únicamente como Fidel, el compañero
Fidel, el querido Fidel, el Comandante en Jefe, nuestro Comandante
en Jefe, el Máximo Líder, nuestro Máximo Líder,
el Comandante. De este tratamiento están exceptuados sólamente
los corresponsales de Prensa Latina la agencia
internacional de prensa cubana- porque, según la carta de
estilo, escriben para todo el mundo. Ellos sí tienen la
orden de decir siempre el Presidente cubano Fidel Castro.
Yo una vez
escribí ex profeso Castro en un artículo mío
y, lógicamente, me lo tacharon, me le pusieron Fidel, me
lo señalaron y me dijeron que no podía hacerlo nuevamente.
Y no lo hice, hasta el famoso acuerdo de ignorarlo para siempre.
En cambio, a Bill Clinton había que decirle William Clinton
porque el tratamiento de Bill era cariñoso y este cariño
expresado mediante el uso de los nombres sólo estaba
reservado para Castro y su pandilla de amigotes, sean escritores
de la talla de Gabriel García Márquez, a quien la
prensa cubana le dice El Gabo o politicastros como Hugo Cháves
Frías, a quien lo llaman Hugo Cháves y Cháves
a solas.
Todo medio
de prensa tiene un criterio o política editorial. Los cubanos
también cumplen rigurosamente este requisito universal. ¿Cuál
es el criterio o la política editorial de todos los medios
cubanos que en realidad son uno?: "Esto le gustará al
Comandante, esto no".
Yo pertenecía
a este grupo que desembocaría inevitablemente en la
disidencia o la oposición y recuerdo que el primer
argumento que utilicé para justificarme ante mi, quizás,
fue, "Pero si salgo del periódico, si dejo mi espacio
vacío, lo ocupará un castrista que no dirá
ni lo poco que yo estoy diciendo, que dirá todo lo que le
pidan que diga". Y continúe un tiempo más en
el cual publiqué los polémicos textos "Voy a
ver a mi abogado", "Abandono en el Archivo Nacional de
Seguridad Social", "Vayan al sindicato" (he citado
de memoria) y otros que reafirmaron mi condición de
periodista más censurado del periódico Trabajadores.
Desde ese momento todo texto mío pasaba por las manos de:
1.- el jefe de equipo, 2.- el jefe de redacción, 3.- el jefe
de información, 4.- uno de los subdirectores y, 5.- el director.
La consagración del asco. Dejé de asistir a los actos
y fiestas por el Día Internacional del Periodista que en
Cuba se celebra el 8 de septiembre, y me avergonzaba cada vez que
ese día me felicitaba un colega, un lector, un vecino.
Ocurrieron
dos hechos que confrontaron mi instinto de conservación -una
de las más fuertes cualidades- con mi integridad ética,
otra de las más fuertes. Un día me exigieron que cerrara
un comentario veladamente contestatario con la frase "como
tanto ha pedido nuestro Comandante en Jefe", con lo cual mis
heterodoxas palabras adquirirían todo el sabor del oficialismo
rampante y reinante. Asustadísimo, dije: "Mira, lo
siento, pero yo no voy a invocar el nombre de Fidel en algo tan
poco importante". El comentario no se publicó y quedé,
claro, marcado, señalado, fichado, listo para ser
rematado. Pocos días después me pidieron, con el
oscuro propósito de hacerme saltar por el techo, un
comentario sobre el respeto a los Derechos Humanos en Cuba. Mi
amiga, la poetisa María Elena Cruz Varela, estaba presa.
Dije que no lo escribiría. "Sencillamente dije-
no lo escribiré. Tú sabes, y yo también, que
ya yo no tengo jugada, pero te advierto que este juego a la larga
lo van a perder ustedes. Así que sé buena". Mi
debilidad -llameémosle miedo- era realmente mucha, pero,
exceptuando a los fanáticos, toda la redacción estaba
desmoralizada. Ya se había caído la Unión Soviética
y habíamos entrado en el llamado Período Especial
para Tiempo de Paz que, como siempre digo, era en realidad
especialmente pésimo.
El siguiente
día, al despertarme, sentí una angustia insoportable
y, sin saber qué pasaría al llegar al periódico,
empecé a sudar frío desde la puerta de mi casa hasta
el teclado de la máquina de escribir, el hecho se repitió
cada amanecer durante uno o dos meses. Decidí no continuar
ejerciendo la pecaminosa profesión aunque me muriera de
hambre y empecé a prepararme, sin imaginarlo, para pasar a
la oposición y participar en la fundación de Habana
Press, del BPIC y del Movimiento Cubano de Periodismo Libre, sin
suponer que tendría que pasar, antes, por una horrible
crisis existencial que quebrantaría peligrosamente mi
salud, incluiría tratamiento psiquiátrico por síndrome
de neurosis depresiva ansiosa y me causaría el divorcio.
Dejé
al fin de escribir para el periodismo oficial. ¡Y no porque no quisiera,
sino porque no podía! Fue un martes de 1992, el del mayor
miedo de mi vida junto con el del día que reporté
la noticia de la caída en La Habana de octavillas lanzadas
por Hermanos Al Rescate, pero en el primer caso sentía naúsea
también, en el segundo, no.
(1)
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