Los cinco grupos de periodistas oficiales cubanos

 

Julio San Francisco Martínez García

Julio San Francisco (Matanzas, Cuba, 1951). Poeta, prosista y periodista cubano desterrado hacia España en 1997 por cofundar y codirigir la agencia independiente Habana-Press y luchar por la libertad de expresión en su patria.

Tiene nueve libros inéditos, el último escrito entre La Habana y Madrid, durante 5 años, y titulado HABANA PRESS (memorias de un periodista desterrado), el primero en el que uno de sus protagonistas cuenta, y reflexivamente, en 380 folios la historia del Movimiento Cubano de Periodismo Independiente que él prefiere llamar libre y que contiene la mayor cantidad de información reunida hasta hoy sobre este capítulo de la lucha por la libertad de prensa en Cuba, como parte de la lucha por los Derechos Humanos, la Libertad y la Democracia en ese país. La novela HABANA PRESS está en trámites de ser llevada al celuloide.

También ha terminado 20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas del mismo periodista desterrado). Todos debidamente registrados.

Julio San Francisco no perteneció nunca a ninguna institución oficial de escritores, no participó en ningún concurso auspiciado por el gobierno, no editó ningún libro en editoriales cubanas, no hizo vida literaria en su patria.

Es obligatorio citar la fuente en caso de utilizar o reproducir por cualquier medio la información contenida en este material.

habana press red

tabanotierno@yahoo.es

Ejercer como periodista oficial en Cuba es una realidad que sólamente quienes hemos vivido podemos comprender, explicar y quizás-- justificar, pues se practica en medio de una brutal tiranía.

No es mucho menos culpable el arquitecto que diseñó la heladería Coppelia o el ingeniero que trazó la represa Zaza del Medio o el maestro que enseña que el Día Nacional Cubano es el 26 de Julio. Todos estaban ganándose la vida apenas, a trancos, como sabían y podían.

En una sociedad/sistema donde la norma es mentir hay que tener mucho valor para descubrir la verdad y más, después, para decirla. No a todo ser humano se le puede convocar a la heroicidad.

No estuve en la heroicidad, pero le pasé cerca y es para salir en estampida. Hay que tener una gran entereza ética para que, con las manos esposadas a la espalda y sentado en un pupitre de preescolar, la policía política le diga a uno: "Si esas octavillas hubieran provocado una revuelta social en La Habana, gusano de mierda, teníamos la orden de fusilarte esa madrugada frente a tu oficinita de Habana Press"; y seguir adelante a pesar del miedo.

La libertad de prensa llegará a Cuba, no por lo que hicimos nosotros, los fundadores del Movimiento Cubano de Periodismo Libre, sino porque el ser humano la necesita. Yo lo sé ya muy bien.

EL INICIO

En primer lugar por las circunstancias más normales del mundo un día nos vimos escribiendo y recibimos el primer salario que nos permitió comer y dar de comer a nuestra familia, mientras que, a la vez, realizábamos la labor que siempre nos había gustado y, en algunos casos, apasionado.

Éramos felices, sobre todo mucho, el día que por primera vez vimos nuestro crédito (nombres y apellidos) encabezando el texto que había salido de los 10 dedos de nuestras manos y las más de 40 teclas de nuestras máquinas de escribir.

En el principio, y parafraseando al gran periodista Ernest Hemingway, escribir era una fiesta. Estábamos en la etapa inicial, casi siempre juvenil o como juvenil, del sueño cumplido, del entusiasmo, del inicio de una profesión que, por alguna razón, considerábamos útil y bella.

Así comenzaron las cosas. Empezamos a aprender a movernos en una redacción, a descubrir las funciones diarias de un redactor de mesa, de un reportero, de un columnista, de un editorialista, de un jefe de equipo y de página, del jefe de redacción y del de información, de los subdirectores, del director, del linotipista.

Empezamos a escribir en un salón de redacción donde había un millón de máquinas dejando escuchar simultáneamente su peculiar sonata de tipos en el cual, de momento en momento, entraba algún colega con "la última" del día y nos reuníamos dos o tres -–los intelectualmente más afines-- para discutir el título que proponía uno de ellos como cara de su próximo artículo hasta que, después del debate, se llegaba a la conclusión de que el título propuesto no era el periodísticamente mejor, y aparecía, quizá con la búsqueda de todos, el titular ideal. ¡Qué felices entonces !

Ya sabíamos lo que era la hora de cierre. Ya entrábamos por la tarde o por la noche a la redacción, si teníamos alguna información de última hora, apurados, rápidos, importantes, seguros de que nadie se atrevería a detenernos, convencidos de que un periódico completo esperaba por la cuartilla y media más importante del mundo, la nuestra, y nos aflojábamos la corbata y nos remangábamos las mangas y empezábamos a escribir y a sudar y nos sentíamos como los imprescindibles hombres del The New York Times o como los galanes protagonistas de la famosa película Los hombres del Presidente. ¡Qué jóvenes entonces !

Un día, claro, empezaron a llegar cartas de lectores al periódico en las cuales se mencionaban nuestros nombres y dijimos ¡Al fin, ya tenemos lectores ! ¡Ya hay gente que nos sigue día a día ! Ya somos realmente personajes importantes para el mundo y se las mostrábamos a nuestros colegas, a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros vecinos, a la novia que teníamos y que nos iba a dejar, incluso aunque a veces no fueran elogiosas, pero esas cartas eran las pruebas que nos faltaban para demostrar que éramos periodistas porque, mientras esto no le ocurre a un profesional de la información, se tiene la impresión de que nuestras palabras fueron y cayeron al vacío.

Pero no eran sólo las cartas, ya cualquiera nos paraba en plena calle y nos decía "Periodista, leí su artículo, el que critica el sistema de distribución de viviendas mediante la microbrigada. Me gustó mucho. Menos mal que alguien se atrevió a decir eso". Y uno se hacía el modesto, se mostraba tímido, y tímido y modesto decía "Bueno, gracias, no es para tanto, hombre, se hace lo que se puede, gracias, muchas gracias".

Empezábamos a guardar, primero, todos los periódicos en los cuales salía algo nuestro, aunque fuera una simple notita, siempre que llevara nuestro nombre de un extremo a otro de la provincia o del país, después, sólo los periódicos en los cuales salía un artículo que, por la calidad de su contenido y redacción, nos parecía bueno, más tarde sólo el recorte de otro artículo con similares características y, finalmente, no guardábamos nada y, muchas veces, ni leíamos al otro día lo que había salido y habíamos escrito el día anterior.

Estábamos entrando en la rutina. Todavía nos faltaban unos cuantos túneles que ni siquiera sabíamos que existían y en los que tendríamos que entrar forzosamente.

Cuando, al principio, el jefe de equipo o de redacción o de información nos tachaba con lápiz rojo, rojísimo, una palabra o una frase o un párrafo completo o nos viraba el comentario o artículo para que lo hiciésemos de nuevo, era que nosotros también éramos nuevos, que no sabíamos, que no teníamos experiencia, que estábamos aprendiendo, pero tenía que llegar el momento, y llegó, en que nos dimos cuenta de que no se trataba de que éramos nuevos, de que no sabíamos, sino de que estábamos, día a día y noche a noche, ante la censura, ante la confrontación de nuestro pensamiento real con el pensamiento oficial, la contradicción entre la realidad de la vida y la ficción de la prensa, y, lo peor, nos dimos cuenta de que estábamos atentando contra nuestra propia conciencia personal y contra la conciencia nacional.

Surgió, entonces, el conflicto ético, pero justamente en esta estación del camino personal es cuando los periodistas cubanos de estos últimos 43 años nos dividimos en cinco grupos bien delineados. Diariamente, unos nos convertimos en protagonistas sombríos de tragedias personales, otros en protagonistas sonrientes de personales comedias. Todos coincidíamos en que el periodismo era nuestra forma de ganarnos el pan, pero algunos no estábamos dispuestos a ganárnoslo toda la vida sin dignidad, mientras que parecía que a los otros no les importaba -–y en efecto creo que no les importaba-- nada de este asunto de la dignidad, de enfrentarse cada día contra sí mismo y decidir autovencerse en nombre de una rebanada.

No fue fácil llegar al gran descubrimieto de la estafa ideológica. El periodista en el comunismo, como toda la ciudadanía, está rodeado de una muralla antinformativa, no tiene acceso -–por los canales oficiales que son los que están a su alcance-- a ningún manual, libro, medio, o a un simple comentario que cuestione la argumentación teórica del sistema, ni denuncie sus atrocidades. Esto va unido a un perfecto plan de entrenamiento ideológico --comenzó en la guardería-- , los celebérrimos círculos de estudios políticos, que, sin información veraz y alternativa, consiguen un verdadero lavado de cerebro.

Y un añadido más: el periodista se mueve siempre en círculos afines, o sea, oficiales e igualmente adoctrinados. (Todavía no había ocurrido la perestroika ni se había caído la omnipotente Unión Soviética, no existía el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, no teníamos acceso a Internet, no existía Radio Martí, no habíamos fundado Habana Press y el Movimiento Cubano de Periodismo Libre).

El que sea sorprendido con un libro como La Gran Estafa o con un magazine como Selecciones pierde el derecho a continuar ejerciendo la amada profesión por pasar a la categoría de diversionista ideológico.

Si nos llegaba, por purísima casualidad, a las manos uno de estos materiales "subversivos" la expresión generalizada era "¡eso es propaganda anticomunista!". Y no se le daba crédito. Descubrir, pues, los entresijos de una realidad tan bien entramada que, por otra parte se vivía desde muy lejos (¡nada menos que desde la redacción de un periódico comunista que es lo más alejado de esta realidad junto con el resto del aparato político-ideológico-militar-burocrático!) llegaba a convertirse en una real proeza intelectual que, a la vez, sólo te causaría frustración, amargura, dolor. No todos tenían ni tienen el valor de salir de la burbuja pefecta y segura hacia la intemperie azarosa. Pocos nos atrevimos y, desde luego, encontramos el verdadero concepto y sentido de la libertad, pero estamos pagando, aunque sin arrepentirnos, el precio de ese salto hacia la honestidad, la responsabilidad y esa libertad.

VERSIÓN EN BLANCO, NEGRO Y OTROS COLORES

Estoy convencido –siempre lo he estado- de que la libertad de prensa tiene sus propias restricciones en cada medio. Llega hasta donde no afecta a los intereses del dueño. Y siempre hay y habrá un dueño. No es absoluta. La manipulación es una ley, pero, en la Democracia, existen muchos medios y muchos dueños, por tanto, cada uno ofrece, o puede ofrecer, una versión distinta de la realidad y sus hechos. Entre todas las manipulaciones se encuentra la verdad aunque, por razones éticas o profesionales, en todo hecho noticioso hay algo, lo intrínseco noticioso, en lo que todos los medios coinciden aunque eso, "lo intrínseco", aparezca al principio o al final de la noticia dada por uno u otro medio según le convenga a su línea editorial. Este requerimiento de diversidad es la razón por la cual considero muy peligrosa para nuestra profesión, para los periodistas, para la ciudadanía y para la seguridad del propio sistema capitalista la fusión de medios o grupos mediáticos. El sistema, por su necesidad de mecanismo de protección y por su instinto de conservación, debería regular urgentemente este fenómeno que empieza a parecer una peligrosísima tendencia, finalmente autodestructora.

Esta coincidencia y esta diversidad –sin que el periodista que la transgreda vaya a la muerte, la cárcel o el destierro- es justamente la libertad de prensa, pero en la tiranía comunista hay un solo dueño, aunque existan muchos medios, con un solo interés: mantener a ese dueño en el poder por lo cual todos dicen lo mismo –nada-: noticia sin noticia, opinión sin opinión.

Diferentes días, iguales reportes. La información es una de las grandes propiedades del Gran Dueño comunista. En el caso de mi país, el flamante Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba -que así se identifica al gran periódico de 12 páginas- nombrado Granma, el gracejo popular lo ha denominado con un nombre que expresa la esencia de su contenido : Mentirita, por tanto, cuando un cubano le pregunta a otro sobre lo que dijo el matutino acerca de algún hecho del día, dice : ¿Qué dijo Mentirita hoy ?

El siguiente es el esquema del periodismo comunista, de escribir sin decir, que llamo periodismo lavado, exprimido y secado:

TÍTULO: Miembro del Partido Comunista D recibe a miembro del Partido Comunista K

El compañero 3, miembro del Comité Central del Partido Comunista D y jefe de su departamento de Relaciones Internacionales, recibió en la tarde de ayer al compañero 14, miembro del Comité Central del Partido Comunista K y jefe de su departamento de Relaciones Internacionales, quien se encuentra de visita en La Habana como parte del intercambio existente entre ambos pueblos y partidos.

Durante el encuentro, desarrollado en el ambiente cordial y amistoso que siempre ha caracterizado a las relaciones entre el Partido D y el Partido K, se trataron diversos aspectos de las relaciones bilaterales entre nuestros pueblos y partidos, así como temas de interés común referidos a la situación internacional y la colaboración bilateral.

Ambas partes coincidieron únanimemente en todas las cuestiones de principio y ratificaron la amistad desinteresada e indestructible que existe entre los glorisos Partidos Comunistas de nuestros países AKM y AKM-1.

En el importante encuentro también estuvieron presentes los compañeros 133, primer vicejefe del departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista K, el compañero 121, primer vicejefe del departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista D, los embajadores de ambos países, K14 y D3, y otros funcionarios de los partidos hermanos." No es un chiste. Me cansé de redactar notas de este corte.

De estos cinco grupos que he mencionado –y después de haber estado años entre ellos- pienso que hay dos que realmente merecen respeto aunque uno crea con respecto al otro que está equivocado y se pidan la cabeza: los que han actuado según sus conciencias y no según intereses mesquinos y rompimos a toda costa y posteriormente nos enfrentamos desde allá adentro, y los que se mantienen honestamente creyendo y pregonando que Fidel Castro es el Mesías que ha salvado a Cuba y que son "cuatro gatos" en cada medio.

Los otros dos, los que bailan al son del castrismo mientras pueden y cualquier día se quedan aquí o acullá –por cierto, tienen suerte pues puede leérseles en importantes periódicos de Madrid y Miami- y los que se mantienen mintiendo sabiendo que mienten, hasta que se jubilen, también, desde luego, merecen algo, merecen compasión porque la deshonestidad intelectual y la complacencia indeseada, la nulidad, gana pasaje para ningún lugar.

El grupo restante, el de los oportunistas, no tiene perdón de Dios. Tampoco lo tendrá del Diablo.

Entre los periodistas de estos cinco grupos pueden encontrarse tres cualidades que, en definitiva, marcan la conducta de cada persona ante esta realidad: el miedo incontrolable, la ambición desmedida y la honestidad pujante, a veces entrelazadas.

LOS CINCO GRUPOS DE PERIODISTAS OFICIALES

Ahora intentaré caracterizar a cada uno de estos cinco grupos. No debo dejar de advertir que se trata de un esquema convencional y que, por tanto, carece de matices, pero lo utilizo, primero, por una razón metodológica y, segundo, porque resulta ilustrativo.

El primer grupo, el pequeño, pero pequeñísimo, de periodistas cubanos que existe es el de los que creen realmente en Fidel Castro y piensan que será eterno, que no morirá nunca, el de los que creen en la historieta de la revolución cubana, -¡ah, revolución, partido, hay que escribirlos en la prensa oficial siempre con mayúsculas!-, el de los que no se han enterado que la Unión Soviética se esfumó como todo fantasma, el de los incondicionales sin precio, el de los leales sin argumentos, en fin, el de los fanáticos, generalmente de destacada pobreza intelectual.

El segundo es el de los oportunistas o arribistas o trepadores, el de esos que siempre saben y pueden acomodarse al sillón que se les ponga y hoy son capaces de estar con Dios, mañana con el Diablo, pasado mañana nuevamente con Dios y, así, sucesivamente, infinitamente. Son los peores de todos y no merecen ni respeto ni compasión . Merecen el asco que provoca toda amoralidad interesada porque nunca dudan –y lo hacen día a día- en decir lo que se les pida y en aplastar a quien toque aplastar. Son los mejores testaferros y guillotinadores cotidianos en nombre de nada o, mejor dicho, en nombre de su ambición personal que es el peor de los ideales cuando para lograrla se recurre a las asquerosidades del poder.

El tercer grupo es el de los que siguen escribiendo contentamente todo lo que se les ordena –nunca equivocan la tonadilla de actualidad, nunca seleccionan el adjetivo prohibido- y cuyos textos salen cada amanecer, son más castristas que Castro, no conocen la censura en carne propia porque se autocensuran y, como decía el poeta Heberto Padilla en Fuera de Juego, aplauden cuando hay que aplaudir, que es siempre. Es el de los que incluso ocupan cargos de dirección en los medios o dan clases en las universidades o hacen ambas cosas. Estos desertarán en el primer viaje a Miami o a Madrid.

Estos tres primeros grupos dominan la situación, dominan la redacción. Son los que elaboran y mantienen la atmósfera de control. Constituyen el poder fáctico.

El cuarto grupo es el de los que, pensando como los del tercero o el quinto, o sea, escribiendo sin sentir lo que escriben, se morirá en las redacciones o sus pasillos porque ni están dispuestos a desertar ni están dispuestos a oponerse. No se hacen sentir. No existen. Ni vomitan ni comen fruta. Ni quitan ni ponen. Ni tachan ni pintan. Sombras que escriben. Esperan pacientemente el histórico día de su jubilación.

Los que nos hemos tirado de este tren en plena marcha y conocíamos las consecuencias que tal decisión acarrearía para nuestras vidas y la de nuestra familia (1) podemos, como mínimo, comprender a quienes no son capaces de saltar y "enjuiciarlos" con indulgencia. Mentir para comer en medio de una férrea tiranía no es, en mi opinión, a fin de cuenta el peor pecado ni para un hombre de prensa y se sabe que el instinto de conservación es uno de los más fuertes.

Esto no nos niega, desde luego, la libertad de hacer un juicio moral al final del cual cada uno quedará en su lugar, en un lugar distinto ante sí mismo, ante su pueblo y, acaso, ante la historia.

Creo comprender tan bien este fenómeno, humano como tantos, que cuando trataba de ampliar el staff de Habana Press jamás fui capaz de decirle a un periodista "incorpórate a nuestra agencia". Yo les daba llanamente la información de lo que hacíamos. Decirme que se incorporaba o no, o sencillamente callar, entraba en su libre decisión personal. Respeto mucho al ser humano para violar, o instarlo a que viole, su instinto de conservación. Y así actúe hasta con mis mejores y más queridos amigos.

El quinto grupo es la quinta columna que empezaría a tratar de "colar", valiéndose de cuanta artimaña fuera posible, algún comentario, alguna frase, alguna palabra que pudiera decirle al lector algo contra el gobierno o, simplemente, dejarlo dicho entre líneas, en tanto que empezaba a cuestionarse si continuaba o no haciendo periodismo. El de los que primero fueron "raros", después "problemáticos" o "conflictivos" y, por último, disidentes u opositores. Este "rebaño de ovejas negras" –y me referiré sólo a mis amigos, pues algunos rompieron antes y otros romperán después- se honra con nombres como el de Reynaldo Escobar, que fue expulsado de Juventud Rebelde en 1988 por escribir un cuestionador artículo titulado: "30 años después, ¿de qué se quejan los jóvenes en Cuba?, José Antonio Évora, que tuvo una actitud de una valentía política, una honestidad intelectual y ofreció una prueba de amistad nunca antes vista en ese vespertino, en el mitin de repudio contra Escobar. Rafael Solano, Raúl Rivero, Néstor Baguer, Ana Luisa López Baeza, José Rivero, Olance Nogueras, Roxana Valdivia.

De parte de este grupo surgirían las prestigiosas agencias Habana-Press, CUBAPRESS, el BPIC..., y, consiguientemente, lo que se extendería a toda Cuba como el Movimiento Cubano de Periodismo Independiente (Libre) que tantas cefaleas le ha dado a Castro, sobre todo porque no tiene antecedentes en la lucha anticomunista y no sabía cómo combatirnos sin escándalo "periodista preso" con su pago no sólo en crítica internacional, sino –y es lo que supongo que le preocupa- en "caída de convenios económicos".

Pienso que el "Caso Solano", fundador y director de Habana Press desterrado, por ejemplo, le sirvió a la Seguridad del Estado para experimentar y aprender qué podría hacerse con los periodistas independientes de prestigio que le resultaran realmente incómodos o insoportables: ponernos ante la disyuntiva de cárcel o destierro. Después cumplieron también conmigo la macabra advertencia que me hicieron cuando reporté la noticia de las Octavillas sobre La Habana lanzadas por Hermanos Al Rescate: "¡O te vas de aquí en 20 días, gusano de mierda, o te pudres en la cárcel" y, posteriormente, con Héctor Peraza, el segundo subdirector de Habana Press.

Todos salimos con esta dolorosa y honrosa inscripción en nuestros pasaportes: "Permiso en calidad de permiso salida definitiva por un término de definitivo".

UN ACUERDO HEROICO: NO ESCRIBIR EL NOMBRE DE FIDEL CASTRO

Una tarde, mucho antes de romper con el periodismo oficial, tres amigos del quinto grupo, R. E., que permanece en Cuba, José Antonio Évora, que está en Miami, y yo, tomamos en el Hurón Azul –el bar de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba- el "trascendente y heroíco acuerdo" de no volver a escribir jamás en nuestros textos el nombre de Fidel Castro. Nunca habíamos hecho algo tan histórico. Y lo cumplimos. Esto era grave por el culto a la personalidad que ha establecido y, aprovecho la ocasión para comentar algo interesante sobre el tratamiento que hay que darle a Castro en la prensa cubana. Está sólidamente orientado e implantado que al gran tirano los periodistas cubanos oficialistas tienen que denominarlo únicamente y sólo únicamente como Fidel, el compañero Fidel, el querido Fidel, el Comandante en Jefe, nuestro Comandante en Jefe, el Máximo Líder, nuestro Máximo Líder, el Comandante. De este tratamiento están exceptuados sólamente los corresponsales de Prensa Latina –la agencia internacional de prensa cubana- porque, según la carta de estilo, escriben para todo el mundo. Ellos sí tienen la orden de decir siempre el Presidente cubano Fidel Castro.

Yo una vez escribí ex profeso Castro en un artículo mío y, lógicamente, me lo tacharon, me le pusieron Fidel, me lo señalaron y me dijeron que no podía hacerlo nuevamente. Y no lo hice, hasta el famoso acuerdo de ignorarlo para siempre. En cambio, a Bill Clinton había que decirle William Clinton porque el tratamiento de Bill era cariñoso y este cariño expresado mediante el uso de los nombres sólo estaba reservado para Castro y su pandilla de amigotes, sean escritores de la talla de Gabriel García Márquez, a quien la prensa cubana le dice El Gabo o politicastros como Hugo Cháves Frías, a quien lo llaman Hugo Cháves y Cháves a solas.

Todo medio de prensa tiene un criterio o política editorial. Los cubanos también cumplen rigurosamente este requisito universal. ¿Cuál es el criterio o la política editorial de todos los medios cubanos que en realidad son uno?: "Esto le gustará al Comandante, esto no".

Yo pertenecía a este grupo que desembocaría inevitablemente en la disidencia o la oposición y recuerdo que el primer argumento que utilicé para justificarme ante mi, quizás, fue, "Pero si salgo del periódico, si dejo mi espacio vacío, lo ocupará un castrista que no dirá ni lo poco que yo estoy diciendo, que dirá todo lo que le pidan que diga". Y continúe un tiempo más en el cual publiqué los polémicos textos "Voy a ver a mi abogado", "Abandono en el Archivo Nacional de Seguridad Social", "Vayan al sindicato" (he citado de memoria) y otros que reafirmaron mi condición de periodista más censurado del periódico Trabajadores. Desde ese momento todo texto mío pasaba por las manos de: 1.- el jefe de equipo, 2.- el jefe de redacción, 3.- el jefe de información, 4.- uno de los subdirectores y, 5.- el director. La consagración del asco. Dejé de asistir a los actos y fiestas por el Día Internacional del Periodista que en Cuba se celebra el 8 de septiembre, y me avergonzaba cada vez que ese día me felicitaba un colega, un lector, un vecino.

Ocurrieron dos hechos que confrontaron mi instinto de conservación -una de las más fuertes cualidades- con mi integridad ética, otra de las más fuertes. Un día me exigieron que cerrara un comentario veladamente contestatario con la frase "como tanto ha pedido nuestro Comandante en Jefe", con lo cual mis heterodoxas palabras adquirirían todo el sabor del oficialismo rampante y reinante. Asustadísimo, dije: "Mira, lo siento, pero yo no voy a invocar el nombre de Fidel en algo tan poco importante". El comentario no se publicó y quedé, claro, marcado, señalado, fichado, listo para ser rematado. Pocos días después me pidieron, con el oscuro propósito de hacerme saltar por el techo, un comentario sobre el respeto a los Derechos Humanos en Cuba. Mi amiga, la poetisa María Elena Cruz Varela, estaba presa. Dije que no lo escribiría. "Sencillamente –dije- no lo escribiré. Tú sabes, y yo también, que ya yo no tengo jugada, pero te advierto que este juego a la larga lo van a perder ustedes. Así que sé buena". Mi debilidad -llameémosle miedo- era realmente mucha, pero, exceptuando a los fanáticos, toda la redacción estaba desmoralizada. Ya se había caído la Unión Soviética y habíamos entrado en el llamado Período Especial para Tiempo de Paz que, como siempre digo, era en realidad especialmente pésimo.

El siguiente día, al despertarme, sentí una angustia insoportable y, sin saber qué pasaría al llegar al periódico, empecé a sudar frío desde la puerta de mi casa hasta el teclado de la máquina de escribir, el hecho se repitió cada amanecer durante uno o dos meses. Decidí no continuar ejerciendo la pecaminosa profesión aunque me muriera de hambre y empecé a prepararme, sin imaginarlo, para pasar a la oposición y participar en la fundación de Habana Press, del BPIC y del Movimiento Cubano de Periodismo Libre, sin suponer que tendría que pasar, antes, por una horrible crisis existencial que quebrantaría peligrosamente mi salud, incluiría tratamiento psiquiátrico por síndrome de neurosis depresiva ansiosa y me causaría el divorcio.

Dejé al fin de escribir para el periodismo oficial. ¡Y no porque no quisiera, sino porque no podía! Fue un martes de 1992, el del mayor miedo de mi vida junto con el del día que reporté la noticia de la caída en La Habana de octavillas lanzadas por Hermanos Al Rescate, pero en el primer caso sentía naúsea también, en el segundo, no.

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